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Dos personas que perdieron el miedo a probar lo prohibido se cruzan por primera vez.

No. Yo no te voy a decir que lo hice por mis hijos. Tampoco te voy a decir que fue porque «estaba pelando bolas». Plata tenía y, aunque no me sobraba antes ni ahora, nunca he tenido que llegar al punto de hacer algo así por dinero. Te lo comento porque sé que hay personas que se justifican un poco diciendo eso: «Que iba a tener que sacar a los niños del colegio, no iba a dejar que pasaran hambre ni iba a perseguir al papá que nunca se ha hecho cargo». Nada de eso es mi caso. Gracias a Dios, Iván siempre ha respondido; ha sido un papá presente, cumplidor y nos llevamos bastante bien. Así que, sorry, pero no te tengo ese tipo de historia. 

La otra que sé que dicen es que fue «porque soy migrante y nadie me daba trabajo». Y mira, sí sé que pasa, pero yo he tenido otra suerte. Ya tengo nueve felices años aquí. He tenido buenas chambas y, si las he dejado o me han dejado a mí, es porque ya habían cumplido su ciclo. Por eso tampoco te voy a decir que lo hice porque no tenía alternativas. Siempre hay. Entonces, si me preguntas en serio y con tiempo para entrar en temas espinosos, honestamente te diría que lo hice porque siempre había tenido la fantasía de ser puta.

***

Jamás lo había hecho. Nunca. Es más, te diría que hasta me parecía balurdo. Recuerdo que de carajito me burlaba de la vaina con mi prima, Rita: «El que va con una prostituta es porque es incapaz de conseguirlo de otra forma y tiene que pagar por ello». Soberbio, ni enterado de nada de la vida. Tipo que crecí con esa idea y ese prejuicio y, de pana, nunca tuve necesidad ni ganas de probarlo. Pero cuando me separé, entré como en un letargo de inapetencia. Podías ponerme en frente a Sydney Sweeney, a la Sirena o a la Coconaza, todas desnudas en frente, y creo que no me hubiera provocado ni cosquillas. Así pasé meses. Muerto por dentro. Pasando el duelo, ya sabes, haciendo ejercicio, fingiendo que tripeaba salir de fiesta todos los días y enfocándome full en el trabajo. Hasta que un día Urbano, un viejo amigo de sesenta y largos años, que nunca ha tenido pelos en la lengua y comparte más de lo que debe en redes sociales, hizo un post que me tocó: 

«No vi el partido de anoche. Sé que fue un triunfo histórico para Venezuela, pero antes de que me reclamen por qué me perdí semejante momentazo, lo digo sin remordimiento: no lo vi porque estaba tirando. Y como a mi edad para que eso suceda se tienen que dar una serie de condiciones bastante especiales, no me arrepiento de nada. Me perdería todas las temporadas de béisbol que vengan de aquí al 2046 si supiera que este fuego se va a volver a prender». 

A mí esa vaina me sacudió y me sacó del dugout. Mano, la vida es una sola. ¿Voy a quedarme ahí, todo pendejo, en un limbo por pura depresión? ¡Lo que me dio fue arrechera conmigo! ¡Ya está bueno ya! ¡Sal y usa el equipo mientras te funcione! Porque un día dejará de hacerlo y no quieres quedarte con el bate en la mano sin poder usarlo. Y mucho menos tener que perderte un juego histórico porque cuadraste un culo, como le pasó a Urbano.

*** 

Mira, ya para mí la palabra «puta» no significa nada. O, al menos, no lo que significaba antes. Cuando era niña, sí. Era una ofensa, tabú, era sinónimo de lo peor que podías ser, desde una mala madre hasta una mala persona. Ser ligera era malo, era pecado. Así me educaron en un colegio de monjas en Caracas y así crecí. Considerándome además una tipa profunda que, a la hora de ir por una relación, buscaba, antes que nada, conexión y sentimientos. 

