Por AC Conte
@ac.conte

 

Conté a ocho personas esperando en la plataforma del tren. El reloj gigante en medio de la estación era mi tormento. Las manecillas parecían estar inmóviles y por primera vez, me urgía que el tiempo avanzara. Irritada, decidí ignorarlo y perdí mi vista en las vías que se ocultaban entre las montañas. 

Tenía mucho tiempo sin viajar en tren. Me gustaban las imágenes borrosas en las ventanas. Llegar a una estación nueva y ver quién subía y bajaba. Primero notaba sus zapatos, luego su ropa y si alcanzaba a ver su rostro, podía imaginar a dónde iba o de dónde venía. Siempre me llamó la atención ver a los hombres con trajes y portafolios. Quería saber quiénes eran, y pasar el resto del viaje leyendo los secretos que guardaban. No podía recordar cuándo fue la última vez que sentí esa curiosidad, ni sabía si volvería a sentirla. Mi alma estaba derrotada, iba camino a un funeral y solo deseaba mi cama.

Su muerte no debería sorprenderme, desde hacía dos años, sabía de su enfermedad. Cuando estuve con ella deseé tener una forma de ponerle pausa al mundo. Al escuchar que perdió su batalla, me congelé mientras todo alrededor se movía con rapidez. El tiempo, a mi parecer, no tiene sentido. Hay días que transcurren como largas filas de banco con una sola caja abierta, otros que pasan como balas. Estoy resentida con el tiempo y cómo juega con nosotros. Si tengo que odiar algo en medio de esta tempestad, es a él. 

Cuando mi hermana dio a luz, mi sobrina se volvió el planeta sobre el que nosotras orbitábamos. Sus abrazos nunca fueron suficientes y su risa es ahora un anhelo más que un recuerdo. Nos gustaba acampar en bosques donde los árboles tapaban el cielo. Ella siempre estaba lista para la aventura y vivía de adrenalina. El cáncer nunca definió, ni en sus últimos momentos cuando solo quería leer sus cuentos favoritos. Ningún niño debería sufrir, como lo hizo ella, batallas calladas para no angustiarnos.

La promesa del tren se escuchaba muy lejos, o tal vez la imaginé, ya que nadie reaccionó. Tomé un respiro y el recuerdo de mi sobrina se volvió a filtrar entre mis pensamientos. Un día caminábamos de regreso a casa. Se quejó de estar cansada y de que la nieve era tan alta como ella. Decidí cargarla el resto del camino. Recordar eso provocó que las lágrimas me cortaran como pequeñas dagas frías. Intenté tomar un respiro, pero el llanto atorado en mi garganta me lo impidió.

Observé a cada persona en la plataforma. Las estaciones de tren me hacen pensar en el purgatorio. Todo estaba tranquilo, nadie se movía. Mi cuerpo se estremeció. La ansiedad existía solo para poseerme, y quería dejarla, cerrar los ojos y abrirlos en otra realidad. Una parte de mí estaba muerta. Me pregunté si tal vez en algún momento me había suicidado y estaba esperando mi transporte al más allá. Sentada en la plataforma me cuestioné con toda seriedad a dónde me llevaría el tren. No creo en el cielo ni el infierno, pero algo debe existir, ¿no? Escuché el silbato del tren más cerca. Las manecillas del reloj habían avanzado cuarenta minutos. 

Un señor muy delgado, como de ochenta años, se sentó en la banca junto a mí. Yo quería estar sola, no era su culpa que mis sentimientos me estuvieran carcomiendo. Me saludó con una sonrisa, le regresé una que mis músculos no sintieron. Luego mi mente, tratando de asimilar el dolor, se perdió en la idea de que él era una especie de parca acompañándome en el limbo. Miles de preguntas se congregaron en la garganta: un ejército listo para atacar. Si su trabajo era recolectar almas, ¿le reclamaría? ¿Le pediría llevarme con mi sobrina? ¿Le gritaría? ¿Lo golpearía en el pecho hasta cansarme? Lo miré mientras leía su periódico. Solté un suspiro. Al final del día, solo era una persona que estaba disfrutando de su periódico. 

Nadie te explica qué hacer con el dolor ante una muerte. En mi familia ese duelo se guarda hasta ahogarte. Se esperaba que en el funeral yo actuará como si nada dentro de mí estuviera roto. Saqué unos clínex y me soné la nariz, al mismo tiempo, una familia frente a mí se tomó una selfie. Les quería decir a gritos que no todos los que viajan lo hacen por felicidad. Sin embargo, no dije nada, sentí el cuerpo como un ancla en el mar: pesada y silenciosa. La familia caminó entre risas hacia el otro lado del reloj. No todos en el mundo son felices al mismo tiempo. Es como si tomáramos turnos; en ocasiones te toca tener felicidad, luego te la quitan para que otros la tengan.

El jefe de la estación salió a recibir el tren. Las pocas personas se juntaron. Algunas sonreían, otras se veían enfadadas, el señor junto a mí emanaba serenidad. El tren llegó sigiloso o esa fue la impresión que me dio. Junté mis cosas y me formé con boleto en mano. Miré por última vez la plataforma, las montañas, las vías que se perdían entre ellas. La banca en la que me senté estaba vacía y recé porque se llenara con mi tristeza. El silbato del tren sonó por última vez, desesperado por avanzar. Antes de tomar el barandal para subir, una mano huesuda ofreció ayudarme. Los ojos profundos e infinitos del señor me detuvieron un segundo. Escuché al jefe de la estación gritar para que subiera. Abordé el vagón con ayuda, pero me sentí sola el resto del camino. Las ruedas comenzaron a girar con prisa, como si quisieran recuperar el tiempo que les robé.

3 comentarios

Bella!!! Tus palabras me llegaron a lo profundo…es cierto que a veces te sientes como un ancla pesada por la tristeza que causan las pérdidas….Bravo corazón!!!! Hermoso ti cuento 🙏🙏

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