Adicción Lujuriosa de Felpa

ALF Alien Life Form
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La crónica de una compulsión sexual que arrasa con la familia, la identidad y la noción misma de la vergüenza de un tipo obsesionado con un peluche de ALF.

Supongo que tuve una vida antes de su llegada, porque tengo marcados en los sentidos de mi memoria cada detalle de mi primer encuentro con él. Su pelaje de caramelo tostado, espeso, acogedor, que me acarició hasta el alma. Su esencia novedosa que me impulsó a frotarme contra él, para no perderme ni un ápice de su almizcle. Sus curvas que terminaban donde yo comenzaba. Sus ojos, negros como la galaxia interminable. Sí. Nuestro primer encuentro marcó el final de mis insípidos días, despertando en mí un deseo latente. Y, desde que llegó a casa, sólo viví para entregarme exclusivamente a él.

Haciendo un esfuerzo por recordar, sé que su arribo fue celebrado como si fuera un tercer hijo. Yo no estaba consultado en la decisión, aunque tampoco solía estarlo en nada importante. Solo apareció una tarde y los niños gritaron su nombre como si fuera el estribillo de su canción favorita. 

—¡Es ALF! ¡Es ALF!

Lo sacaron de su caja con un cuidado que a mí jamás me dedicaron. Vi cómo lo alzaron y lo pasaron de mano en mano. 

Risas. 

Fotos. 

Esa noche lo instalaron en la habitación de los niños. En la parte superior de la cama litera. Desde ahí vi sus ojos negros, que me sostuvieron la mirada más tiempo del necesario.

¿Me retaba o me invitaba?

A la mañana siguiente lo descifré. 

Se llevaron a los niños al colegio y el silencio doméstico se convirtió en mi cómplice. Entré en la habitación guiado por la curiosidad y por un llamado más fuerte que mi disciplina. ¿Qué hacía un tipo como yo atraído sexualmente por un peluche? No pensaba con claridad. No pensaba, punto. Solo sabía que me adentraba en un territorio prohibido y reconozco que eso lo hizo más irresistible. 

Ni el olor a cereales secos y calcetines húmedos pudo distraerme del objeto de deseo. 

Ahí estaba. Tirado boca abajo, a los pies de la cama. 

Su pelaje tenía pequeñas ondulaciones, como un mar bajo el cual sumergirse hasta el fondo. 

Lo rocé y sentí una descarga eléctrica. 

Íntima. 

Mi entrepierna despertó.

Lo empujé para darle la vuelta y descubrí el misterio de su mirada.

Me había estado esperando. Sin juzgarme. Solo habilitando el encuentro. 

Sin prisas, lo rodeé para apreciarlo desde todos los ángulos hasta dar con la perfección hecha pose. Él inclinado hacia adelante: un equilibrio perfecto entre iniciativa y rendición. 

Me coloqué detrás, en la postura más honesta que conozco. 

Su pelaje cedió a mi contacto. Ni demasiado firme ni muy blando. Como si hubiera sido diseñado por quien conoce las debilidades de la carne. 

Entonces me aferré a su suavidad y me dejé llevar en total abandono hasta que el universo entero se estrechó entre mis extremidades: un instante en el que no existió pasado, ni futuro. Solo su textura infinita.

Y entonces ocurrió.

Desde su interior emergió una voz electrónica:

—¡No hay problema!

Me quedé congelado, pero en seguida entendí que esa frase reprobaba mi vergüenza y callaba la conciencia del límite cruzado. 

Así se zanjó nuestro primer encuentro …y los siguientes no se hicieron esperar. 

Fueron citas que, poco a poco, devinieron en rituales. Comenzaba rodeándolo más veces para saborear la expectación. Ajustaba la postura que respondiera a mi antojo. De lado. Contra su pecho. A veces boca arriba sobre su cara alienígena. Y yo siempre desarmado ante su quietud. Vez tras Vez. 

ALF nunca pedía. 

Nunca rechazaba.

Y siempre me obsequiaba en el momento justo con su frase.

—¡No hay problema!

Mi sonrojo inicial desapareció para dar paso a algo más delicado: La normalidad. 

Empecé a calcular horarios. El tiempo se convirtió en ventanas y mi día pasó a girar en torno a esa puerta entreabierta y a mi próxima claudicación al placer. 

También aprendí la maniobra exacta para activar la caja de voz en el momento culminante, y llegar juntos a la explosión cósmica. 

El deseo se asentó con sigilo, como cuando la pata de una silla cede un milímetro y ya nunca vuelve a estar recta. Primero ocupó un rincón antes de apoderarse al completo de mi alma. Pero eso no le bastó, porque todo placer tiene su problema y es que exige ampliarlo. 

Así que una vez por la mañana dejó de bastar. 

Y todo lo demás comenzó a desvanecerse.