El tema de lo físico o del placer inmediato nunca fue suficientemente atractivo para acostarme con alguien. Yo me había autoconvencido de que, para que eso pasara, primero tenía que querer a la persona. Me tenía que parecer inteligente, tierna, divertida para que se me pudiera activar el deseo sexual. Conexión integral, pues. 

No lo niego. Hubo veces, ya grande, en las que sí deseaba ser un poco más «desprendida» de esos «aspectos integrales». Y no sé si fue ya después del divorcio o por la misma migración, y por tener que reajustar tan de pronto tantos aspectos de mi vida, que me permití también pensar y actuar de manera diferente. 

O sea, yo ya no tenía tiempo ni ganas de buscar esa cosa integral. Chévere si existe, pero a ver, no es la única conexión posible ni la única que quiero. Aprender a permitirme esa nueva forma de pensar no fue algo que busqué; fue algo que apareció de repente en mí o que, quizás, ya venía creciendo sin darme cuenta.

Y pasó, casi como si lo hubiera invocado, que un día, tomando unos drinks con mi amigo Jesús, me confesó que él se estaba prostituyendo en una app de citas. No era Only Fans, ni Tinder, ni nada de eso. Era una app específica para hacer intercambios de compañía por dinero. Con sus reglas, políticas de seguridad y todo. 

Jesús me contó que ya venía haciéndolo desde hace dos años. Él sí le daba por necesidad económica. Gracias a la app, estaba pudiendo completar sus gastos y sus gustos. Porque lógicamente no le alcanzaba solo con la chamba de instructor de gimnasio.

Yo estaba medio en shock. Venía de un círculo tan conservador en Caracas que me parecía insólito que un pana mío, que conocía desde hacía años, estuviera ejerciendo tan deportivamente el oficio más antiguo del mundo. Pero superado el asombro, agradecí la confianza y lo que me entró fue una curiosidad inmensa por los mil cuentos y aventuras que me contó esa noche. Hombres guapos, hombres feos, chiquitos, grandes, gordos, flacos, jóvenes, viejos, interesantes, aburridos… Jesús había pasado por todos los tipos. Y decía que de todos algo había aprendido. 

Quizás no era por lo que había hecho, sino por el desparpajo y tranquilidad con que lo contaba, que se me hizo totalmente hipnótico. Aquello era un tipo de libertad que yo jamás había conocido en mis cuarenta y ocho años. Me fui a casa fascinada, pero, sobre todo, muy curiosa. Tanto que, al llegar, sin pensarlo mucho, me abrí el perfil en la misma aplicación. 

***

Después de tanto tiempo en la banca, yo andaba oxidado. Totalmente fuera de juego. Y, honestamente, me daba demasiada calihueva dedicarle tiempo y plata a buscar guayaba de manera tradicional. Yo sabía que volver al ruedo sería algo que llegaría eventualmente, pero en esos días sentía que tenía un tapón en el güevo, ¿tú me entiendes? Estaba con la autoestima en el culo, peleado con la mitad de mis panas, no sé. Andaba mal. 

Entonces, claro, lo de Urbano me despertó. Si ya me sabía en el foso, si ya me sentía un mal tipo por todo lo que me había pasado en la «vieja administración», bueno, me dije: «vamos a meterle chola a eso y vamos a ser mierda de verdad. Vamos a ensuciarnos.»

Y mano, te juro, yo jamás, pero esa noche quise serlo. Tenía la plata. ¿Y por qué no? ¿Por qué no probar eso que nunca había sido? Un carajo que tiraba por deporte. Una bestia inmunda en la cama como nunca se atrevió a ser con sus novias.

Por un instante me vi como una estrella porno. Vulgar. Duro. Sucio. Aunque, a la vez, consciente de que esa fantasía era el efecto de ver demasiada porno cuando era chamo. Pero es que cuando tienes quince años no se habla de otra cosa. 

