Vi a Roja por primera vez a través del lente de una cámara, así que al menos tuve la oportunidad de prepararme para la fuerza de su mirada.

Apareció de repente, cuando estaba examinando el lugar donde íbamos a rodar y me aseguraba de tener el mejor ángulo. En aquel entonces tenía la costumbre de llevar siempre colgando del cuello el lente de una antigua cámara con el que podía ir examinando cada cuadro, montando la escena en mi cabeza y haciendo notas, tanto mentales como físicas, que el director y yo iríamos discutiendo la mañana del rodaje.

Había llegado a la zona en un tren lleno de soldados la noche antes, y Liebermann, el director, me esperaba en el andén en compañía de un muchacho que coordinó con gran eficiencia el transporte de los equipos. Liebermann me abrazó al verme y me dio la bienvenida en su más bien modesto español, que sin embargo ya mostraba algunos dejos y modismos mexicanos recogidos en los casi cinco años que había pasado siguiendo los pasos de Pancho Villa y sus revolucionarios, empeñado en capturar en celuloide todas las gestas del caudillo con ese sentido épico que le daba su imaginación alemana.

Liebermann y yo nos conocíamos desde hacía tiempo y siempre habíamos querido trabajar juntos. Me hacía gracia que nuestra primera colaboración fuera precisamente aquel nuevo proyecto suyo, una locura que ni siquiera el fin de la revolución y la muerte de Villa –ocurrida justo el año anterior a este encuentro que describo– había podido mitigar.

Porque una cosa estaba clara y es que el fin de la guerra no había significado el fin de la pasión de aquel bávaro calvo que vivía para el cinematógrafo; en su carta me había explicado con todo detalle su intención de adentrarse en el paisaje de Zacatecas en busca de la antigua banda del forajido Nicanor Sarmiento, la única de aquellos lugares que era liderada por una mujer a quien llamaban Roja. Quiso el destino que ella nos encontrara a nosotros al día siguiente.

Su verdadero nombre era Paula McDermond, pero todo el mundo le llamaba Roja. Era una mestiza imponente de rasgos indios y una melena rojo cobrizo que llevaba en una larga trenza a la espalda. Vestía ropas holgadas de hombre, con dos pistolas al cinto que habían pertenecido al mismísimo Nicanor Sarmiento, antiguo hombre de confianza de Villa y que había desertado cuando la traición del presidente Obregón fue un hecho consumado. El cómo había llegado Roja a convertirse en la jefa de aquella tropa y la mujer más buscada por las fuerzas del Estado mexicano era lo que habíamos venido a averiguar. Como yo hablaba mejor español que Liebermann, al final terminé siendo yo quien tuvo mayor contacto con ella.

Al principio todo lo que aprendí de su vida fue a través de conversaciones con sus hombres, una partida de bandoleros que veían en ella la figura de una hermana mayor que cuidaba del grupo y que se había ganado su respeto desde el día en que el propio Nicanor Sarmiento la trajo a la banda siendo apenas una niña, huérfana después de que su pueblo fuera arrasado por las huestes de Porfirio Díaz. Los detalles variaban dependiendo de quién lo contaba, pero había cierto color de leyenda en todas las versiones, que coincidían en que la medalla de San Miguel Arcángel que Roja llevaba en el cuello había sido un regalo de Sarmiento el día en que se conocieron, y que desde entonces la guardaba como si de un amuleto se tratase.

De labios de la propia Roja escuché una versión un poco distinta de esta historia, y aprendí que el día en que su pueblo fue arrasado no fue el mismo día en que conociera al legendario bandolero; este se había presentado meses atrás en su pequeña aldea, y había sido la niña quien le diera de beber agua del pozo y escuchara sus anécdotas. Esa noche, cuando le contó a su madre que el forajido había estado en la aldea, esta había entrado en pánico y denunció a Sarmiento ante las autoridades, quienes le persiguieron por toda la región sin conseguir alcanzarle. Desde ese día la madre de Roja, una mujer descendiente de escoceses y que había conseguido mantener su propia autoridad en la zona gracias a su habilidad con el fusil, se mantuvo en estado de alerta constante.

Decidida a acabar con la vida Sarmiento, Margaret McDermond reunió a un pequeño ejército y convirtió su hacienda en una fortaleza. Dicen las malas lenguas que su grupo se nutrió de desertores del ejército de Porfirio Díaz, hombres crueles capaces de vender a su madre por dinero, pero lo que la señora quería eran guerreros así que no tuvo en cuenta su carácter moral. Veía la presencia del bandido en todas partes; en las sombras de la cañada, entre los arbustos, en el silencio de la noche, y sobre todo en los ojos de su pequeña hija, quien había quedado impresionada con el porte de aquel caudillo con rostro de indio y piel de bronce que vino a perturbar su existencia.

