Continuación de la primera parte.

 

Las películas y series de TV habían mal acostumbrado a Humberto a pensar que los viajes en el tiempo tendrían algún tipo de visual alucinante, pero nada más lejos de la realidad.  Aquí no habían rayos de electricidad alumbrando el camino, ni rastros de fuego, ni siquiera un túnel caleidoscópico. No tardó mucho en darse cuenta que los cinturones de seguridad eran una mera formalidad. La máquina avanzaba hacia 1969 pero no se movía de su sitio. La única ventana era la del parabrisas y salvo por los cambios climáticos o el paso en reversa de los días a noches, lo único que podía verse al otro lado del cristal era el muro del patio de aquella antigua casa que los muchachos habían comprado en algún momento del siglo XX. Esa sería la visual de las siguientes 51 horas.

Galarraga cayó dormido como piedra a la media hora de haber arrancado. Tenía una vieja gorra de los Rockies de Colorado tapándole los ojos, roncaba como un oso y poco le molestaba el volumen de la música o de las conversaciones. Humberto lo miraba con envidia. ¿Cómo hacía para controlar la ansiedad? ¿Tenía ansiedad? ¿Cómo había aceptado tan fácilmente sumarse a un plan tan peligroso? ¿No le asustaba que toda su carrera como estrella del béisbol desapareciera por poner a Hugo Chávez en un lugar que nunca ocupó en la historia? ¿No le aterraba la idea de tener solo un mes para entrenarlo y convertirlo en grandes ligas?

Laura y José Daniel ya habían hecho viajes en el tiempo muchas veces y al parecer les preocupaba más quién pondría el siguiente set de música o quién se comería el último sándwich de atún, que la remota posibilidad de que la máquina cometiera algún error de trayectoria. Quién sabe cuántas horas habrían pasado yendo para adelante y para atrás hasta terminar enamorándose. 

La parte trasera era una bodega de donde sacaban cualquier cantidad de chucherías dañinas para Humberto y su colesterol. Sin embargo, este no dejaba de tragar tanto como le provocaba pues, aunque malograra su salud, le bajaba los nervios. Lo otro que tenía para darse cierta paz era su propia cédula, que revisaba con frecuencia para ver si su foto no comenzaba a desvanecerse. Así intentaba distraerse del hecho de que llevaba dos  horas reventándose de ganas de ir al baño. Por eso cuando Laura pidió hacer la primera parada, 6 horas después de haber arrancado, la vejiga de Humberto cantó el aleluya.

La máquina se detuvo, la puerta se descomprimió y, al abrirse, Laura corrió al único baño habilitado de la casa. Humberto bajó con las piernas entumecidas y sin tiempo que perder, se dirigió a un muro. Mientras descargaba en una esquina del patio, miró al cielo. Nada en aquel azul era distinto al que había dejado atrás en el 2020.

De no ser por la fecha en el tablero de la máquina, no se habría dado cuenta que habían parado a mear en marzo del 2014, el mes de la primera ola de protestas fuertes contra el gobierno de Nicolás Maduro. La violencia entre opositores, fuerzas de seguridad y colectivos chavistas se cobraría la vida de al menos 43 personas en esas manifestaciones. Aquello sería solo el comienzo de un año de mierda en el que toda Venezuela perdió.

Rememorar aquello hizo que Humberto se viera tentado por primera vez a aprovechar el potencial de la máquina para evitar esas muertes y enmendar los entuertos, pero José Daniel le dijo que no se pusiera goloso. Si lograban el objetivo principal, esas y muchas otras tragedias consecuencia de la revolución bolivariana se evitarían. Era necesario conservar el foco, el objetivo era Hugo Chávez niño, todo lo demás vendría por carambola.

Con aires de capitán, José Daniel instó a todo el equipo a hacer sus necesidades para tener el menor número de paradas posibles. A Humberto no le mandaban a ir al baño a hacer “número dos” desde hace al menos cincuenta años, y aunque obedeció, le extrañó que José fuera el único que no usara su turno en el inodoro. Al preguntarle, la respuesta del chamo tuvo todo el sentido del mundo.

 “Me guardo para una fecha especial. Si hay un día en el que quiero cagarme es en el 4 de febrero del 92.” [1]

 

***

 

La última hora de viaje aceleró la ansiedad en todos. Por fin Andrés demostró que era humano y manifestó que le preocupaba tener solo un mes para hacer de Huguito Rafael un pelotero estrella. Insistió varias veces en que él podía conseguir a más peloteros mejores que él para entrenar, pero José Daniel y Laura le advirtieron que ya era demasiada gente y eso multiplicaba los riesgos de alterar el futuro. Sin más opción, Andrés aceptó su suerte con la frase que toda la vida usó frente a causas perdidas: “Que Dios nos agarre confesados.”