Sé que a mucho chamito lo llevan a prostíbulos, pero mi papá no fue de esos. De hecho, mi primera relación real con la prostitución fue a los dieciseis años en San Cristóbal. Nosotros íbamos una vez al año para allá a visitar a la familia del lado de mi papá, que era un gocho fenomenal, fiestero, jodedor. Toda la familia de ese lado compartía ese ADN. Mi hermano y yo, en cambio, habíamos crecido en Caracas. Éramos otra vaina, chamos de apartamento, cero fiesteros y full estudiosos. 

Y recuerdo que llegamos ese año con mis primos y los sentí diferente. El año anterior todos habíamos sido niños, jugando pelota en el patio y fiebrúos con los discos y Nintendos del momento. Pero esa vez, los únicos carajitos éramos mi hermano y yo. El resto de los primos tenía una malicia que en aquel momento no sabía explicar, pero que hoy se me hace absolutamente obvia. Al vernos, lo primero que dijeron era que había que llevarnos de inmediato a donde Claudio, el dueño de La Gioconda. 

«¿Y qué es eso?», pregunté como un pajúo.

Puras risitas. Pura levantada de ceja. Puro «Ay, prepárese».

Bien inocentes mi hermano y yo, que nunca imaginamos que se trataba de un burdel de mala muerte a las afueras de la ciudad. Los primos nos llevaron para «iniciarnos» en un gesto de hermandad y camaradería, repitiendo el ritual que probablemente mis tíos o sus amigos habían hecho con ellos meses antes. 

Allí no había iluminación tenue con saxofones y música sexy, sino cumbia colombiana a toda mecha, con luces de discoteca y pura carne con papas en los televisores. Mucho señor mayor con cara de pocos amigos, cerveza barata y unas prostitutas que nada tenían que ver con la idea de «mujer de la noche» que me había hecho en mi cabeza de ver tanta televisión. Estas mujeres eran más parecidas a mi abuela o a mis tías.

Ese burdel fue una bofetada de realidad que me dio grima y tristeza. Ni mi hermano ni yo quisimos que nuestra primera vez fuera así y negarnos a tirar con alguna de aquellas nos costó una rabieta de mi primo, que se tomó todo como un desaire personal. 

Pero bueno, ya habían pasado veinte años de aquello. Tiempo suficiente para que cambiaran mi forma de pensar, mi situación económica y la tecnología. Hoy puedo estar haciendo home office, en medio de una videollamada con mis compañeros de oficina, y tener al lado otra ventana abierta en la que se están clavando a una jeva disfrazada de mucama. Claramente indebido, pero el queso tampoco tiene horario ni fecha en el calendario.

El día de lo de Urbano, del tiro abrí una app que me habían recomendado para conseguir mujeres de manera discreta y a la medida. Y allí encontré a Tati.

***

Ni de vaina iba a poner mi verdadero nombre. Ya con las fotos me estaba arriesgando bastante. Hice match con tres tipos, pero fue con el cuarto, después de un par de conversaciones, que me atreví a salir. 

Miguel. Así, sin apellido. 

Y vale, no me pareció feo. Se veía full deportista, pero lo que me llamó más la atención no fueron sus fotos sino su vibra en la conversación. Como que nos mensajeamos poquito. A los dos nos daba fastidio clavarnos en una habladera que después nos dejara sin palabras en vivo. Se veía más joven que yo y eso me hizo sentir más segura.

Y sí, no lo niego. Cuando me estaba vistiendo para ir a nuestra primera cita yo estaba cagadísima. Estuve a punto de cancelar varias veces. Me cuestioné un montón. Habíamos acordado que nos veríamos en un restaurante carísimo que me encanta. Mínimo le iba a sacar una cena a todo aquello. Si la cosa fluía, chévere, nos iríamos a un hotel. Pero por lo pronto el acuerdo era solo cena. Igual, tenía miedo. Si me encontraba allí con alguien conocido, diría que era un pretendiente o un amigo de la universidad. 

