Yurimar Yánez llegó tarde a clases y eso que vivía al lado del colegio. Literalmente puerta con puerta. En vez de repasar para el examen de Historia, se había pasado el día junto al teléfono esperando la llamada de Simón José, el chico guapo de la cuadra, que habían expulsado por llevar ron en el termo y le había metido mano a la señora de la cantina, aunque eso último sonaba más a inventos del negro y del gordo Edgar.

“No te estudies todo, que siempre preguntan lo mismo”, le había dicho la abuela. O sea, no su abuela de verdad, sino Fernanda, la repitiente. Fernanda ya había visto la materia con la profesora Mendieta y aseguraba por lo más bendito, con su correspondiente gesto de besito en la uña del pulgar, que en el segundo lapso siempre preguntaba por la Compañía Guipuzcoana, la evolución de la bandera de Venezuela y las causas del asesinato de Francisco de Miranda.

Y Yurimar, que quería estudiar, pero no pudo concentrarse por la angustia y porque en la tele estaban pasando un capítulo especial de Salvados por la campana, decidió transcribir esos tres temas en una triple chuleta que escondió entre sus pulseras de liga negra de tapa de compota.

Antes del examen tenía clases de Educación física, por aquello del calor yaracuyano, que si las daban más tarde se desmayaban los muchachos. Yurimar tuvo que pasar por dirección y pedir un pase especial; el último, le dijeron. Cartoncito en mano fue hasta la clase del Topo, que la mandó a dar tres vueltas a la pista antes de integrarse al partido de fútbol.

“Marica, cuéntamelo todo ya”, le dijo Cuchi apenas la vio ocupar su sempiterna posición de defensa junto al Chino Chirinos y Katy, la estudiante de intercambio.

“No me llamó y por su culpa no pude estudiar, Cuchi”.

“Ay, qué coñoesumadre el Simón ese. Y pendeja tú. Haciéndole ojitos a él que ni te para. Hoy mismo te podrías estar dando los besos con Esteban”.

“¿Contigo?, pero a ti no es que no te gustaban las…”

“Chica, no. Con Esteban Mendoza”, dijo Cuchi justo cuando el chamo más popular del noveno grado anotaba un gol al otro extremo de la cancha. “Déjate meter mano y capaz hasta te mete un gol”.

“Asco, Cuchi, ¡no seas ordinario!”

Lo empujó con ambas manos y se fue a conversar con el Chino Chirinos. Este le contó en secreto que se sabía las preguntas del examen porque había visto la nueva máquina fotocopiadora en secretaría y se había robado una copia. La tenía encaletada en el bolsillo.

El Chino pasaba tanto tiempo en el colegio que solo le faltaba dormir ahí. Como su mamá era profesora de primaria, llegaba antes de que saliera el sol y se quedaba para almorzar y hacía las tareas mientras ella corregía exámenes o preparaba las clases del día siguiente.

“Chino, no fastidies. Ya la abuela me dijo que…”

“No, Yuri. Máquina nueva, preguntas nuevas. Si quieres sacar veinte, memoriza el Pacto de Puerto Cabello”.

No pasaron ni dos segundos y sonó el timbre, anunciando el cambio de hora.

“Tranquila, Yuri. Es fácil. Pon atención. La clave aquí es entender cómo Miranda pactó con sus enemigos. ¿Viste ayer el capítulo de Salvados por la campana? Bueno así. Imagina que la proclamación de la Primera República de 1811 era el baile de graduación y Venezuela era Lisa… que estaba sola y no tenía con quién ir. Inglaterra era Zack y Francia era Slater”.

“Pero, ¡cómo voy a poner eso en el examen! Cállate, que me estás poniendo nerviosa”.

“Europa era Kelly Kapowski, así que Inglaterra y Francia le echaban los perros y no tenían demasiado interés en Lisa, o sea, Venezuela. Tú lo que tienes que poner en el examen es que, como Miranda no logró captar la atención de las dos potencias, no le quedó más remedio que juntarse justo con quien más peleaba”.

“O sea, que España era Screech”.