Por este motivo Margaret envío a su hija a casa de unos familiares en Durango, lejos del campo de batalla, augurando la confrontación final que seguramente tendría lugar tarde o temprano. Según los hombres de Sarmiento, esa batalla nunca llegó: fueron los hombres de Porfirio Díaz quienes al final se alzaron en contra de su jefa y arrasaron con la hacienda y el pueblo, pasando a la población a cuchillo. Únicamente la pequeña Paula se había salvado de aquella masacre que nunca llegó a presenciar, aunque el destino se encargó de guardarle un lugar en aquella historia de sangre y odios ajenos.

El artífice de ese destino no fue otro que el propio Nicanor Sarmiento, quien se enteró del paradero de la niña y fue a caballo hasta Durango para llevársela. Fue él quien le contó a Paula de la muerte de su madre y de los suyos, fue él quien enjugó sus lágrimas y la abrazó y le juró protegerla de todo mal. Roja nunca olvidó que aquella misma noche en que él fue a buscarla, su rostro fuerte y marcado por el tiempo estaba surcado de lágrimas derramadas por el cruel destino que había dejado a una niña huérfana. Con el pasar de los años, en medio de borracheras y noches en vela, Sarmiento le relató muchas veces que se sentía culpable, puesto que había sido su presencia la que hiciera que Margaret McDermond tomara las armas y se convirtiera ella misma en una amenaza para la autoridad de Porfirio Díaz, que era famoso por aplastar rebeliones antes de que estas se produjeran.

Pero el indio hizo desde el primer día una promesa a aquella niña, y era que algún día ella tendría la oportunidad de vengarse. Esa oportunidad le vino como parte de su tropa, la misma donde recibió el apodo por el que habrían de conocerla y la misma que la pondría al frente de una avanzada en la que sus caballos pasarían por encima de las huestes que habían acabado con su hogar. El día de la entrada triunfal en la capital, Roja había cumplido su destino cabalgando debajo de la bandera izada por Sarmiento, convertida así en una leyenda unida por siempre a la del bandido que la había salvado de una triste existencia.

Aquella era la historia que Liebermann quería contar, la de una amazona del desierto mexicano, la de una mujer de armas que había puesto de rodillas a los soldados de un dictador. A pesar de que tanto ella como sus hombres eran ahora perseguidos por el mismo gobierno que habían ayudado a levantar, había en aquel relato un corazón heróico perfecto para la ambición de aquel cineasta alemán, que pensaba llevar la imagen de Roja a los ojos de toda Europa.

Yo sabía, sin embargo, que había más en aquella historia, y lo descubrí sin necesidad de hablar con nadie.

Lo descubrí cuando tuve acceso al material que Liebermann había reunido durante su investigación, en la que se apreciaba una foto de la banda en la época de los inicios de la revolución, cuando Roja era apenas una adolescente que sin embargo ya posaba con la actitud guerrera de los hombres que le habían enseñado todo. Allí, en esa foto color sepia, y a pesar de lo borrosa de una imagen que parecía haberse diluido en el tiempo como toda la historia de estos bandoleros, vi por primera vez una de las pocas imágenes existentes de Nicanor Sarmiento: su rostro recio, su nariz delgada, sus ojos duros y amplia frente. Era la imagen de la guerra misma, los rasgos de una criatura de las arenas que cabalgaba sobre un manto de oscuridad en busca de una venganza sin fin. Eran los mismos rasgos que se duplicaban de forma casi perfecta en el rostro de una niña que estaba de pie delante de él, una de cabellos claros recogidos en una trenza y que miraba a la cámara con el mismo gesto de desafío, los mismos ojos y la misma nariz.

Estaba mirando la foto cuando Roja entró en la tienda y me sorprendió. Mi rostro mostraba la culpabilidad por haber descubierto aquel secreto del que nadie hablaba en el campamento, pero si eso le importó en alguna medida no hizo ningún gesto que lo delatara. Simplemente se quedó mirándome con sus ojos de acero, con las manos puestas en la cintura. Mis ojos se quedaron de repente mirando la medalla de San Miguel Arcángel que colgaba de su cuello descubierto. Ella se dio cuenta y me habló de una forma que me puso a temblar, como si su voz fuera el presagio de una tragedia.

–Mi madre me quitó esta medalla el día en que descubrió que Nicanor había estado en nuestra hacienda –dijo–. Fue él quien me la devolvió como prueba de la masacre que había ocurrido. Años después me confesó llorando la verdad de cómo la había recuperado.

Sus ojos dijeron todo lo demás. Supe a través de ellos la historia de horrores de un pasado enterrado en las arenas que cubrían las ruinas de una hacienda quemada, la historia de la pasión clandestina de un indio y una dama escocesa, y la ira sufrida por un hombre a quien le arrebatan su sangre.