Yo perdí la virginidad en el primer semestre, a los dieciocho. Hasta ese momento, todo lo relacionado con el sexo había sido misterio y, obvio, muchísima atracción a lo prohibido. Luego que la perdí, sí, me puse a explorar, pero siempre con aquella cosa de que si eres libre, lo haces y de paso lo haces mucho y llega a saberse, te persigue la inmensa sombra de que «eres puta». Por eso siempre fui de noviazgos largos. Una muchacha «de su casa», te dirían. 

Pero pasa que, a los cuarenta y ocho, el «de su casa» ya tampoco significaba mucho. Ya sabía quién era, qué quería y qué no. Y quería probar esa libertad desbocada que otros como Jesús ya habían vivido. 

En mi casa siempre nos inculcaron el retar a la autoridad y a las formas de pensamiento tradicionales. Pero todo eso de la puerta para afuera. Tipo que todo bien con el amor libre, la diversidad de géneros y la apertura, pero que no entrara a la casa y menos que tocara a las princesas.

Recuerdo que mi mamá le regaló condones a mis dos hermanos a los catorce años para ir al colegio. ¡Catorce! ¡Y al colegio! ¡O sea, eso y la lunchera! Eso era casi una invitación: «¡Vayan y cojan!» En cambio, la sexualidad para mi hermana y para mí era más bien incentivarnos a cuidarnos y formarnos para «más adelante». A nosotras no nos invitaban a buscar sexo: «¡No! ¡Ustedes lo que van a buscar es amor!».

Y hoy, a mis casi cincuenta, sin el culo de Shakira, pero aún con mis buenas curvas, puedo decir tranquila que no, mamá, también busco un buen polvo.

Obvio que es un deseo contradictorio. También pienso que no quiero hacerlo con cualquiera por ahí, pero a la vez, ¿Por qué no? Muchos hombres van, se cogen a una jeva una noche, así, pim, pum, pam, y ya. Chau.

 ¿Por qué tengo que tener miedo de hacer lo mismo? El mayor freno de tomar esa actitud es en gran parte la inseguridad que siento como mujer. Estamos en una sociedad particularmente violenta contra nosotras y una no sabe si va a llegar viva a la casa. Por eso le di mis coordenadas a Jesús, para que estuviera pendiente de mí durante toda la cita. 

En una de esas en las que estuve a punto de cancelar, ya en la puerta del restaurante, Jesús me llamó y se puso a hablarme de muchas amigas suyas que también lo hacen y defienden su derecho a ser prostitutas digitales porque eso las «empodera». Me aterró que empoderarse fuera eso. Yo, de pana, no quería hacerlo para empoderarme de nada, lo quería hacer porque me excitaba. Me parecía emocionante eso de coger y que además me pagaran. Es ganar-ganar. 

Así que nada, entré sin darle más vueltas y ahí lo vi, sentadito, esperándome. Era un niño de treinta y cortos y era bello. Me dio ternura.

*** 

¡Tenía un culo como para montarle un apartamento en Miami! ¡Y ni te digo las tetas! O sea, tenía el cuerpo de fantasía sexual que había soñado desde bachillerato. Yo he tenido novias riquísimas, pero nunca así de buenas. Una diosa. Pensé que no podría terminar la cena de las ganas que tenía de arrancarle la ropa, pero la chama resultó ser paisana venezolana, de Coro, y conversamos del carajo. O sea, una jeva depinga, panísima. Hasta se me olvidó que le estaba pagando por estar ahí. 

Genuinamente estaba tripeando. Y mira que hace tiempo que no me pasaba. Ella estaba recién llegada a la ciudad, sola, sin familia, así que me ofrecí a darle un recorrido. Me dijo que otro día. Esa cita prefería que nos conociéramos bien, que cenáramos y, si nos sentíamos cómodos, viéramos a dónde nos llevaba la noche. 

Yo sabía que la mitad de las vainas que me decía eran mentira, pero ahí estábamos los dos en personaje. 

