Reguetón para un Bolero

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Dos personas se aman con versos prestados en una sinfonía acalorada en un bar de todas y ninguna década.

I

Rocco, un pastor alemán mestizo, y Lía, una border collie pretenciosa, descansaban en el solar de la casa de una vieja hacienda en Cercedilla, a las afueras de Madrid.cccc

Él vestía un traje azul marino impecable, listo para cerrar negocios millonarios en un rascacielos de alguna ciudad cosmopolita. Ella, envuelta en una chaqueta oversize y con maquillaje luminiscente sobre los parpados, parecía haber llegado de un futuro que él no sabía nombrar.

—Cántame una canción, al oído, y te pongo un cubata —propuso él, deslizando un vaso de cristal en la barra de madera pulida.

—Yo perreo sola —respondió marcando un ritmo seco con los dedos sobre el mostrador, sin mirarlo.

Él arqueó una ceja, intrigado por la cadencia que se orquestaba con aquella fina y delicada mano.

—Existen nuevas y mejores emociones —insistió con voz de barítono, buscando su mirada.

Ella se giró finalmente, el neón rojo del local reflejado en sus pupilas hacía que sus ojos crepitaran.

—Vi que tu mirada ya estaba llamándome —admitió con una sonrisa desafiante.

—Y este corazón se desnuda de impaciencia ante tu voz —le confesó al oído, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro.

—Dígame usted, si ha hecho algo travieso alguna vez —lanzó ella, mientras jugaba con el dije de su collar que se columpiaba de una clavícula a otra.

II

La distancia entre ambos se acortó. Una bruma de tabaco de pipa y frutos rojos cubría la atmosfera.

—Me gusta la mar, me gustas tú —dijo él, simplificando su mundo para que ella pudiera adentrase.

—Pensar como te pienso es un pecado —respondió ella, y por primera vez, su voz perdió la dureza del asfalto.

—Provócame, libérate de una vez —la retó, extendiendo una mano que ella no tardó en aceptar.

—Dame más gasolina —exigió arrastrándolo hacia la penumbra de la pista de baile.

El ritmo de la música mutaba en algo que no era ni tango ni reguetón sino ambos. Él murmuró:

—Quiero tenerte muy cerca, mirarme en tus ojos, verte junto a mí.

—Yo te acepto el trato —sentenció ella al oído.

III

La temperatura del bar subió, los versos empezaron a quemar.

Rozando su cuello con los labios, él susurró:

—Quiero beber los besos de tu boca, como si fueran gotas de rocío.

—Dos locos viviendo una aventura castigada por Dios —respondió ella, acariciando su nuca.

—Ponte loca completa —le pidió al oído, mientras sus manos buscaban las curvas de esa cintura de otra galaxia.

Embriagada por la cercanía ella preguntó:

—¿Es el perfume de mi piel lo que te cautivó?

—Cazaste al aprendiz de seductor —admitió con una risa ronca.

—No dejes pa’ mañana lo de hoy que te lo llevan —dijo haciéndose una cola en el cabello para disipar el calor.

Él la rodeó con fuerza, como si temiera que ese universo se cerrara antes del amanecer.

—Tengo mil brazos para abrazarte, mil bocas para besarte.

—Me tiene mal, pero me lo hace tan bien —suspiró ella.

—Estamos al borde de la cornisa casi a punto de caer —advirtió sintiendo el vértigo.

—Su fluido corporal está exportándose —musitó ella en un trance.

—Adentro hay un volcán que pronto va a estallar —respondió él, entregado al caos.

—¿Qué pasaría si estuviéramos solos? — aunque el mundo ya se había desvanecido a su alrededor.

—Arriesgando en lo prohibido te amaré —prometió él.

IV

Por un momento, el tiempo dejó de ser lineal. La música borró las diferencias bajo las luces estroboscópicas.

—Yo le hablo a Dios y tú eres su respuesta —dijo ella abriendo su corazón.

Acariciándole el rostro con una ternura inesperada él respondió:

—Tu loca manía ha sido mía solo una vez.

—Yo quiero bailar, tú quieres sudar —propuso ella, rompiendo el hechizo con un guiño.

—Altanera, preciosa y orgullosa —la describió con admiración.

—Pensaba que contigo iba a envejecer — y por un segundo, ambos vieron una vida entera pasar en un destello de luz.

—La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios —exclamó él, entendiendo que el momento era todo lo que tenían.

V

El bar empezó a disolverse. Las paredes de madera se convirtieron en ceros y unos y el neón comenzó a desvanecerse.

—Con el doble seis y doble cinco me trancaste el juego —dijo ella, aceptando la derrota del destino.

—Te regalo una rosa, la encontré en el camino —se despidió él, aunque sus manos ya empezaban a volverse humo.

—Desde ahora se convierte en adversario —lamentó, viendo cómo la distancia temporal volvía a imponerse.

—¿Qué tengo que hacer? Si quieres me rindo a tus pies —le gritó al vacío.

—No tengo tiempo pa’ lo que no aporte, ya cambié mi norte —respondió recuperando su armadura del siglo XXI.

—Cuando nos volvamos a encontrar, ya no habrá tiempo para tristes despedidas —prometió una voz en el aire, una sintonía que no pertenecía a nadie. —En mi vida fuiste turista — lapidó ella y solo quedo el silencio en aquello que una vez fue canción.

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