Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Una mujer encuentra el remedio perfecto para deshacerse de sus arrugas.

 

Me gustaría que los espejos mintieran en lugar de reflejar lo que ven, fuese bueno o malo. Que no mostraran la vejez que cada día se ha apoderado de mi rostro. Miré la foto a un lado del espejo. Una versión mía, treinta años más joven, me observaba de regreso con una mueca de asco. Me froté las marcas en la frente. Las cremas antiarrugas estaban en fila esperando ser untadas en los pliegues de piel de pasa. Cada una era más cara que la otra y ninguna funcionaba. Ajusté mis dedos en el mango del bisturí. Me rehusaba a dejar que los años se mostraran en los ojos, mejillas, frente… Apreté las arrugas junto al ojo izquierdo y empecé a trabajar con el escalpelo. Dejé caer el pedazo de piel en el lavamanos. La sangre formó un río, pero la ignoré. Volví a hacer el mismo procedimiento del otro lado. Vi los dos agujeros y sonreí. La joven en la foto volvió a hacer otra mueca. Tomé un respiro y recorrí las líneas que se marcaban en los extremos de los labios. Corté con la suavidad que se corta una papaya. Mi reflejo me seguía atormentado. Las malditas arrugas en la frente, siempre ahí, formándose con cada seño fruncido, con cada enojo. Las odio. El bisturí parecía tener mente propia y lo único que deseaba era mi felicidad. Corté el resto de la piel. El lavamanos se llenó de arrugas y sangre. Los músculos quedaron al descubierto, pero aun así podía sentir las arrugas. Eran tatuajes que me marcaban como si fuera ganado de la tercera edad. Pedazos de músculo comenzaron a volar, la sangre salpicaba por doquier y las cremas lloraban porque nunca más iban a ser usadas. Solté una risa y mi reflejo se rió conmigo. Cuando desapareció el último músculo de mi rostro, me sentí liberada. Alcé la mano y acaricié la piel nueva. Mis dedos se excitaron al tocar el terciopelo del hueso. Por primera vez en años no sentí el peso del tiempo en mí. Detuve la mirada en las arrugas y manchas en la mano. El horror me recorrió como electricidad. Tomé el bisturí y seguí rejuveneciendo mi cuerpo.

11 Comments

  1. Qué texto tan fuerte! La negación de la vejez llevada hasta el extremo… Muchas felicidades, Andrea!

  2. “Mi reflejo me seguía atormentado” ¡fuerte! Me gustó mucho esa mezcla de terror y practicidad en un relato tan corto y tan intenso. Al leerlo, de fondo sonaba en mi cabeza “Rock DJ” de Robbie Williams 😉

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