Por Jesús Ramírez Ferreiro
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Alguien ironizó diciendo que si Juárez hubiera ganado la guerra, el Paseo del Emperador hoy se llamaría Paseo de la Reforma, una broma que arrancó carcajadas en el castillo de Chapultepec. Recordaron que fueron días de acecho y mucha tensión en el Segundo Imperio Mexicano. Desde Europa todos siguieron las dos principales batallas que se libraron en la ciudad de México y en Querétaro, últimos bastiones del ejército imperialista comandados por Maximiliano de Habsburgo y su general Tomás Mejía.

El tiempo corría en su contra. La emperatriz Carlota Amalia se había cansado de visitar todas las cortes europeas para solicitar un solo ejército que pudiera contrarrestar el avance del ejército liberal mexicano y recuperar a la brevedad posible el Imperio, que, según Maximiliano, sería el ejemplo de las monarquías europeas, de la naciente democracia norteamericana y de las dictaduras que proliferaban en América Latina. El sueño imperial se derrumbaba en cada plaza que tomaban los liberales y con el avance sin resistencia del general Porfirio Díaz, quien estaba a punto de romper el cerco que se mantenía con esfuerzos en la capital.

Los días pasaban y las estrategias de la emperatriz Carlota parecían agotarse. En Inglaterra, su tía, la reina Victoria, le recordó su advertencia antes de que partiera, que lo mejor era no pararse por el polvorín de México, pero la princesa belga, respirando hondo para no quebrarse, le replicó que estaba esperanzada que su esposo recuperara el lugar que le fue arrebatado por su yerno Francisco José de Austria-Hungría.

Carlota ahora regresaba, presa de sus crisis nerviosas y severas noches de insomnio, para saber si su tía le prestaría un solo barco inglés con soldados para recuperar Veracruz y poner en jaque a Benito Juárez y a su ejército, pero nada de eso ocurrió. Buscaba alguna mirada de comprensión en el rostro de la tía, pero era inútil, cada corte que visitaba solo acentuaba su soledad y la infranqueable derrota. La reina Victoria se encontraba ocupada impidiendo otro levantamiento de los Boers, conteniendo la naturaleza expansionista prusiana de Bismarck o logrando vencer a la dinastía Quing con una nueva guerra del opio y hacerse definitivamente del control de China. México tenía muy poco que ofrecer.

El triunfo de Carlota Amalia por la gira de las cortes europeas se veía cada vez más lejano, aumentando su desesperación; para Napoleón II, Maximiliano de Habsburgo ya no era un títere que le interesaba manipular para detener el avance expansionista de los norteamericanos por sus territorios. Los gringos estaban tan enfrascados en su guerra civil, que ellos mismos estaban haciendo lo que en un principio le hubiera correspondido hacer al emperador austriaco.

La última carta por tirar, la que le quitaría el orgullo, pero podría salvar la vida de su esposo, era ir con su hermano Leopoldo II en Bruselas. Estaba exhausta, su educación imperial ya no le servía para contrarrestar los nervios y sus jaquecas constantes desnudaban los bordes inesperados de una futura locura. En su taburete había varias cartas con noticias de México que prefería ignorar hasta que no tuviera una solución.

La mirada seca y cortante del hermano fue lo primero que encontró la emperatriz cuando estaba en uno de los salones del palacio de Laeken. Comieron sin interrupciones y en silencio, la muerte reciente del padre les obligaba a moderar las emociones y mostrar respeto.

-¿Y si te dijera que no? –el tono indiferente y mecánico del rey la hacían vacilar. Así era cómo su hermano se adelantaba a una negativa.

Carlota empezó a temblar. Pensó que si hablaba comenzaría a tartamudear y perdería definitivamente el juicio.

-Sonora será tuya –cercó tajantemente a su hermano Leopoldo.

-Es de Napoleón –replicó expectante.

-Napoleón perdió sus derechos al abandonarnos –confirmó resentida. La última carta había sido tirada. Carlota anhelaba desesperada que el pez mordiera el anzuelo.

Hubo un silencio calculado por parte de Leopoldo. El caucho del Congo Belga le daba para rebasar pronto a los prusianos, pero las minas de Sonora terminarían de consolidar su Imperio. El hermano esbozó una sonrisa y asentó. A la semana siguiente, Carlota tenía una legión para enfrentarse a Juárez. Había más seguridad y fiereza en su actitud, pero la incertidumbre merodeaba, temía que cuando llegaran a México fuera demasiado tarde y encontrara a su esposo muerto. Todo debía ser calculado y sin desperdicio, se movió con maestría y discreción, no quería que alguien se enterara para no poner en alerta al gobierno mexicano.