“Vas a sacar veinte”.

Yurimar revisó sus chuletas y vio con horror que la tinta del boli se había despintado con el sudor. Maldito Topo y sus vueltas a la pista bajo plena pepa de sol.

En los vestidores se le ocurrió pedirle a Lucía cambiar de puesto, porque ella se sentaba al lado de la chama que iba de primera en la clase y fija del cuadro de honor. Tal vez, de reojo, pudiese copiar alguna respuesta.

“Te lo cambio…”, le dijo Lucía, “por tus dineros de merienda”.

Yurimar había salido malísimo en el primer lapso, y si raspaba este segundo, iría a reparar la materia en vez de pasarse las vacaciones con sus primas de la capital. Y si repetía por culpa de la profesora Margarita Mendieta… no, no, no, no, no… las demás pasarían a diversificado y ella seguiría con su uniforme azul, convirtiéndose en la nueva abuela. Qué raya. No.

Tenía que aprobar este examen.

Mientras Yurimar echaba sus cuentas mentales, Lucía hacía negocios de última hora con las despistadas que habían olvidado traer lápiz y sacapuntas. Se los alquiló a precios de importación.

“Compartimos mitad y mitad, Lucía”, dijo Yurimar. “Tampoco te pases y me dejes sin desayuno”.

Lucía aceptó el trato de mala gana y se cambiaron de pupitre. Pero de nada funcionó la argucia, porque la profesora Mendieta las vio y, sospechando movidas, las mandó a sentar a las dos cerca de su escritorio. Donde las pudiera ver bien.

Desde la última fila escuchó la risa de hiena de John Camilo.

La profesora Mendieta dio comienzo al examen: “quiero que guarden todo menos sus lápices”.

“¿Y las hojas de folio, profe?”, preguntó Tobías, su alumno consentido.

“Guárdenlas también”.

La clase entera murmuró con extrañeza. Desde séptimo grado los habían acostumbrado a traer hojas especiales de folio, adquiridas, por supuesto, en la tiendita de secretaría. La profesora continuó: “la dirección acaba de comprar una máquina fotocopiadora y, a partir de ahora, los exámenes van a traer escritas las preguntas para que ustedes se concentren en responder todo lo que han aprendido”.

Yurimar vio con preocupación a la abuela, pero esta le susurró que se tranquilizara. Ahora, con más razón, repetirían las preguntas de todos los años. Prometido.

La profe repartió cantidades exactas entre los estudiantes sentados en primera fila y les pidió que tomaran una y pasaran el resto hacia atrás, eso sí, dejando la hoja al revés, sin ver las preguntas hasta que todos tuviesen su examen en manos.

“Tienen una hora. Los que vayan terminando pueden salir directo al recreo. Comiencen”.

Yurimar leyó la primera pregunta y sintió terror.

Del disgusto se le olvidaron Simón José, Esteban y todos los personajes de Salvados por la campana. Donde se suponía que preguntarían por la Compañía Guipuzcoana, pedían explicar la importancia del cacao en los tratados de comercio. De Miranda, la pregunta no decía nada de su asesinato, sino del pacto de Puerto Cabello, como había dicho el Chino. Y, en vez de preguntar por la bandera, ¡no había más preguntas! Solo dos. De razonar y explicar. Nada de verdadero/falso o de selección múltiple. Dos preguntas, cada una de 50% de la puntuación. Coño.

Las releyó varias veces, como si el poder de voluntad fuese capaz de cambiarlas mágicamente, o encontrar alguna pista de por dónde comenzar el examen. Cerró los ojos e intentó recordar alguna de las clases anteriores de la profe. En la oscuridad vio a Simón José. Se imaginó que, en vez de haberla dejado embarcada, la hubiese llamado e invitado al cine. Ajá, pero ¿habría podido estudiar de la emoción?, No. Habría sido peor. Tal vez si hubiese apagado la tele y leído, aunque fuera media hora. Maldito Simón.

Ay, coño. Simón.

Simón Bolívar.