La máquina se detuvo y Humberto sintió un frío en la boca del estómago. José Daniel se volteó sonriendo,  “Llegamos.”

23 de enero de 1969. Jueves. Medio día. La fecha no era casual. Estos chamitos compartían el afán por solemnizar su épica y ponerla a la par de fechas históricas vinculadas a la democracia venezolana[2]. Sincronizaron relojes, bajaron de la máquina y atravesaron el zaguán de la casa. Antes de abrir la puerta de la calle, Laura y José Daniel se miraron con solemnidad y propiciaron un círculo para darle al grupo unas últimas palabras motivacionales.

 “No la vayan a cagar.” Comenzó José Daniel.

Laura trató de ser más inspiradora. “Tenemos el destino del país en nuestras manos. Detrás de esta puerta no solo está la Venezuela del pasado, sino la del futuro. ¿Listos?”

Los chamos extendieron sus manos en el centro del círculo esperando que Humberto y Andrés pusieran las suyas sobre las de ellos en un gesto de consolidación del equipo.

No ocurrió. Andrés sólo se limitó a decir “plomo” antes de abrir la puerta de la calle de par en par. El solazo que venía de afuera los dejó ciegos un instante.

Una parte de Humberto deseaba que al menos uno de los clichés de películas sobre viajes en el tiempo se manifestara. Pero no. No sonó el Limonero de Henry Stephen, ni relucientes carros de los años sesenta se pasearon frente a ellos. Los cuatro estaban parados en una desolada calle de tierra en la que solo había un perro desnutrido jugando con un niño desnudo de 2 años. Dos casas más arriba, un par de viejos sentados en dos sillas de mimbre veían pasar el día. La calle era una clásica postal de pobreza rural latinoamericana que trascendía cualquier época, por un momento hasta le hizo dudar de que realmente estuvieran en el pasado.

 Caminando por el pueblo, sin embargo, Andrés y Humberto comenzaron a caer en cuenta de que estaban respirando un aire muy distinto al que dejaron atrás en el futuro. Carecía de esa sensación de fracaso que pululaba en el 2020. No se respiraba miedo, divisionismo, ni las calles tenían la impronta de estar constantemente al borde de una guerra civil. La bandera venezolana no se había convertido aún en el motivo predilecto de la decoración urbanista oficial, ni las calles estaban forradas de afiches y consignas políticas. Al menos no de la forma asfixiante en la que el chavismo había ocupado cada espacio de la existencia del venezolano en el futuro. Caminando hacia la plaza, entendieron que la mayor diferencia con la época dejada atrás era la ausencia de color rojo. 

La Venezuela de Chávez se apropiaría del rojo como ningún otro color en la historia política del país. A partir de 1998, este se convertiría en el tinte del régimen y con él pintarían cuanto edificio, piedra, ropa o cartel encontraran. Para la población civil, usarlo o no, dejaría de ser una elección cotidiana y se convertiría en una declaración de principios.

Aquello de «rojo rojito», emblema del chavismo, era cosa del futuro y Humberto estaba feliz de que en 1969 fuera solo un color más de la paleta.

Laura y José Daniel iban adelante guiándolos hacia la plaza. Avanzaban agarrados de la mano impidiendo que Andrés y Humberto se quedaran colgados en la nostalgia que sabían que pronto los embargaría. “No, Gato, no puedes ir a Caracas ver a tu mamá. Vinimos a lo que vinimos” le decían.

A Humberto se le había olvidado el sabor de los coquitos, unos dulces de coco colorados que su abuelo le daba de niño. Por eso cuando llegaron a la plaza y una vendedora de dulcitos criollos se le cruzó en el camino, obvio que le compró uno. No sabía como los de su infancia. Eran los de su infancia.

“Bueno, Humberto, ¿A dónde?” preguntó José Daniel rompiéndole el éxtasis de la chuchería.

“¿Y yo qué voy a saber? Ustedes fueron los que prepararon esto” respondió atragantado.

“Sí, pero tú eres quien sabe dónde se la pasaba metido y quiénes eran sus panas” dijo Laura sacando de su cartera un ejemplar de Chávez en Pelotas como si se tratara de una guía turística.