Leopoldo intrigó, rebasó la discreción de la hermana y mandó a un embajador encubierto para proponerle a Francisco José, archiduque de Austria Hungría y hermano de su cuñado, una alianza que le permitiera aventajar a los franceses y norteamericanos para adueñarse definitivamente del suelo mexicano. Francisco José aceptó el pacto con escepticismo y recelo, bajo la condición de no ayudar a Maximiliano, que quedara claro que su proceder era para agrandar el Imperio, no para ayudar al hermano.

La legión contra México se agrandaba a espaldas de Carlota. Ella se volvió a cartear con el general Leonardo Márquez, aliado incondicional de su esposo. Le pidió no desesperar, debía conservar su retorno como un secreto de Estado para que los liberales mexicanos no tuvieran capacidad de respuesta. El general le dijo que la ayuda era urgente porque Mariano Escobedo, el general liberal al servicio de Juárez, había logrado cercar a Querétaro y amenazaba con cortar el suministro de agua en la ciudad.

Tomás Mejía pidió al emperador que se resguardara en el convento de las capuchinas que se encontraba en el centro de Querétaro, pero Maximiliano se negó. Él estaría al frente de batalla, convencido de que en cualquier instante asomaría algún ejército imperial de refuerzo que le ayudaría a rescatar el último bastión que aún conservaba su reino. Mientras él luchaba, ignoraba que belgas y austrohúngaros atravesaban el mar en su auxilio.

Antes de zarpar, la emperatriz envió un telegrama a Michele Hein, banquero que había dejado de apostar por el Segundo Imperio, pero que ahora recuperaba la confianza al saber de los reinos que los respaldaban. Heine se apresuró a prestar al general Leonardo Márquez, atrincherado en la capital, la cantidad solicitada para el parqué, la caballería y la paga que resistían en los cercos de la ciudad de México y Querétaro. Los nubarrones se comenzaban a despejar.

Carlota iba al frente de la legión belga, con una carta plenipotenciaria de su hermano para que ningún puerto en Europa le cerrara su salida al mar. Las jaquecas aminoraban, pero el insomnio no. Esos momentos de absoluta oscuridad, más que aterrarla, le daban templanza para enfrentar cualquier destino que se le atravesara. Seguir, seguir, eran las palabras que habían desplazado a la locura que intentaba instalarse de manera definitiva en su mente. Se embarcó desde el Havre, ignorando que entre la gente de su hermano también iban infiltrados austro-húngaros.

La noticia del embarque sorprendió a Napoleón II. Tenía tanta atención en los asuntos prusianos, que las comisiones del Imperio Mexicano las había desatendido sin el menor reparo; y ahora esto, Bélgica y Austria-Hungría queriéndose adelantar en la reconfiguración del tablero mundial. Rio un poco, después se lo tomó con seriedad y llamó al comisionado de asuntos americanos para pedirle que contactara a la emperatriz de México, antes de que saliera del puerto del Havre.

La cortesía de la carta que le entregó el comisionado hizo desconfiar a Carlota. Napoleón II rogaba a la emperatriz que una pequeña delegación de soldados franceses se pudiera sumar a su empresa de reconquista. Carlota rechazó la oferta. No caería de nuevo en la trampa del emperador. Ya los había manipulado al enviarlos a México sin hablar claro sobre los riesgos y las divisiones del país. Esta vez, libraría la batalla sin su entrometimiento, pero la insistencia continuó y la emperatriz calibró: si estallaba la guerra entre Francia y Prusia, Napoleón II estaría muy ocupado salvando el pellejo en su propio suelo, tendría más ejército y las narices francesas estarían alejadas de sus maniobras militares, por lo que aceptó.

Márquez notificó a Carlota que Juárez, desde San Luis Potosí, le envió un telegrama a Porfirio Díaz para que se decidiera a entrar a la capital, pero el general desalentó al presidente con un telegrama de regreso: el ejército imperial tenía nuevos bríos, había redefinido sus estrategias, ya no comían caballos por la falta de alimento y lo más desalentador era que no sabía de dónde habían obtenido más municiones. Ese jaque imprevisto de la emperatriz, al presidente Juárez, la llenó de una oscura dicha, temía que la fortuna fuera escasa y sus últimas energías en vano.