El tipo ese. ¿Qué es lo que había pasado con él? Algo de que amenazó de muerte a Miranda y terminó preso en La Carraca. Si había un cuadro famoso que vio una vez en una excursión escolar a un museo en Caracas. Ah. Ya lo tenía. Sí. Miranda lo había mandado a cuidar un castillo ahí en Puerto Cabello donde tenían todas las armas y el bobo de Bolívar se dejó ganar. Comenzó a escribirlo en su hoja de examen.

…Miranda se ganó enemigos cuando firmó la paz con España en mil ochocientos…

Pensó en varias fechas y no pudo decidirse por una, así que siguió para no perder el hilo.

…y pico. A sus oficiales no les gustó nadita el alto al fuego, pero claro, con qué iban a seguir peleando si por culpa de Bolívar habían perdido todos los hierros. Entonces, Miranda se embolsilló a los españoles con un gesto de buena vaina voluntad cuando les entregó a los militares insurrectos. Pero no a todos, sino justo a los pendej que se le oponían. Y así fue como Simón Bolívar terminó preso en el arsenal de La Carraca, en España.

Yurimar sabía que la respuesta estaba incompleta, porque había una parte en la que Miranda luchaba en España para liberarla de los ejércitos de Napoleón. Pero, ¿cómo es que había llegado ahí?

Sintió un golpecito en la nuca y se dio la vuelta para ver quién le había lanzado un taquito. Seguro que había sido el gafo de John Camilo. Pero no. Era el Chino, que le guiñaba un ojo y le hacía señas para que mirase a sus pies. Ahí la vio. Una bolita de papel.

Yurimar hizo finta como de amarrarse un Converse y recogió el papelito. Sin girar el cuello, buscó a la profe con la mirada y vio que le estaba aclarando una duda al chupamedias de Tobías, así que levantó la oreja a ver si pillaba algo:

“Recuerda, Tobías, que los historiadores nunca se pusieron de acuerdo si lo de Miranda fue chochera de la edad o resultado de su sentido pragmático, que terminara aliándose con Monteverde…”

Yurimar aprovechó la distracción para desenvolver la bolita.

Lisa producía chocolate 1811, pero no podía venderlo porque Zack controlaba el agua y estaba arrecho con Slater que le quería tumbar a la Kapowski. La nota terminaba con una carita feliz que guiñaba un ojo. Yurimar se la guardó en el bolsillo. Pensó un minuto y entonces respondió la pregunta del cacao y los tratados de comercio con la pista del Chino y lo que ella recordaba de clases.

Cuando Francia invadió España, América hispana pasó a manos del Imperio Napoleónico. Y eso fue un problema para Venezuela, porque tenía que exportar cacao, pero los ingleses que controlaban el mar no querían dejarlo pasar.

Entonces Miranda vio que tenía que hacer algo, porque los productores se le estaban amotinando. Pidió ayuda y plata a Inglaterra para sacudirse a España, pero lo rebotaron porque estaba demasiado ocupada frenando a Napoleón en Portugal.

A Francia no pudo ni ir porque ahí le tenían preparada una guillotina sus enemigos de la revolución. Así que les tocó la puerta a los gringos para aliarse con ellos, pero también lo rechazaron por no ponerse en contra del país que les había dado los biyuyos para independizarse.

Yurimar sonrió. Tenía una respuesta decente y se le acababa de ocurrir un remate que, igual y hasta le caía bien a la profe, que siempre la animaba a expresarse con sus propias palabras. Terminó de escribir:

Y así fue como a Miranda se le prendió el bombillo, o lo que hubiese en aquella época, para aliarse con España. Como dice el refrán: “si no puedes con el enemigo, únetele”.

La confianza recién ganada se le vino abajo cuando levantó la mirada y vio medio salón vacío. Claro, el negro y el gordo Edgar no contaban, porque esos dos seguro que entregaron el examen en blanco y salieron a joder al recreo. Pero, ¿Y el Chino?, ¿la abuela?, ¿Cuchi?

Encima, Tobías levantaba la mano para pedirle por favor un folio extra a la profe. Pero. ¿y ese nerd qué tanto escribe?