*** 

Soy de Caracas, no de Coro. El béisbol no me puede importar menos. Y yo sé que a Miguel le daba pereza hablar de los signos del zodíaco aunque fingió estar interesadísimo. Eso me gustó. El esfuerzo. Sí, me hizo reír mucho. Había llegado súper tensa y la conversa, de verdad, me relajó. Al principio me saltó un poco que fuera venezolano. Si me lo hubiera dicho antes, cuando estábamos chateando, de seguro arrugaba. Yo hubiera preferido que fuera extranjero. Que fuera de Venezuela ya lo ponía en un círculo más cercano, en el que, de seguro, tendríamos algún conocido en común. Eso me asustaba. Aunque no lo creas, esta ciudad, con todo y lo megalópolis que es, se hace pequeña cuando no quieres encontrarte a alguien. Pero luego pensé que por los intereses tan distintos de cada uno y la diferencia de edad, era poco probable. Un desastre que queriendo evitar a los venezolanos, fuera precisamente su venezolanidad la que me hizo conectar. 

Igual, todo eso se hizo irrelevante cuando noté cómo me miraba las piernas, el escote. Su timidez y nerviosismo, oculto detrás de mucha pedantería de gallito de pelea, me parecía deliciosa. Tenía años sin sentirme así, deseada, divina. Él tenía unas manos grandes que se veían fuertes. Las imaginé apretándome contra la pared, desvistiéndome y tocándome sin respeto por donde le viniera en gana. Te diría que, ya antes de terminarme la ensalada, sabía que quería comérmelo de postre. Por eso, más tarde en la cena fui al baño y me quité las pantaletas para estar lista más rápido. 

*** 

Cuando pagué la cuenta, sentí que la habíamos pasado tan depinga que ya ni me importaba si tirábamos. O sea, obvio que sí, quería. Pero no quería tampoco forzar la vaina, ya sabes, «el quesúo». Dejé que a la salida caminara delante de mí. Qué culo, Dios mío. Dejé que se adelantara para verlo mejor y entonces ella volteó.

—¿Quieres subir? —me preguntó.

Y yo no sé que cara debí poner, pero se cagó de risa.

Nos montamos en el ascensor con un tipo ahí, todo gafo. Yo fingiendo calma, acomodándome el pantalón para que no se me notara tanto. Cuando el tipo se bajó, bueno. Qué te digo. 

Ella me vio y abrió la boca así, mira, un poquitico. Casi nada. Pero sabes que en esa rendija cabes todo tú y es más una invitación. Bueno, ahí me lancé y ella también. Besazo hondo. Largo. Con una mano le agarré el cuello, apretándola hacia mí. Con la otra la cintura, las nalgas y metí mis dedos debajo de su falda. Sorpresa. Iba rueda libre.

Cuando se abrió el ascensor, nos separamos. Ella salió adelante, con la llave, buscando la habitación y yo pegado atrás, como un corroncho, recostándole mi urgencia. Ciego, bruto. No podía más. En lo que oí que la puerta abrió, me pegué a ella aún más y ambos nos caimos al piso dentro de la habitación, le subí la falda y empecé a darle por detrás. Ella nerviosa de que la puerta aún estaba abierta, la terminamos cerrando con los pies. Todo pasó ahí. No llegamos a la cama. Te digo, entre sus gemidos, escuché trompetas y coros de ángeles cantando el aleluyah. Una vaina que no era real. Nada lo era. 

*** 

Dos minutos duró. Nada. 

Y después se puso a llorar. Loquísimo.

Me pidió perdón. Le dije que no pasaba nada. Lo abracé y él me apretó, con una fuerza que yo decía «wow, a este pana le pasa algo». 

O sea, fue raro. Estuvimos echados como una hora sin decir nada. Y después me empezó a hacer caricias. En las piernas. En la espalda. En el pelo. O sea, yo me quedé con las ganas, no me vine ni en chiste, pero las caricias estuvieron ricas. 