Juárez llamó a Mariano Escobedo para saber la situación de Querétaro: insostenible, sentenció abrumado el general. Más gente se estaba sumando al emperador, no entendían la aparición espontánea de recursos y el fervor imperial. Si hubieran estado dentro del cerco lo podrían comprender, con el dinero belga se habían pagado a regimientos dudosos de continuar de ese bando y a soldados de leva que sacrificaran su fervor liberal por las monedas que les ofrecía el emperador.

El cerco parecía resistir con mayor entusiasmo. La línea militar que con tanto esfuerzo había logrado construir Escobedo hoy tambaleaba. El príncipe de Salm-Salm, ese insólito aventurero que había abandonado todo en Prusia, había luchado del bando de los confederados en la guerra civil norteamericana y que después se había puesto bajo las órdenes del emperador Maximiliano, viviendo el desarraigo como la mayor de las aventuras, pudo rearmar un ejército en San Luis Potosí con la llegada de nuevos recursos, consiguiendo sacar nuevamente al presidente Juárez de su capital provisional.

Los liberales escuchaban el rugir del enemigo, pero todos se preguntaron si era un breve aliento o una avalancha que los destruiría. Carlota envió un telegrama de agradecimiento al príncipe. Salm-Salm logró dotar de disciplina a la dispersa guerrilla del norte y después del bajío, arrinconando nuevamente a Juárez a la ciudad de El Paso, su avance hacia la capital se veía cada vez más lejano. Los triunfos acumulados eran dedicados a la victoria de la emperatriz y del Imperio. No quería entusiasmarse Carlota, el triunfo estaba cerca, pero lo mismo pensó cuando le ofrecieron la corona mexicana, que tantos estragos de salud y fe le habían ocasionado. Se permitiría el entusiasmo cuando el esposo estuviera nuevamente sentado en la potestad de su reino.

Los dos meses que siguieron fueron una pesadilla para el gobierno liberal. Abraham Lincoln, el principal aliado de Juárez, había sido asesinado por la espalda en un teatro. Lo insólito y lo imprevisible le cerraban el paso al presidente liberal para que pudiera destruir de manera definitiva el acoso colonial europeo en su patria. Los rebrotes imperiales se hacían más robustos, atacando con venganza acumulada a los grupos improvisados de liberales que querían seguir luchando por la restauración de la República.

El furor repentino de la gente y el resurgimiento polarizado de la lucha fue un aliento para que la emperatriz se apresurara y llegara con la sangre definitiva que haría revivir al Imperio. Carlota, decidida, organizó las campañas. Todos querían intervenir en el diseño de la estrategia militar, pero ella defendió sus decisiones con violencia, nunca más volvería a ser el títere de un imperio europeo. Le aconsejaron que no estuviera en el terreno de lucha, pero nadie decidiría por ella, solo tenía dos opciones: el coraje o volverse loca. Optó por el carácter que construye a los imperios.

Entre más se acercaban las fuerzas belgas y austro-húngaras era imposible que no se filtrara la información del regreso de la amazona imperial que venía a rescatar al marido. Juárez mandó de inmediato al general Carlos Pacheco a que se alistara a aprovisionar el puerto de Veracruz, los enemigos no volverían a entrar al suelo mexicano.

El ejército de Pacheco ya esperaba a la legión belga comandada por Carlota. Veracruz vivió días arduos de combate, los disparos de los cañones se escuchaban sin cesar desde San Juan de Ulúa, varios barcos se incendiaron, pero el esfuerzo y el arrojo belga consiguieron traspasar el puerto y tomar el control de la ciudad. Juárez temió. Ya no contaba con la misma energía, la edad escaseaba y el ímpetu mermaba, todos sus esfuerzos para detener los avatares que se le imponían para gobernar, ahora resultaban ser más grandes. Suelo belga violando nuevamente la soberanía del mexicano, la desmoralización del ejército liberal sería inevitable y no se equivocó, más y más soldados de leva se querían vender al ejército imperialista al saber que pagaban puntuales los sueldos.

La toma de Veracruz fue clave para dejar sin recursos económicos al ejército liberal y para que más personas se sumaran al proyecto imperial. Los indecisos que no sabían a qué bando adherirse, se inclinaron por la emperatriz y se lanzaron a las calles para degollar y perseguir a los detractores del emperador. Los nervios de Carlota se recuperaba, las jaquecas habían desaparecido y el insomnio angustiante que tantas veces la persiguieron por las noches, fue borrado por un insomnio vigoroso que la impulsaban a seguir, a no descansar, hasta volver a sentarse en el trono imperial de Chapultepec.