El peso de aquellas miradas no iba a impedir que se terminara su coquito. Mientras masticaba, Humberto comenzó a recordar su investigación. Por la hora, sabía que ya no estaría en la escuela. Era muy temprano para que estuviera en el cine viendo películas de kung fu o de vaqueros. Quizás estaría vendiendo arañitas en las calles como cuenta su leyenda. Pero de inmediato recordó que cuando Huguito no andaba estudiando, dibujando o tocando música llanera con el cuatro en la placita, estaba organizando partidas de béisbol. La pregunta era, ¿dónde? 

De casualidad se fijó en la bodega de la esquina. Allí había tres borrachitos tomando cerveza y, a sus pies, dos niños recogiendo las chapas. Volteó a ver a Andrés y le señaló con la boca. El Gato entendió lo que eso significaba. Batear chapitas siempre fue, es y será, la práctica favorita de los peloteritos más jóvenes. Los niños salieron corriendo con las manos llenas de chapas y los viajeros detrás de ellos.

Había docenas de chamos en aquel diamante de tierra. Uno de esos era Hugo Rafael Chávez Frías, futuro presidente de Venezuela. A pesar de que Laura, José Daniel, Andrés y Humberto sabían cómo debía lucir a sus 14 años, no les era fácil reconocerlo entre aquella muchachera. Existen tantos Chávez como venezolanos en el mundo y cada uno tiene una versión distinta de él en su cabeza. Los cuatro conocían al Chávez militar, al gordo enfermo de cáncer de la última etapa, a la carismática estrella de TV, al gobernante irreverente, al golpista, al autoritario, al populista, pero… ¿Cuál era el Hugo de 1969?

Cada uno escaneaba con cuidado a los jugadores del campo. De pronto, vieron a un right fielder golpear su palma derecha abierta con su puño izquierdo sobre su cabeza, un gesto que todos reconocieron inmediatamente. Era el mismo que el futuro presidente usaría treinta y cinco años después para acosar a los opositores diciendo que les metería “10 millones (de votos) por el buche”.

 

***

 

Aquel púber era delgadísimo, de piernas largas y muy patón. Siempre sonriente, se notaba que estaba entusiasmado con el juego y esperaba ansioso que la pelota se le acercara. Viéndolo jugar, entendieron que había cierto orden en aquel caos juvenil que lo rodeaba y que aún la partida de béisbol no comenzaba. Estaban en calentamientos. Otro carajito bateó la bola hecha de cartones de jugo y cinta adhesiva y esta fue directo hacia donde estaba Huguito. Falló en atraparla y también falló en su lanzamiento al pitcher. Todos los que estaban cerca suyo se burlaron.

 “Ah vaina, Tribilín, tú como que no desayunaste.” Le gritaba un pelao’ de ocho años.

Tribilín. El que se convertiría en el máximo hater del imperio gringo tenía mote de personaje de Disney. “La vida es una vaina seria” pensó Humberto a la vez que encontraba  el primer error de su libro. Los cuentos que había logrado recopilar sobre la infancia de Chávez lo pintaban como una joven promesa del béisbol, un chamo que tenía futuro como lanzador. La realidad de aquella caimanera demostraba lo contrario y que, efectivamente, el discurso oficial ya había echado mano de la historia verdadera. Tribilín no jugaba nada.

Era malo. Malísimo. Lanzaba sin fuerza. Con el bate solo abanicaba. Como receptor parecía esquivar la bola. Huguito era el anti-béisbol. La cara de Andrés era un poema de terror. Era tan malo que cuando los chamos se organizaron para armar los equipos, los dos capitanes no disimulaban su interés por no incluirlo dentro de sus respectivas filas.

El ritual de selección de jugadores era tan antiguo y crudo como Andrés recordaba los de su infancia. Los dos capitanes se alternaban el turno para seleccionar a un jugador entre la muchachera. Los mejores siempre eran elegidos de primero y los peores sufrían la humillación de ser los últimos. Lentamente el grupo sin equipo se iba reduciendo.

“Dame al Chiripo.”

 “Pipo.”

“Rafa.”

“Víctor.”

Al final del proceso quedaban solo un gordito al que llamaban Bocadillo y Tribilín, ambos nerviosos, deseando ser elegidos antes que el otro para minimizar un poco la vergüenza. El capitán que decidiría su suerte vacilaba entre ambos. La elección se sentía crucial y difícil. Finalmente, como quien debe elegir entre amputarse un brazo o una pierna, el chamo se decidió:

“Bocadillo.”