Ahí en el piso empezamos a hablar. Yo medio tratando de que se calmara y se sintiera bien. Y de pronto era como si toda la urgencia del ascensor y el pasillo se nos olvidó, subimos a la cama y nos quedamos dormidos abrazados. 

Bajamos juntos como a las dos horas. Ambos echando chistes sobre lo corto e intenso que había sido. Y nos despedimos con un beso en la puerta del hotel. Él insistía en que quería verme de nuevo para redimirse, que no sabía qué le pasó, que gracias. Y sí, acordamos que nos veríamos otra vez. En ese momento estaba convencida de que lo haríamos.

***

Con todo lo salvaje, largo y loco que fue, como dos horas, cuando terminó y la vi ahí, en el suelo, exhausta, lo que me sentí fue sucio. Recordé a mi prima Rita y a mi ex. Pensé en la vergüenza que me daría que me vieran allí, pagando por tirar. Me desconecté por completo de Tati, lo cual me dio muchísima vaina, porque en serio, era una profesional, la habíamos pasado del carajo, pero yo no sabía qué estaba haciendo ahí con ella.

Y sí, se me salió una lagrimita pensando en cómo se sentiría ella por la forma en que la había tratado; en qué pensaría ella de sí misma, teniendo que vender sus límites y su dignidad por plata. El capitalismo es una mierda, mano. Pero más el chavismo que hizo que se fuera de Venezuela y la puso en esta situación. Por eso ni pena ni perdón para esos malditos.

Tipo que la abracé un rato y le di unos cariñitos cortos ahí en la cama, para que no se sintiera como un pedazo de carne. Luego me metí a bañar y, con las mismas, salí y me fui a mi casa a darme otra ducha. Ella ya se había ido cuando salí del baño. 

Cuando manejaba a la casa pensaba que estas experiencias no eran lo mío. O sea, chévere, por un rato fui lo que nunca dije que sería, pero ya, lo di por visto. 

Nunca se lo había contado a nadie. Me daba un pelo de pena. Pero ya qué toche, ¿no? La vaina era como un secreto que me contaba a mí mismo cuando estaba solo, aburrido o me ponía recordar. Y mira cómo uno es loco. A veces veo la vaina como, «Wao, qué bolas, lo loco y quesúo que estabas», «Que arrecho que te comiste semejante mami»; Como que esa suciedad y vergüenza que sentí en el momento, se fue y no era tan así. O al menos no era algo de lo que sentir vergüenza. La vaina fue una «locura necesaria», como diría mi pana, Carlos. 

Ahora, no borré la app. Porsia. Porque, bueno, uno no sabe cuándo vuelve a ponerse loco.

*** 

Yo llegué a la casa de madrugada. Me eché una ducha y me acosté. Lo gracioso es que a la mañana siguiente me desperté como quinceañera. Sonreída. No sonrisa de travesura, sino de enamorada. Loquísimo. Y en eso Jesús me escribió: «¿Y? ¿Qué tal?».

En ese momento todas las maripositas y globitos se me explotaron. Me dije: «¿Qué te pasa, estúpida? ¡Esto es por plata! ¡Te están pagando!». 

Así que decidí no llamarlo más nunca. 

Probé con otros dos tipos unas pocas veces más. Y deli. ¿Qué te paguen por coger? Deli. Siempre me vine. Sin culpa y sin orgullo. Ya ni me acuerdo de los nombres o detalles de esas otras veces, pero a Miguelito nunca lo olvidé. 

Ahora que pienso, creo que pude quedarme solo con esa vez suya y hubiera bastado para sacarme cualquier espina de curiosidad que tuviera. Al mes creo que cerré la app, pero nunca la borré. Como que solo ver el ícono ahí, en mi teléfono, ya me recuerda que pude, puedo, y nunca tendría que preguntarme cómo sería yo si fuera menos yo de lo que normalmente soy. Está bueno eso.

FIN

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