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Para Charlie, que apuesta por mis palabras

 

Acostada, con la almohada sobre la barriga, Natalia hizo un inventario de todo lo que había pasado en el último año.

El divorcio, las malas decisiones, el episodio de su madre, la llamada de ese viernes a la 5:00 pm. La caminata infinita hasta la oficina del jefe. Las miradas de sus compañeros que sabían de antemano el contenido de esa conversación.

Era el protocolo, el “siéntate, Natalia, por favor,” la excusa barata, la ira, las matemáticas mentales, como dejó de escuchar y que veía a su jefe mover los labios sin entender nada, era el esfuerzo que tuvo que hacer para adivinar cuándo había acabado la conversación y ponerse de pie. ¿Dijo mutuo acuerdo?

“Qué mierda”, pensó. Y se dio media vuelta para quedarse dormida mientras pensaba que tenía mes y medio para conseguir otro trabajo.

“Sí, qué mierda”, le dijo su mejor amiga justo antes de interrumpirla y colgarle rápidamente el teléfono porque estaba ocupada.

Natalia abrió su laptop e hizo lo que supuso que debía hacer. Actualizó su Linkedin, se dedicó a actualizar su curriculum y empezó a enviar correos.

Dos semanas después, entendió que buscar trabajo es un trabajo. Uno en el que nadie te paga, en el que no hay descanso. El tipo de trabajo que no les gusta a los bancos cuando se tienen las tarjetas de crédito sobregiradas.

Le costaba dormir. Y cuando lo lograba lo hacía poco y mal. Se despertaba cada noche a las 2:45 am y con suerte lograba volverse a dormir a las 4:00 am.

Cuando le faltaban 14 días para que la cuenta bancaria llegara a cero, tuvo el primer pensamiento de acabar con su vida.

Se sacudió la idea de inmediato. Le dio miedo su mente y los lugares oscuros a los que podía llevarla. Cerró los ojos con fuerza y se obligó a pensar en otra cosa.

La segunda noche pasó lo mismo, pero se quedó un rato más en aquel lugar oscuro. Imaginó por un minuto el mundo sin ella. Lo vio girando, como siempre. Incluso el mundo de sus seres queridos iba a seguir en movimiento.

El frío en el estómago la atravesó hasta la espalda. Respiró profundo, apretó la almohada contra su pecho. Necesitaba salir de allí. Lo intentó, pero no logró pegar un ojo en toda la noche.

Los días los invertía enviando correos, esquivando las llamadas del banco, evitando las invitaciones a cenar, pasando horas buscando a sus amigos de la infancia en Facebook, tratando de ponerse al día, de recordar con ellos tiempos mejores de ¿despedirse?

Las noches eran un suplicio. Tenía miedo de dormirse y de despertarse pensando que quería terminar con todo.

En la séptima madrugada se despertó bañada en sudor. Se bajó de la cama, caminó hacia su balcón y se quedó mirando la nada un rato.

No se escuchaba nada, no había nadie en la calle. ¿Quién iba a estar allí a esa hora?

Arrastró una silla sin preocuparse por el silencio. Se paró sobre ella y logró treparse sobre la baranda. De pie, sobre su balcón sintió que una brisa leve le acariciaba la cara. Por unos 10 segundos se enfrentó a la noche, la miró a la cara. No había entre ella y el horizonte nada que los separara.

El ruido de una moto la sacó del trance.

“Qué mierda”, pensó.

A la mañana siguiente, hizo un intento mediocre con su hermano de conversar de lo que había pasado. Fue imposible. Todos hablaban sobre el rumor que corría en las redes. El virus había llegado desde Europa. Al parecer el primer caso ya había sido reportado en la ciudad. La gente había entrado en pánico.

Mientras veía cómo todos a su alrededor estaban aterrados ante la posibilidad de la muerte, Natalia perdió las ganas de hablar de su coqueteo fallido con el suicidio.

Los casos de enfermos aumentaban diariamente. La gente caía como moscas. Las autoridades resolvieron mandar a la gente a sus casas y restringieron el contacto físico a su máxima expresión. Las empresas colapsaron. Cada vez eran más los desempleados.

Y eso la hacía sentir menos sola.

Era como si ella hubiera vivido la pandemia un mes antes que todos y ahora, finalmente, se habían dignado a acompañarla.

Como ya era costumbre abrió su laptop. Tenía un correo nuevo. Era el banco. Habían decidido prorrogar hasta el año siguiente las deudas de sus clientes. Salió de nuevo al balcón, eran las 2:45 pm y no había ni un alma en la calle.

“Qué mierda”, dijo mientras reía.

La vida, finalmente, le comenzaba a sonreír.

3 Comments

  1. Como dicen por ahí, “la desgracia de unos es la felicidad de otros”. ¡Qué buena forma del plantear el conflicto de la pandemia! Me gustó la vuelta que le diste, Daniela.

  2. Esta nueva normalidad nos trajo un oxímoron: «solos juntos», que es como nos sentimos confinados en casa, pero a la vez más cerca de nuestras personas, bien sea por compartir una preocupación mundial, o por usar un poco más las redes para videollamadas. Tu cuento refleja de manera muy original esa dualidad, en principio contradictoria, con la vuelta de tuerca añadida de que, para la protagonista, esta atípica pandemia es el respiro que le permite vivir un día más.

    Aunque en cierto modo podría entenderse la llegada del coronavirus a la vida de la protagonista como un Deus ex Machina, lo cierto es que la epidemia ya viene inferida de antes que comience el cuento. Es más, uno lo lee como tratando de adivinar en qué encaja todo con el tema de «pandemia».

    Por eso cuando el coronavirus «la salva», es un giro natural, un recurso al que no se le ven puntadas, precisamente porque no está como decoración sino como alma del cuento: es al final cuando nos develas lo frágiles que somos como sociedad en esa otra cara de la moneda que son las 2:45 de la tarde en una ciudad vacía como la que vemos desde nuestras ventanas.

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