“¡Ya está! ¿Me vas a joder con Tribilín? ¡No, vale!” Respondió el otro capitán indignado.

“Sí eres llorón. Bueno, quítame uno.”

Tener a Huguito en el equipo era peor que tener un jugador menos. De niño, Humberto también había sido invariablemente el último de la selección. El maletas. Por algo lo suyo eran las letras. Viendo fallar a Huguito en las atrapadas, siendo ponchado, perdiendo un zapato mientras corría a segunda y tropezando torpemente en la arena, sintió por él algo parecido a la compasión. Lo embargó la desesperanza y volteó a ver a Galarraga al mismo tiempo que Laura y José Daniel. Todos buscaban una palabra o gesto que desvaneciera el pesimismo del momento.

Algo en la cara del Gato les decía que ya no volvería a ser el tipo de “la sonrisa eterna”. Estaba realmente preocupado y luego de un largo suspiro les dijo: “Vamos a necesitar un milagro.”

 

***

 

Luego de aquella terrible caimanera y de soportar el chalequeo de los otros chamos, Huguito estaba que lloraba de la arrechera. Se sentó debajo de un árbol a pasar la rabia dibujando huevos sobre los muñequitos de la revista Tricolor. Cuatro enormes sombras le llegaron por detrás y cuando estas cubrieron la totalidad de la hoja, volteó asustado. De no haber sido por la belleza y candidez que Laura transmitía, probablemente habría salido corriendo del susto. Se notaba a leguas que esos cuatro no eran de allí de Sabaneta.

Le elogiaron sus “dibujos”, le brindaron un fresco y diciéndole que no lo había hecho tan mal en el juego se ganaron su confianza.

“Yo quiero jugar bien, pero no me dan chance. Ya van a ver que voy a ser un pitcher tan bueno como el Látigo.”

“¿Quién?” – Preguntó discretamente Laura a Andrés.

“Látigo Chávez. Ese es el ídolo ahorita. Magallanero[3].” Le respondió con un tono sombrío pues sabía que, para el mes de marzo, ese pitcher de 21 años que había logrado jugar con los Gigantes de San Francisco, moriría en un accidente de avión. Andrés pensó que pedirle al Látigo que inspirara directamente a Huguito hubiera funcionado mejor que tenerlo a él en esa misión pues este ya era su ídolo, pero luego cayó en cuenta que hubiera sido cruel usarlo y después montarlo igual en el avión. 

Antes de que se dieran cuenta, los cuatro viajeros estaban echando chistes con Huguito.  Hablaban ocultando la curiosidad y fascinación que les generaba. Todos buscaban una pequeña pista del personaje que encarnaría en el futuro, pero aquel muchacho no era ni su sombra. Humberto notaba cuan conflictuados estaban Laura y José Daniel. La posibilidad de que existiera un Chávez distinto al que ellos conocieron, agradable y divertido, les generaba un corto circuito. Para ellos era inaudito sentir compasión por ese chamito que simplemente hacía lo que podía para echar pa’lante en un pueblo que la mayoría de los venezolanos ni sabía que existía.

La misma pregunta le cruzaba la mente a todos. “¿De dónde sacó ese carajito tan depinga la vena revolucionaria? ¿Quién se la inoculó?”

Y pensarlo fue invocarlos. Dos hombres con guayabera y anteojos llamaban a aquel pichón mientras se acercaban desde el fondo de la calle. Huguito los vio primero y se levantó haciendo voltear al resto. Humberto se puso blanco pues los reconoció de inmediato.

“¿Qué fue, papá?”, le gritó Huguito.

Los otros cuatro se miraron sabiendo que estaban frente a un momento decisivo que podría desbaratar el plan. ¿Cómo entrenar a Huguito para que estuviera listo para el caza talentos de grandes ligas si no tenían el consentimiento de su padre, Hugo de los Reyes Chávez?

“¿A qué hora piensas ir a la casa?” Gritaba su papá.

Pero el futuro gobernador del Estado Barinas no era la mayor preocupación de Humberto. Para ese momento era solo un amable profesor de escuela que hasta le tenía idea a los guerrilleros de izquierda. A él le preocupaba quien lo acompañaba a su izquierda. Un cuarentón barbudo que parecía recién salido de la Sierra Maestra de Cuba, el rebelde historiador, José Esteban Ruíz Guevara.

