Por Mauricio Serfaty Godoy
@mauricioserfaty

 

Te estabas tomando un café frente a la computadora cuando apareció el niño con la cinta métrica en la mano, pequeñísima.

Andrés, el menor de los nietos, de dos años y medio. “El hijo de mi hija Ana, la soltera, la enfermera”; como siempre lo presentas, persistentemente recordando la soltería de Ana, porque es tu hija más buena y no es justo que la pobre esté bregando sola con el pequeño.

Andrés quería que lo midieras otra vez para ver cuánto había crecido.

-Pero tú estás cada día más travieso -le dijiste- ¿Cómo encontraste la cinta?  

Con la sonrisa casi más grande que su cara te siguió mirando y te ofreció el rollo.

Lo llevaste entonces al lado de la puerta donde tienes sus marcas; las de los otros están al lado de la biblioteca, pero las de Andrés no cupieron ahí y están solitas en el marco de la entrada. Los nietos más pequeños se van haciendo especiales por diferentes razones.

-90 cm exactos. Mira, Andrés, sube las manos; ya casi llegas a la cerradura de la puerta sin estirarte.  

El niño rio satisfecho por su nuevo tamaño.

Llamaste a Ana para contarle que Andrés mide casi un metro, y durante un segundo se emocionó; luego te regañó por llamarla cuando está en el trabajo, y para colmo en plena pandemia. ¿En qué momento pasé a ser el hijo de mis hijos?, pensaste.

Volviste a la computadora, al café ahora tibio y a la noticia falsa: “Científicos de la NASA aseguran que en 3 años tendremos la primera máquina capaz de ‘viajar’ en el tiempo.”

Buscando credibilidad, el autor de la nota agregaba: “Aún sin humanos”, como si con el atenuante, la mentira se fuera a plantar en tu cabeza tan verdadera como si el artefacto lo hubieses inventado tú mismo. No inventaste una máquina del tiempo, justo por eso no te pueden engañar con el tema; lo has estudiado siempre, hiciste de él tu vida. Cómo hacerte trampa con un bulo sobre el tiempo a ti.

No es que no lo hubieses intentado; con 5 años construiste tu primer y último dispositivo “para que pase el tiempo sin esperar”, como le llamaste el día que empezó la construcción. Sí, ya estabas más grandecito que Andrés, pero ¿para qué querías que pasara el tiempo? Tenía que ser importante, porque invertiste mucho tiempo componiéndola.

La recordaste con detalle. Le habías ido agregando módulos según lo que se hacía necesario para el viaje, porque también era nave. Módulo de defensa, maleta para juguetes, La Dulcería y la camita para tu gato Botón.

Con cajas de jabón Ace, que tenían el tamaño perfecto para tus túneles, hiciste todos los módulos. Les dibujaste palancas y controles con témpera de todos los colores que encontraste; tu hermana Andrea te regaló sus calcomanías de frutas y te encantó ponérselas. Era la máquina más alegre que jamás existió, no importa que viajara solo en tiempo real.

Una caja gigante de papel higiénico era tu cabina de piloto. No recordaste la marca, solo los dibujos.

Recordaste otra cosa; querías que el tiempo pasara para morirte.

¡Qué niño tan extraño era!, pensaste.

Eras raro, un niño alegre que quería morirse ya; pero ¿qué querías? No lograste acordarte de eso ni de la marca del papel. Era importante; por eso estudiaste física y luego astrofísica; porque el deseo te duró hasta la adolescencia y todavía querías descubrir por ti mismo si viajar en el tiempo era posible. Pero ¿por qué te querías morir?

Cuando Andrea se puso como una fiera porque se te cayó el helado en su vestido de primera comunión, hizo pedazos tu máquina feliz. Pasó luego una semana castigada, pero con las cajas rompió también tu sueño, por un período.