–No fueron los hombres de Díaz –dije–, ¿verdad?

Roja no contestó al principio. Durante unos segundos guardó silencio, como si quisiera medir las palabras de forma que no despertaran a un monstruo que había dormido durante mucho tiempo.

–No –respondió–, pero eso no importa. Al final, Nicanor cumplió su promesa y me dejó tomar mi venganza. Solo que no fue la que yo había esperado.

Tras decir esto se marchó. Nunca volvimos a hablar. La película se rodó y regresamos a la ciudad con las latas del metraje y que Liebermann cuidaba como un tesoro. Nunca le comenté lo que había aprendido, de la forma como nunca hice preguntas acerca de la misteriosa muerte de Nicanor Sarmiento, fulminado de un tiro en la frente una noche en que había decidido cabalgar solo hasta una quebrada cercana.

Durante el viaje en tren recuerdo que me asomé a la ventana y vi a los hombres de la banda cabalgando junto a las vías, despidiéndonos como centauros que viajaban hacia la nada del desierto. Roja iba delante de todos, dominando al animal como si ambos fueran un único cuerpo. Con la habilidad de una artista de circo, la guerrera se dejó caer hacia un lado y atrapó una lanza que había quedado clavada al suelo, en una demostración que en otro contexto habría arrancada entusiastas aplausos, pero que en aquel ambiente y en la presencia de aquellos hombres no hacía sino evidenciar el peligro que seguía siempre a su mirada.

Mis ojos se fijaron entonces en la bandera que llevaba uno de los jinetes, la bandera diseñada por el propio Nicanor Sarmiento años atrás, antes de que sus pecados se lo llevaran. Era un trapo raído que ondeaba al viento y que no llevaba marca ni símbolo alguno, solo un color, un único color que la hacía parecer una melena suelta similar a la de la mujer que cabalgaba delante de aquel destacamento de hombres armados.

Aquella bandera capturó toda mi atención mientras el tren se alejaba y los caballos con sus jinetes se mezclaban poco a poco con la luz del atardecer, que bañaba todo como un incendio.

4 comentarios

Cuentazo!
Soy tu fan, Ricardo.
No es sola la forma de meternos siempre en un mundo increíble, sino también la capacidad de sorprendernos con giros que hacen crecer aún más tus relatos.
Grande!

Qué fluidez la tuya, Ricardo. Creas personajes en distintos periodos históricos con una facilidad pasmosa. En este caso me gustó mucho que el narrador compartiera su descubrimiento solo con quienes lo leemos y que además no fuera demasiado revelador. Como dice Caque, «¡cuentazo!»

Una bandera roja suele señalar peligro. Aquí, el único peligro, es no leer tus cuentos.

Como si fuesen los apuntes perdidos de un diario de Werner Herzog, «Roja» nos mete de lleno en capa tras capa de drama y aventura. Son varios relatos funcionando entrelazados y en simultáneo: la filmación de la película, los orígenes de Roja, la guerra y la venganza, pero, por encima de todo, aplaudo el barniz humanista que matiza el relato y que dimensiona a los personajes al mostrar los hechos y acciones, internas y externas, que los llevan, o bien a posicionarse en un bando político, o al menos a comprender a las personas partidarias de un lado o de otro (ya a título muy personal, sería la democracia ideal y sana, siempre sin extremismos).

Podría rebuscarme y proponer más conflicto dramático, pero son prejuicios pensando por mí. Una de las aristas que más disfruto leer en tus trabajos, Ricardo, es la puntada invisible con la que construyes tramas de modo que, aún cargados de todo tipo de acontecimientos narrativos, se sienten como relatos orales alrededor de una fogata: vivos, espontáneos, legendarios. Es un estilo que se te da muy natural (aunque supongo las horas y horas de dedicación mental que les dedicas) y que, como «Notas sobre el escritor y el escribano», transmite un sentido de atemporalidad, de clásico.

Así que, ahí está y lo digo, Roja es un clásico instantáneo.

Es imposible leer tus cuentos y aguantarse las ganas de usar Google para querer averiguar hasta dónde termina la realidad histórica y comienza tu sutilmente entramada fantasía literaria. Amo, cómo eres capaz de jugar así con nuestras mentes.

Me gustó mucho el contexto de la revolución mexicana y el personaje de Roja… wow! Me voló la cabeza la manera tan poderosa como la describes a partir de la visión y el impacto que causa en los demás. Me gustaría ser capaz de ver las diferentes imágenes que cada lector formó en su mente sobre esta mujer excepcional, mítica. Estoy segura que son de lo más dispares y maravillosas.

Disfruté mucho esta historia de revelación, de secreto tan bien guardado que apenas se deja trazar con unas pocas pinceladas certeras. ¡Aplausos por Roja! Queremos más cuentos así…

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