Ruíz Guevara era un comunista “de los de antes”, o, mejor dicho, “de los de ahora”, pues la revolución cubana aún estaba en su efervescencia enamorando incautos por todas partes.  Ruíz ya había estado preso por comunista y guerrillero. Alardeaba de haberse dejado la barba antes que Fidel y de las torturas que recibió en sus años de presidio. Además de colega de Hugo de los Reyes, era padre de Vladimir y Federico, los dos mejores amigos de Tribilín bautizados en honor a Putin y Engels.

Humberto sabía que ese señor sería para Huguito su fuente de inspiración. Su casa se convertiría en un aula informal donde le daría tetero de Rousseau, Maquiavelo y Marx. Él se convertiría, con su glorificada biblioteca de izquierda, en el “faro político” del joven Chávez. Con él cerca era solo cuestión de tiempo y decepciones deportivas para que la tendencia fuera irreversible y Tribilín se convirtiera en el golpista que querían “cancelar”.

Pillando la cara de extrañeza con la que Hugo de los Reyes los veía mientras se acercaba, Humberto supo que no tenía más opción que picar adelante y antes de que el par abriera la boca, les extendió su mano para presentarse y así ser él quien hiciera las preguntas. “¿Usted es el papá del muchacho?”

El padre de Huguito apenas pudo asentar. Humberto ignoró a Ruíz, se presentó a sí mismo y al resto como representantes de los Piratas de Pittsburgh y le inventó un cuento a mil kilómetros por hora en el que decía estar en busca de jóvenes talentos venezolanos para firmarlos en el equipo. A Huguito se le pararon las orejas, pues hasta ese momento ni se había preocupado por saber quiénes eran.

“Estuvimos viendo a su hijo jugar y lo felicito. Su hijo tiene futuro.”

Laura y José Daniel soltaron una risa nerviosa por el performance de Humberto. Realmente se estaba creyendo sus mentiras. Hugo de los Reyes, no tanto.

“¿Futuro cómo? ¿Jugando? Como que les cayeron a embuste. Huguito es malo con bolas.”

“Bueno, se le fueron algunos fouls. Normal. Pero su hijo tiene una determinación especial.” Edulcoraba Humberto. “Aunque lo insulten y le tiren basura por maleta, no se rinde. Y créame, eso es todo en este juego.”

Ruíz puso mala cara desde el momento en que escuchó que estos cuatro oligarcas representaban los intereses del imperio y aprovechó el inciso para meterse. “Hugo Rafael tiene futuro, pero estudiando. Para su patria. Vieran lo rápido que se leyó Platero y Yo. Y allá en la casa te tengo una biografía de Zamora bien buena. Te va a gustar, Hugo.”

Andrés intervino. “Se nota que es una lumbrera el muchacho. Pero en serio, ustedes tienen un diamante en bruto aquí. Nosotros lo que queremos es sacarle brillo. Entrenarlo. Que sea mejor de lo que ya sabemos que es para ver si lo firmamos y lo llevamos a jugar a las mayores.”

“¿Al imperio? ¿Con los yanquis? Tú estás loco si lo dejas ir.” Saltó Ruíz indignado.

Hugo de los Reyes seguía incrédulo, pues bastantes veces había visto jugar a su hijo.  Afortunadamente Andrés sabía cómo convencer a un tipo como él. Intuía que la afición de Huguito venía de su papá, así que le explicó en detalle cómo sería el proceso de entrenamiento y cuán factible era para su chamo que fuera firmado por la organización siempre y cuando permitiera un mes intensivo de prácticas con dieta y ausencias escolares incluidas. Por supuesto, pagarían por las molestias. Las villas y castillos que le pintó dieron resultado. Tanto él como Huguito estaban con los ojos brillosos de ilusión.

Ruíz trató de despertarlos del trance. “Hugo, yo no puedo creer que tú permitas esto, vale. Un muchacho como el tuyo, que se come cuanto libro le cae en las manos, no necesita poner su intelecto en manos del imperialisssmo yanqui.”

“Ah, vaina, José, no empieces con tu lavativa comunista. Nos están proponiendo aquí un plan para el futuro de todos. Digo, de Hugo Rafael”,  dijo papá Chávez.

“¿Pero no te das cuenta que están jugando la misma vaina que Caldera? ¡Quieren domesticar a la izquierda! ¡Apagar nuestro espíritu como apagaron el de la guerrilla al legalizar el partido!” alzaba la voz cada vez más fúrico y ahora miraba con odio a los viajeros, como si encarnaran todo eso que combatía desde su biblioteca. “Les vamos a echar una vaina. El triunfo de la lucha guerrillera en Venezuela es la que va a desencadenar la revolución en América Latina. Acuérdense de mí.”