Lo reconstruiste años después, semestre a semestre, cuando ya habías olvidado que querías morirte. Después llegó María y te casaste; te dieron el primer premio nacional, nacieron Jorge y Roberto; luego vino el premio internacional y nació Ana. Después se murió María y ahora estás solo, cuidando a Andrés mientras Ana trabaja en el hospital. Aterra cómo la vida y la muerte se cuentan en unas líneas.

Regresaste a la computadora, al café ya frío y a la nota falsa. Pusiste el cursor en la caja de comentarios y empezaste a escribir la lección sobre espacio-tiempo y los puentes de Einstein-Rosen:

La máquina del tiempo es|

El cursor impasible te distrajo. ¿Dónde está Andrés? ¡La puerta abierta, y yo leyendo mierdas en Facebook!

Te quedaste pasmado por un momento y la película de todo lo malo que podía pasarle corrió completa en ese instante.

Horrorizado, te pusiste el tapabocas usado como pudiste, agarraste a Nala por el collar justo antes de que también lograra escaparse y la mascarilla salió catapultada de la oreja. Ya qué importaba.

– ¡Andrés! ¡Andrés! …te faltó el aire. – ¡Señora! – casi te caíste pronunciando la palabra, el cuerpo se entumeció y ya no supiste qué hacer.

– ¡Usted, por favor! – le gritaste al borde del llanto sin poder decir nada más. Los ojos de un viejo en pánico desarman. Ella de inmediato se olvidó de protocolos y con dulzura te tomó de las manos.

– ¿Qué le pasa, señor?

– Mi nieto de dos años se salió…

La mujer escaneó con su radar experimentado, era claramente una madre; miró en menos de un segundo a todos los puntos estratégicos donde pueden caber 90 centímetros de niño.

– ¡Ahí!, señaló en dirección al callejón junto a tu casa, hacia una caja de papel Scott que se movía al lado del basurero. Scott era la marca de tu cabina de piloto.

– ¡Andrés!, corriste hacia la caja moviente.

Antes de que pudieses llegar, la cabecita del niño se asomó, te miró con la sonrisa gigante y soltó una sonora carcajada. De no haber estado tan aterrado, también te habrías reído mucho.

Tomaste al niño como si se te acabase de caer, le diste las gracias a la señora, ahora sí sin tocarla, y corriste a la casa con Andrés.

Te acordaste del virus; la verdad es que, si hubiese estado por ahí, habrían pasado a la lista de casos el niño, tú y la amable mujer.

Desnudaste a Andrés, lo metiste en la bañera y le dejaste la piel roja con tanto jabón; a Nala la buscarás después para darle su baño, la viste entrar a la casa, ahora hay que sentarse.

La caja de papel higiénico era Scott, pero no pudiste recordar por qué querías morirte. Qué importa, ahora es al revés.

Te sentaste de nuevo frente a la máquina, te olvidaste del café y volviste a ver el ansioso cursor. Pensaste entonces en lo inservible que sería redactar tu comentario, en que nada iba a hacer sobre la opinión de quienes quieren que la máquina del tiempo exista en tres años. Así son las cosas hoy en día, la opinión y el deseo importan más que el argumento y la acción; tiempos en oferta en los que solo hay que querer algo con mucha fuerza y el universo lo cumple. 

Miraste otra vez el solicitante cursor en la caja de comentarios y escribiste:

La máquina del tiempo es la memoria, pero no siempre funciona.|

El cursor hambriento pidió más. Borraste las palabras y cerraste la página.

2 comentarios

Mauricio, disfruté mucho tu cuento. Por un lado, me quito el sombrero ante tu estilo casi minimalista y cómo, con la economía de frases, logras narrar tanta historia y transmitir tantas emociones.

Se nota un cuidado en la selección de piezas que decides narrarnos: las acciones en el tiempo real del abuelo y el nieto, más sus recuerdos, para finalmente desembocar en la sentencia sobre la memoria que corona el cuento con una frase que parece orfebrería de palabras.

Esperamos leer más cuentos tuyos, y sin son aquí en Bandapalabra, mejor.

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