El reloj marcaba las diez menos cuarto. O sea, quince minutos para terminar el examen y ahí estaba, sin idea de qué más poner en la pregunta del Pacto de Puerto Cabello. Esos últimos minutos de examen se le hicieron eternos, hasta que sonó el timbre del recreo y la profe pidió que soltaran los lápices y dejaran sus exámenes sobre su escritorio. Yurimar entregó el suyo, sintiendo que se quitaba un peso de encima, pero que le dejaba mal cuerpo. Antes de salir, escuchó a John Camilo llorarle a la Mendieta para que por favor le diera un minuto más.

Lucía la esperaba en la puerta del salón con la mano extendida.

“Pero si ni me senté en tu puesto. No hay trato”, le dijo Yurimar.

Lucía cerró los puños y se le lanzó encima. Yurimar la esquivó y le dijo:

“Bueno, Ok. Toma el dinero, Lucía. Total, ya no tengo hambre”.

Mientras la vio correr a la cantina, deseó que se atragantara con un tequeñón. El Chino se le acercó y le preguntó si la chuleta la había ayudado.

“Ay, Chino, me salvaste. Perdón porque pensé que me habías lanzado un taquito”.

“No pasa nada, Yuri”, le dijo mientras le posaba la mano en el hombro. “Al final, ¿qué pusiste en el Pacto de Puerto Cabello?… te iba a lanzar otra chuleta, pero la profe no me quitaba el ojo de encima”.

Yurimar se aguantó una lágrima.

“La dejé incompleta, por galla. Ayer estuve esperando la llamada de Simón José y hoy el Cuchi me metió idea de que Esteban anda pendiente de mí. Y claro, yo así no me pude concentrar”.

El Chino aprovechó el momento.

“Si es que Simón es como Inglaterra, todo prepotente ahí.  Y Esteban, peor. Como Francia: agallúo. No sabe cuándo es suficiente.”

“No me hables de esos dos, Chino. Por lo menos cuéntame qué respondiste tú, por si me preguntan esta vaina otra vez en septiembre”.

“Tranquila, Yuri, que no vas a ir a reparación”.

“Sí, porque tú lo dices, jaja. En serio, qué respondiste”.

“Es largo. Mejor acompáñame a la cantina y en la cola te cuento”.

Mientras esperaba su turno para ser atendido, el Chino se lanzó su monólogo:

“Miranda quería ganar la independencia a punta de pistola, pero la guerra solo le dejó un pocotón de muertos. Dicen que, como tenía amigos hasta debajo de las piedras, y que alguien le sopló que los realistas estaban igual de quebrados que su propio ejército. Así que se reunió con Monteverde, su archirrival y le dijo que juntaran fuerzas si España no se quería quedar sin el chivo y sin el mecate. Y funcionó, porque España estaba metida en dos guerras y el timing le convenía demasiado”.

Yurimar y el Chino llegaron a la barra de la cantina. El Chino sacó su billetera y pidió una empanada y una Frescolita.

“¿Qué te provoca, Yuri? Te invito”.

No le iba a responder que no tenía hambre porque los gruñidos de la barriga ya la delataban. Le había dicho eso a Lucía para quitársela de encima. En verdad, soñaba con un dónut y un batido de piña.

El Chino se lo pidió a la mujer de la cantina y Yurimar se sonrojó un poco. El Chino siguió:

“Lo arrecho es que de lado y lado pusieron condiciones jodidísimas y las aceptaron toditas. La Corona pidió cooperación política y que se bajaran de la mula pagando tributos, y Miranda dijo que OK siempre que a las provincias de Venezuela se les reconociera su soberanía como integrantes de una Mancomunidad Ibérica.

Gracias a esa alianza pudieron darles palo a los franceses que ocupaban la península ibérica y se calcula que, gracias a Los Mancomunadores, Miranda y Monteverde, se salvaron más de 300 mil vidas, y de paso la Corona se salvó de perder sus dominios coloniales.”

La cantinera les trajo el pedido.

“¿Qué te debo?”, preguntó el Chino.

“800 pesetas, chamo”.

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