Desesperado, dedicó sus últimas palabras a Huguito: “Mijo, la burguesía y el imperio no nos quieren. La oligarquía nos desprecia. Les damos asco. No caigas en la trampa.”

Ruíz se dio la vuelta y se fue botando piedra de forma bochornosa. Hugo de los Reyes suspiró mientras veía cómo su amigo se alejaba molesto. El futuro de la misión y del país dependía de cuánto lo hubiera convencido su discurso. Humberto, Laura y José esperaban lo peor. Hugo de los Reyes miró a su hijo, suspiró y con seriedad miró a Andrés a los ojos para dar su veredicto.

“¿Cuándo comenzaría a entrenar?”

Andrés, José Daniel, Laura y Humberto sonrieron con alivio. El plan seguía adelante.  Sin embargo, la sonrisa se les borró de golpe cuando Huguito, saltando y aplaudiendo de alegría, dijo algo que les recordó que a aquel cachorro ya le estaban creciendo los colmillos.

“¡Pónganse las alpargatas que lo que viene es joropo!”

CONCLUIRÁ…

 

[1] El 4 de febrero de 1992 fue la fecha del golpe de estado contra el gobierno del entonces presidente constitucional de Venezuela, Carlos Andrés Pérez. El golpe fue un fracaso y los rebeldes militares se rindieron, pero fue ese día que el comandante Hugo Chávez Frías, líder de la insurrección, saltó a la fama. El golpe transformó para siempre la vida política venezolana. Tiempo después, la fecha sería tratada por el régimen como día de fiesta y sería rebautizada como “Día de la Dignidad Nacional”

[2] El 23 de enero de 1958 tuvo lugar en Venezuela el golpe de estado que derrocó la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez. La fecha conmemora desde entonces, para algunos sectores, la “recuperación de la democracia” y el inicio de los 40 años de alternancia democrática que, erróneamente, sería conocido popularmente por el chavismo como “cuarta república”

[3] Magallanero: Fanático del equipo Navegantes del Magallanes, uno de los más populares y de mayor tradición de la liga profesional de béisbol venezolana.

24 comentarios

Lectura llana y divertida de un relato tan doloroso como fue el origen del rencor y frustraciones de Hugo Chavez.. muy buena

Jajajjajaja gracias por meterme en el combo de Dark! Atento por las redes de @bandapalabra, por allí anunciaremos la publicación del final de la historia.

Voy a dejarme de rodeos para decirte que admiro, celebro (y casi envidio) la puntería que tienes, Caque, para conectar con el público. Entiendo que es una amalgama de elección temática, destreza narrativa y alma, que, en palabras menos rimbombantes es tener la imaginación para concebir una premisa original con inmenso potencial y tener la habilidad para construir un relato gigante y enriquecido a partir de ella, como si en lugar de semilla fuese una habichuela mágica.

Y es que MJ2 es magia pura. Es un juego de humor, dolor y catarsis.

Como toda pieza central de una trilogía, sufre al no tener principio ni final, pero logras trascender su función de engranaje entre la primera y la tercera parte, al revelar que el muchacho es malísimo en béisbol, así como un tremendo villano en la sombra.

Una resolución violenta pareciera ser el final más próximo; pero, intuyendo desde el pacifismo de este cuento, sé que se nos viene una gran sorpresa final.

Señor, ya tienes las bases llenas y el estadio a reventar. Dale con toda tu alma y márcate un cuento del que hablaremos por años.

Chamo, gracias!
Yo te repito: Sin tu mano mágica en la edición, este cuento tendría un montón de strikes y fouls.
La presión crece, el reloj avanza, los jugadores tratarán de estar a la altura.

Caque, cómo me he vacilado este cuento. Genial lo de poner a HCF como un maleta. Yo siempre recuerdo cuando estaba recién llegado a la presidencia, que mi abuela me dijo: “En la TV dicen que tiene un brazo de Grandes Ligas”. Jaja. Qué desgracia. Y bueno, yo también voy pendiente de cagarme en el 4 de febrero del 92.

Jajjaja gracias, Raúl!
Caguémonos en esa fecha, claro que sí.
Pues vamos con todo para esa tercera parte, a ver si el equipo cumple!

Deja una respuesta