No habría una segunda Puebla que derrotara a los invasores. El ejército belga era más sanguinario y las prácticas implementadas en el Congo no dejaron momento para discutir de qué bando se debía estar: cortaban manos, violaban a las mujeres que se oponían, los niños eran reclutados y los hombres mayores eran utilizados como espías y delatores para acabar a la prontitud con la resistencia liberal. Se le rogó a la emperatriz que interviniera. Ella solo dio la espalda y siguió su camino, nadie había pedido clemencia por ella mientras enloquecía.

Porfirio Díaz sintió terror cuando vio la enorme delegación de belgas y austro-húngaros avanzando y rodeándolo ahora a él. Lo mejor era emprender la retirada. Juárez le negó el permiso, la patria lo reclamaba y debía resistir, pero no fue por mucho tiempo. En dos semanas cayó el general Díaz, fue hecho prisionero y los restos del general fueron enviados a Juárez como una señal de que el siguiente en ser ejecutado sería él.

Bajo una noche enmarcada por una luna que no dejaba de brillar, Maximiliano, hambriento y con principios de disentería, escuchó el clarinete que anunciaba el arribo del ejército imperial y pensó que era presa de un delirio, pero el fiel Tomás Mejía le dijo que estaban salvados, que se estaba rompiendo el cerco en la parte oriental de Querétaro. El emperador sintió cercana a su esposa, como en los días que caminaban tomados del brazo por el Paseo del Emperador. La rabia, la impotencia y la soledad se habían convertido en furia, coraje y certeza. La hora marcada de Juárez, el traidor, estaba más cerca.

Escobedo resistía, pero le faltaban hombres y muchos soldados liberales se vendieron cuando supieron que la legión belga era más numerosa que la de ellos. No querían morir y preferían comer subordinándose al enemigo. Escobedo se replegó y salió huyendo con dirección al último bastión del país liberal: El Paso, donde un Juárez demacrado y anímico se resistía a rendirse a la emperatriz.

Uno a uno de los lugares claves fueron cayendo bajo el dominio imperial: Guadalajara, Acapulco, Mérida y la vorágine seguía avanzando hacia la ratonera donde seguía refugiado un Juárez que ya no sabía cómo luchar. El ímpetu del presidente, su obstinación que lo había hecho ganar decenas de batallas, estaba ahora en el ocaso. Inseguro de sí, no sabía si entregar a los norteamericanos lo que quedaba de México para poder continuar o resistir de manera digna. Su altura política le dictó lo segundo.

Ahora fue El Paso la que fue sitiada de manera implacable y feroz. Allí estaban todos: Leonardo Márquez, Salm-Salm, Mejía y un Maximiliano que había recobrado peso, estatus y la seguridad de su nobleza. Quisieron ser igual de duros que Escobedo en Querétaro, cortarían el agua y los que estuvieran dentro morirían de inanición y sed, pero esto no contaba con la abundancia del occidente para resistir. El escrutinio de la estrategia se sometió a la voluntad de la emperatriz, por dentro anhelaba que los traidores suplicaran sedientos piedad, pero el desgaste sería mucho y el triunfo costoso. El desierto daría una pronta victoria al ejército Imperial, sin gloria, pero efectiva.

La tibia respuesta de Maximiliano y Carlota al cerco de El Paso provocó la primera desavenencia con el ejército belga. Ellos querían ir pronto, exterminar el último reducto con la crueldad y el castigo ejemplar que se merecía el indio de Juárez. Pero el emperador quería esperar a que el presidente se entregara por su cuenta y marchara al cadalso con dignidad. Nadie estaba dispuesto a ceder. Leopoldo desde Bruselas había dado la orden de retirarse del país si no se vencía pronto a Juárez. Carlota no se intimidó, Maximiliano le pidió mesura, pero ella no se acobardó, gritó y dijo que las cosas se harían a su manera. Los amenazó con echarlos ella misma, total, cada vez más huestes se unían con fervor al ejército imperial.

-Adelante, el puerto de Veracruz es muy grande para zarpar –rugió arrogante la emperatriz al presidente de la delegación belga. Las únicas órdenes que se siguen son las mías y las del emperador –remató.  

 Era cuestión de horas, a lo mucho le daban dos días. Benito ya no tenía el apoyo de Lincoln, Carlota ya estaba negociando con Estados Unidos el reconocimiento de Maximiliano como Emperador de México a cambio de un pedazo de las californias y aquellos liberales que aún asaltaban por el centro y sur del país languidecían como el proyecto liberal. Las órdenes desde Bruselas fueron enérgicas, entrarían por él, aunque la ciudad quedara devastada, aunque la sangre y la violencia ejemplar se desbordaran.

