Por Antonio Cay

 

Una mañana radiante fue el preludio de lo que sería el comienzo de una nueva vida, una vida mejor, hoy se abrirían de par en par las puertas del universo profesional para una de las más grandes promesas egresadas en universidad alguna norteamericana. Hoy sería el acto de grado de Luis Ignacio Pérez Linares, un joven texano de ascendencia latinoamericana, brillante durante sus estudios de física aplicada con un empleo para investigación más que asegurado en la misma institución en la cual cursó sus estudios. Vivía con sus padres, por quienes sentía un profundo amor y apego superlativo propio de su herencia hispanoamericana. Rápidamente se encontraba listo para salir pues había quedado en verse un poco antes de la hora prevista con unos compañeros de la universidad. Los orgullosos padres rebozaban de alegría en aquel maravilloso día, sin embargo, como la dicha raramente es completa, el señor Leobaldo Pérez, no se encontraba al tope de sus condiciones de salud para ese momento, por lo que le comentó a su hijo.

–Luis, hijo, estoy muy contento con tu acto de hoy, pero me gustaría que nos esperaras a tu madre y a mí para que hagamos el viaje juntos. En realidad, siento una pequeña molestia y preferiría que manejaras tú.

–Pero papá, yo quedé en verme temprano con los muchachos en la facultad, para cuadrar algunas cosas antes del acto. ¿En verdad te sientes muy mal?

–Bueno hijo, en realidad la cosa tampoco es para tanto –mintió el señor Leobaldo para no forzar a su hijo a cancelar lo que tenía previsto. –Vete tú adelante entonces y tu mamá y yo nos iremos luego.

Alrededor de una hora después de la salida de Luis, partieron el señor Leobaldo y la señora Ana María. Las molestias que aquejaban al señor Leobaldo lejos de aminorar se encontraban en progresivo aumento.

–Me estoy sintiendo un poco mal, negra –le comentó un poco preocupado a su esposa llamándola con el apodo con el que cariñosamente se refería a ella por su color de piel acanelado.

–Leo, pero si te sientes mal es mejor que nos detengamos por aquí para que te tomes algo o para que descanses un rato –le ripostó la señora Ana María a su marido.

–No, negra, continuemos. No quiero llegar tarde. Es más, creo que debo acelerar un poco más, no vaya a ser cosa que Luis se preocupe por nosotros.

El señor Leobaldo subió la velocidad de su automóvil pasándose al canal rápido con la idea de llegar raudo al auditorio sin sospechar que las cartas del destino ya estaban jugadas. Cuando el auto alcanzaba el máximo de velocidad permitido en la autopista, un implacable y fulminante infarto hizo presa fácil del corazón de aquel buen hombre, ocasionándole la muerte casi de manera instantánea. Su esposa, presa de la desesperación no pudo tomar, de alguna manera, el control del vehículo, el cual tomó un brusco giro a la derecha, colisionando con una camioneta que se desplazaba por el canal derecho. El automóvil volcó violentamente hacia un lado de la autopista hasta detenerse en seco luego de impactar una estructura de las que sostienen los avisos del tránsito de la zona. La señora Ana María también falleció en el acto.

Mientras tanto, Luis Ignacio, sin imaginarse lo acontecido, se encontraba ocupando su lugar asignado para la recepción del título y medalla correspondiente. Desde ese sitio no podía divisar si sus padres se encontraban en el lugar, sin embargo, al llegar a lo más alto del escenario para la recepción de los altos honores que le conferiría su alma mater su corazón le saltó del pecho al ver los dos asientos asignados para la familia Pérez Linares vacíos. “¡Dios mío!, pero ¿qué pasaría?”, pensó Luis Ignacio.

La noticia desgarró su espíritu. Pero, ¿cómo era posible pasar de tanta felicidad a tanta tristeza en tan poco tiempo? El novel profesional, acosado por una culpa autoinfligida, cambió radicalmente su forma de ser, pasando de la charla amena e inteligente a un ensimismamiento de nivel superlativo. “¿Por qué no conduje yo ese día el auto?, ¿qué habría pasado si en vez de pensar en mí primero hubiese atendido a la solicitud de mi padre?”, se preguntaba el apesadumbrado científico. Ninguna de esas preguntas tendría jamás respuesta pues se trataban de hechos que habían quedado en el pasado, y al pasado no se podía regresar… ¿o sí? Luis Ignacio se refugió de manera rotunda en sus trabajos de investigación. Sus conocidos se preocupaban por él pues las pocas veces que lograban cruzar palabras con él se veía retraído, absorto, como si estuviese en otro lugar.