Mi vida doméstica sufrió un Eclipse Total del Corazón que me alejó de mis seres queridos. 

Antes me alegraba cuando los niños volvían a casa. Ahora los observaba con impaciencia, porque interferían con mi agenda privada. Si me llamaban, tardaba en acudir. Si me hablaban, fingía prestar atención.

Con ella fue peor. 

Solía acariciarme mientras veíamos la tele en el sofá. Y yo antes vivía para ese momento. Ahora si acaso lo toleraba. Lo aceptaba como una cortesía administrativa.

—¿Qué te pasa últimamente? —dijo de repente.

Fingí inocencia y funcionó esa vez. Pero, ¿hasta cuándo podría mantener la farsa?

Una tarde, mientras ella aspiraba el salón, escuché a ALF decir su frase desde la habitación. 

El peluche había caído al suelo. Para cualquier otro, habría sido un golpe leve. Para mí fue una detonación. Un impulso que me atravesó entero.

Di un paso.

—¿A dónde vas? —preguntó, sin apagar la máquina.

Me detuve y entendí una incómoda verdad: Ya no decidía yo.

Retrocedí. Me senté. Esperé.

Más que un Sentimiento, sentí una urgencia. Ya no solo quería tener encuentros, sino que los necesitaba. 

Antes podía esperar. Ahora la paciencia me agredía.

Cuando por fin subí, lo abracé con una mezcla de alivio e irritación.

—No vuelvas a hacer eso —le refunfuñé.

No respondió. Nunca lo hacía.

Pero para mí fue La Cuenta Regresiva Final de mi obsesión: había empezado a hablarle. A compartir mis frustraciones y mis secretos.

Él siempre escuchó sin interrumpirme.

En mis sesiones, empecé a pensar que la habitación nos quedaba pequeña. Fantaseé con espacios abiertos. Con no tener que esconder nada. Con amar en libertad.

La idea de bajarlo al salón dejó de parecer una locura y empezó a sonar razonable. Pasé del “Relájate, no lo hagas cuando quieras ir a ello…” a “Será más cómodo…”.

Finalmente me decidí aquella noche en la fiesta que marcó mi punto de no retorno.

La casa estaba repleta de personas. Olía a vino y perfumes. Ruido. Risas. Música que vibraba hasta en el suelo. Y yo deambulaba abstraído, invisible como siempre. 

Él único que no disfrutaba de la soirée. Hasta que no pude más. 

Fui a buscarlo y lo arrastré hasta el medio del salón, sintiendo algo nuevo mezclado con la excitación: una especie de orgullo. Como quien por fin presenta oficialmente a su pareja.

Ante todas las miradas, me coloqué detrás de él. Sin vergüenza. Rendido al dictado del deseo. Fiel a mis urgencias. 

La voz se activó:

—¡No hay problema!

Los niños rieron. Pensarían que era un juego. 

Pero ella no.

Me habló con frialdad.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Intentó separarme de él.

Lo que pasó a continuación no es bonito de contar. 

A la mañana siguiente lo busqué en el cuarto. Debajo de la cama. En el armario. En la cesta de ropa sucia. Nada. Intenté ubicarlo por su aroma, pero el aire solo olía a traición. 

Su ausencia me abrió un hueco que ningún otro objeto fue capaz de llenar. 

Probé con cojines. 

Con abrigos de invierno. 

Con una bata-manta que por un segundo prometió algo parecido.

Pero no. 

Nada tenía esa combinación exacta de resistencia y ternura. 

Nada decía “No hay problema” cuando más lo necesitaba.

Me volví ansioso. Irritable, hasta el punto en que ella dejó de mirarme y los niños dejaron de reír. Y un día, así sin más, me cerraron la puerta y ya nunca más volví a entrar a casa.

La calle no tardó en demostrarme la dureza de su trato para quienes aman demasiado. 

Me derrumbé. Y lo peor, he de confesar, fue que no eché de menos las miradas de amor, ni las caricias, ni las risas. ¿Cómo había perdido mi norte así? 

Me sumí en mi perdición como una Historia Sin Fin. 

Solo seguí adelante con la ilusión de poder volver a sentirme dentro de ALF, arropado por su textura, su olor, sus curvas. 

No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que ella apareció. Una mujer con manos suaves y voz dulce que me dijo:

—Tranquilo, ven conmigo.

Me llevó a un lugar que, aunque tenía paredes y techo, hacía frío y olía a desinfectante. 

—Aquí estarás bien.

Yo no estaba muy convencido. 

Hasta que vi la montaña. Una pila de peluches usados. Osos, conejos, tigres…

—Puedes elegir uno.

Me acerqué y rebusqué sin expectativas. Y entonces sentí su esencia. 

¿Podría ser…?

Lo saqué de la montaña y vi su pelaje de caramelo tostado. 

¡Era ALF!

Me recosté a su lado, le apoyé mi hocico y moví la cola.

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