Maximiliano se opuso. Fueron largas horas de discusión, los belgas prometieron no entrar, pero apenas se durmió el emperador y su ejército, la legión de Leopoldo II entró a la ciudad con saña y rencor acumulado. Aquel fue un genocidio que le restó altura y dignidad al triunfo del Imperio, pero la misión se cumplió: Juárez encadenado y con la mirada en el suelo. La primera en ser notificada fue la emperatriz, las energías desgastadas volvían, las sombras de la locura desaparecían y las manos, tersas y encallecidas al mismo tiempo, se preparaban para acariciar, de por vida, la dureza del cetro imperial. Esbozó una sonrisa y se sintió aliviada.

Después de un juicio sumario, la tarde del 20 de junio de 1867, Benito Juárez, junto con su general Mariano Escobedo, fue fusilado en la plaza de armas de la ciudad de El Paso. Marchó altivo, nunca mostrando rencor o encono, tratando de conservar hasta el último momento la fortaleza que le sirvió para defender la soberanía de su nación. Juárez fue condenado por traición al Imperio y antes de que se le vendaran los ojos para fusilarlo sentenció con amargura:

-Ustedes no matan a un presidente, ustedes están matando a una nación.

Y los fusiles sonaron certeros y puntuales a las 10:55 de la mañana frente al emperador, la emperatriz y la delegación belga. Carlota lo seguía fría, escrutando cada uno de sus movimientos, altiva y digna, sin dejarse tentar por el cáncer de la compasión, era él o su cetro. Esta vez no habría fortuna que pudiera salvar al indio que con tanta gallardía había enfrentado a los invasores. Apenas sonaron los ruidos que acribillaron a Juárez, Carlota sujetó con fuerza la mano de su esposo y le sonrío enternecida, habían recuperado su Imperio. El cuerpo de Juárez, con su traje negro austero, cayó tendido en el piso. Las fotos del cadáver de Juárez en su ataúd se vendieron por medio peso al día siguiente en la misma plaza donde se le fusiló.

Lo demás que siguió fue Historia: la ciudad de El Paso se nombró “Ciudad del emperador”; los belgas crearon un protectorado en Sonora que exprimieron con voracidad; Carlota estableció el español y el alemán como lengua oficial del Imperio y, al morir el nieto de Agustín de Iturbide, heredó el trono, siempre en tensas relaciones con el Imperio de Leopoldo II.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, el Imperio Mexicano, por sus raíces austriacas, no vaciló en reaccionar a lo acontecido en Sarajevo y fue del lado de la Triple Alianza. Estados Unidos solo esperó el hundimiento del Lusitania para decidirse a invadir a sus vecinos nuevamente. Los mexicanos se aferraron con coraje a Chihuahua y Coahuila, siempre al borde de la anexión durante el tiempo que duró la guerra, pero la intervención forzada y decidida de Bélgica y Austria-Hungría impidieron que se desmembrara el Imperio que habían fundado junto con Carlota y Maximiliano, segundos padres fundadores de México.

Sí, siguió la broma en el castillo de Chapultepec, mientras se firmaban los tratados de paz al final de la guerra, en el salón que llevaba el nombre de la emperatriz: Si Juárez hubiera vencido al Imperio se llamaría Paseo de la Reforma y nunca se le hubiera conocido por el nombre de El Paseo del Emperador.  

2 comentarios

Excelente novela. Bien escrita y con mucha imaginación. Sería interesante saber que paso más allá de la primera guerra mundial. Y como se pudo desarrollar el imperio en el aspecto social,económico,cultural y político. Saludos

Drama familiar, intriga política, trasfondo bélico, locaciones exóticas… Jesús, disfruté mucho este épico relato y me dejó con ganas de conocer más sobre México.

Usaste un estilo verité que daba la sensación de estar ante una historia oficial y eso le dio mucho peso al relato. Mucha credibilidad, que, partiendo del ejercicio de imaginar una historia paralela, hace más disfrutable «El paseo».

A pesar de su extensión, no se me hizo largo. Es más, todavía habría preferido que te detuvieras un poco más en los sentimientos de Carlota, con quien empatizo (en la vida real y en este relato). El cuento hubiese quedado más largo, sí, pero siempre justificado por la cantidad de eventos que se suceden.

Espero te animes a escribir otro cuento para Bandapalabra.

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