Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Una invitación a salir con sus compañeros de trabajo lo llevará a cuestionar sus decisiones y hasta su propia felicidad.

Hace unos años seguro que me lo hubiese saltado. Es que ni lo hubiese visto.

Iba con prisas a todas partes, tenía muchas cosas que hacer, que decir, muchos planes. Tenía muchas cosas. Ahora también, pero son diferentes. Bueno, antes era antes.

Y ahora, pues paro y espero el bendito semáforo.

¡Qué calor, madre mía, qué calooor, qué horno de ciudad! Como si tuviera pocos recados que hacer, ahora encima tendré que llevar el coche al taller a que arreglen el maldito aire acondicionado este, que se estropea cada dos por tres. Mucho BMW, mucho BMW, pero una porquería, eso es lo que es. Nada, será mañana. Ahora tengo que ir a por cebollas moradas, papel higiénico, desodorante –pero no de spray que le da alergia–, kale, no sé qué le ha dado por el kale ahora… ¡Ah!, y después tengo que lavar el coche, que mañana nos vamos a casa de los padres de Clara a la sierra. Siete veces me lo ha repetido, como para que se me olvide.

¡Anda mira, ahí va Martina con los demás! Ya me han visto.

—¡¡Hola, hola! ¡No, qué va, Marti! No puedo id con vosotros, que hoy me toca súper. No, noo, que luego no es solo un rato, ya nos conocemos…Vale, vale, lo pienso, si no otro día… Sí, ya sé que es viernes pero es que… vale, vaale, venga, chao, chaoo.

Van todos al final ¿eh? Hasta Marisa, que nunca va a nada la pobre con lo de su hijo, pero hoy se ha animado… Qué sed. Con este calor sí que me tomaba unas cervecitas, pero mira que si llego sin las cebollas moradas a casa hoy y con el coche sucio Clara me mata.

Aunque bueno, también podría acercarme un rato y decir que he tenido lío, como aquella vez que acerqué a Martina a casa.

Ay, ese Andrés, como perro en celo va… pero está claro que ella no le presta ninguna atención, ella no está para «Andreses». Ella es otra cosa. Y él es un pichafloja, se le ve a leguas. Pero es guapo el condenado, eso sí. Me recuerda a mí con esa melenita.

Qué pelazo tenía.

Creo que hacía mucho tiempo que no conocía una chica como Martina. Mira que es maja y con las ideas bien plantadas. De joven, conocía a chicas todo el tiempo, tenía éxito yo… como a Carmen. A ella la tenía loca, eso ha sido así y siempre me pareció que, a su amiga, la morena esa que tocaba en el bar de Luis, también le hacía gracia. Lo pasábamos bien antes. Hasta que acabé la carrera y me tuve que casar, que ya no era ningún chaval. Y ahí ya sí que sanseacabó, me corté la coleta. Y la melenita. Que el padre de Clara me hizo algún que otro comentario en las sobremesas. Dónde hay suegro, no manda marinero.

Me acuerdo de ese día en el que bajamos Martina y yo a fumar y mientras yo me encendía el cigarro y ella me miraba, me preguntó de la forma más ligera que por qué me había casado. ¡Que por qué me había casado!, me dijo. Así, sin avisar. Me dio un bajón de azúcar, pero ella creo que no se dio cuenta.

—Me casé porque me tenía que casar Marti, porque todo el mundo se casaba. Te tenías que casar y te casabas, tenías que tener hijos y los tenías. Antes no nos hacíamos tantas preguntas… Y a ver, entiéndeme, que yo estoy bien. Que mis hijos han sido lo mejor que me ha pasado y mi señora es una santa, pero ahora que me preguntas, si hoy hubiese hecho lo mismo, pues igual no.

—Pero, Adrián, escúchame: ¿cómo me vas a decir que te casaste y tuviste hijos porque todo el mundo los tenía?

Apagué el cigarro en la pared y observé su ácida reprobación aún sin que ella hiciese nada. Tenía la expresión que pone un adulto ante la ocurrencia absurda de un niño pequeño. Sentí un calor abrasador en la cara casi tan intenso como el de hoy, aunque era invierno.

—Date prisa que en 5 minutos tenemos call con tu amiguito Andrés —le dije.

Me di la vuelta y subí a la oficina, en silencio, administrando mi saliva para ese dichoso call. El dolor cuando llega, lo primero que hace es arrancarte la palabra.

Qué hija de puta.

Y es que, a ver: ¿qué es el amor entonces? Pues estar bien ¿no? Tener una persona al lado, ir al súper, tener hijos, criarlos, veranear, compartir una buena casa, comodidad… pues eso digo yo, estar a gusto. Lo que me decía mi padre. Pero parece que para la niñata esta eso no es suficiente. Entonces… ¿qué es para la muy tarada el amor y la vida? ¿Qué cuento le habrán contado a ella en la infancia?

Qué calor, joder, qué calor hace.

Mírala, parece que flota en vez de caminar. Parece que la vida no le pesa.

A veces en la oficina la miro sin que se dé cuenta, a veces ni me doy cuenta yo, pero no lo puedo evitar, ajena a la explosión hormonal que causa en otros su sola presencia. ¿Cómo es posible que alguien esté tan guapa en zapatillas? Mi mujer las odia. Creo que nunca la he visto con unas puestas, ni cuando era joven. Mucho kale, eso sí.

Si yo ahora tuviera sus años y las circunstancias fuesen otras…, que se lo digan a Carmen.

Pero bueno nada, que yo con Clara he tenido mucha suerte, es muy buena mujer, y una madre maravillosa.

El otro día escuché a Martina hablar con el resto de las compañeras de Zidane y su calvicie. Bajé el volumen de los cascos disimuladamente.  Resulta que a Marti «le ponen algunos rapados». Se me cerró el Excel con los nervios. ¿Se habrá fijado en mí alguna vez de esa forma? A efectos tangibles ¿cuál podríamos decir que es la diferencia entre rapado y calvo? No sé, no sé qué me pasa. Tengo que impedir que esta corriente me arrastre, me revuelque.

Qué calor, qué tarde y qué sed.

1 Comment

  1. Maravilloso cuento, como todos los que escribes. Me encanta lo natural que resulta tu lectura, cómo tratas lo cotidiano de la vida.

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