–Está completamente loco –comentó en alguna ocasión uno de sus colegas.

El viaje en el tiempo es posible, al menos en teoría, sin embargo, Luis Ignacio estaba convencido que él sería el primero en llevarlo a la práctica. Si había alguien con la suficiente inteligencia como para llevar a cabo aquella titánica labor era precisamente él. El hombre se encontraba en un grado de obstinación tal en conseguir realizar un viaje en el tiempo que casi no dormía, llevando su cerebro al límite.

–Puedo viajar hacia el futuro –murmuraba entre dientes casi a diario en su laboratorio cual orate. –Una vez que lo haga, cambiaré el destino de mis padres, sé que pronto será posible, la física tiene cosas que hoy no puede explicar, pero, viajando al futuro, encontraré respuestas y hallaré la forma de revertir los hechos.

En repetidas ocasiones estuvo a punto de ser expulsado de la universidad por el uso de prácticas peligrosas o inclusive de dudosa ética en sus experimentos para la construcción de aquella “máquina del tiempo”.

–En la gráfica espacio-tiempo, el eje “tiempo” se puede doblar, sí se puede, sí se puede –repetía de manera desquiciada mientras efectuaba interminables cálculos utilizando sofisticados equipos.

Su mente no paraba de trabajar. “¿Cómo controlar un agujero de gusano?, maldita sea, esta tecnología obsoleta no me ayuda en nada”, pensaba caminando de un lado a otro. Una fotografía junto sus padres era muda testigo de aquella infructuosa búsqueda de la utópica invención.

Finalmente, al filo de la medianoche de una de las tantas noches dedicadas a su proyecto, cuando sentía que su mente estaba a punto de estallar, comprendió que todo aquello resultaba inútil y que nunca lograría su cometido. Al caer en conciencia de ese hecho, colocó sus brazos cruzados sobre el escritorio y apoyando su cabeza sobre ellos comenzó un prolongado y sentido llanto de impotencia. Se encontraba tan exhausto luego de tantas horas consecutivas sin descanso que allí mismo entró en un profundo y largo sueño del que no despertó hasta cerca de las nueve de la mañana siguiente.

–Luis, Luis Ignacio, despierta mijo.

Luis Ignacio abrió los ojos, como si todavía necesitara dormir un poco más y con las mejillas un poco almidonadas por las lágrimas vertidas, contempló la fotografía, casi frente a él, y mirando hacia arriba observó de manera incrédula la imagen más hermosa que él recordara en mucho tiempo.

–Luis, chico, párate. Te quedaste dormido anoche frente a la computadora. Vamos mijo, levántate que hoy es tu acto de grado. Apúrate para que no se te vaya a hacer tarde.

La mente de Luis estaba completamente confundida, pero aquella presencia lo llenó de una paz interior que a él le parecía perdida hasta ese momento. Su madre estaba allí, con él.

–¿Y… papá? –preguntó con algo de temor.

–Está en la sala, esperando a ver si nos vamos a ir juntos o si te vas solo en el tuyo –le respondió la señora Ana María.

Ni en ese momento, ni más adelante, Luis Ignacio fue capaz de comprender si todo había sido un desagradable sueño o el regreso de sus padres se debía a fuerzas más allá de la ciencia.

–No, no, no, dile a papá que nos vamos todos en mi carro. –respondió con una gran sonrisa, luego de asimilar todo. –Pocas veces se los digo, pero ustedes son lo más importante para mí. He aprendido que debemos vivir con la plena conciencia que, si no aprovechamos al máximo nuestro presente, el mañana seguramente sufriría las consecuencias de un triste ayer, y que, si el mañana es importante, mucho más importante es nuestro presente –le dijo Luis a su madre al momento de darle un cálido y apretado abrazo.

La señora Ana María, un poco desconcertada, le respondió:

–¡Caramba hijo!, además de físico como que también te estás graduando de filósofo –finalizó, correspondiendo al abrazo de su querido retoño compartiendo con él además una tierna sonrisa.

6 comentarios

Linda historia, tiene un muy bonito mensaje y un muy agradable final a mí parecer está muy narrada. Felicidades.

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