En medio de un paisaje hecho de nubes, Lía vio una extraña flor que colgaba desde lo alto. Cuando se acercó más, se sorprendió muchísimo: ¡era de un color que ella nunca antes había visto! Los pétalos de la flor brillaban mucho, iluminando el lugar de ese nuevo y extraño color. Lía estaba maravillada. Pero al intentar tocarla con su mano, de pronto algo la distrajo: escuchó un sonido agudo, como de una ráfaga de viento. Creyó ver a una diminuta creatura gris, parecida a una lagartija, que se escabullía. 

– ¡Arriba, Lía! ¡Ya es tarde!

La voz de su mamá la despertó. Mientras sus ojos se abrían y su sueño se desvanecía, le pareció ver a la lagartija escapando por la ventana de su habitación. 

Esa mañana se les había hecho especialmente tarde, así que como pudo, Lía se limpió las lagañas de sus grandes ojos color miel, aterrizó en su uniforme y se lanzó con su madre rumbo a la escuela. Al colgarse la mochila, sintió algo raro en su espalda, como si estuviera un poco hinchada. En el trayecto, mientras intentaba peinar su abundante y oscura melena, solo pensaba: “Si el día tiene tantas horas, ¿cuál es la prisa por empezar a estudiar tan temprano?”

Ya en la puerta de la escuela, y antes de darle el beso de despedida, su madre se detuvo a inspeccionar detrás de la oreja izquierda de Lía. Se asustó mucho al encontrar una extraña sustancia verde y gelatinosa. Visiblemente agobiada, le dijo a su hija que tendrían que salir de viaje ese mismo día. La puerta de entrada ya estaba por cerrar, así que Lía se apresuró a entrar sin entender nada de lo que estaba pasando. Desde el otro lado de la reja escuchó a su madre gritar. 

– Límpiate eso y no llames mucho la atención, ¿ok? Al rato te explico todo. 

Lía asintió, confundida. 

El día de clases transcurrió como cualquier otro, solo que en esta ocasión Lía no podía concentrarse. La inquietaba esa horrible plasta en su oreja, que, a pesar de habérsela limpiado, parecía que al poco rato salía de nuevo. Además, su espalda continuaba hinchándose y comenzaba a dolerle. Incluso le pareció como si un extraño bulto le estuviera creciendo ahí. Se sentía tan desconcertada que en un momento pensó en ir a la enfermería, pero se acordó de lo que le había dicho su madre y prefirió quedarse. 

Sus nervios eran tales que, sin darse cuenta, tiró su lápiz al piso. Cuando se agachó a recogerlo, encontró junto a él una pluma blanca. Lía la observó. ¿De dónde habría salido? Rápidamente, la escondió en su mochila. 

– Se los dije, ¡Lía es un fenómeno! – Luis, el fastidioso niño que siempre la molestaba, se había dado cuenta del bulto en su espalda. 

Ella trató de defenderse, pero Luis, quien se creía mucho por ser robusto y rubio, siempre encontraba las palabras justas para ser insoportable:

– ¡Cállate, jorobas, y mejor regrésate a Notre Dame! – gritó mientras los niños a su alrededor se reían de ella. 

Angustiada, Lía quiso volverse invisible. Su timidez siempre le había estorbado para sobrellevar esas situaciones y ahora se sentía más vulnerable e insegura que nunca. De pronto algo más importante captó su mirada: una extraña silueta al otro lado de la ventana. Era transparente y alargada, solo se veía su contorno negro. Todas las formas y colores en su interior se mezclaban, como cuando se revuelven pinturas en el agua. Mientras las burlas continuaban, Lía miraba esa silueta siniestra, que nadie más parecía ver. Se movía lenta y silenciosamente hacia ella, haciéndola temblar. En un momento se acercó tanto que… ¡atravesó la pared! Lía lanzó un grito, horrorizada. 

– ¡Silencio, allá atrás! – la maestra los regañó sin darse cuenta de nada. 

La clase continuó con la explicación de la raíz cuadrada. Lía volteó a su alrededor, pero ya no vio rastros de la extraña silueta. Respiró aliviada. Estaba contando las horas para salir huyendo de ahí. 

Al poco rato sonó el timbre del recreo y Lía corrió rápidamente al baño. Se escondió en uno de los gabinetes, dispuesta a permanecer todo el recreo ahí. Pero, su mejor amiga, Abril, cuyo rostro lleno de pecas siempre estaba exhibido en el cuadro de honor, se encargó de encontrarla y tratar de ayudarla. Abril no podía creer lo que veía a través de sus lentes: el bulto en la espalda de su amiga había crecido tanto que había atravesado la tela de su blusa, dejando ver una extraña masa blanca. Pero lo que más les sorprendió fue descubrir un diminuto tubo blanco que tenía incrustado detrás de la oreja, desde donde parecía salir esa horrible plasta verde. 

Con mucho trabajo, Abril logró despegarle el pequeño tubo. Estaba ayudándole a limpiarse cuando Ana Gaby entró al baño y las descubrió. Su cara se llenó de asco cuando vio la espalda deforme de Lía y la extraña sustancia que ambas tenían embarrada. La antipática niña las insultó y se marchó dispuesta a acusarlas. 

Lía y Abril decidieron adelantarse a la dirección y tratar de llamar a la madre de Lía. Solo ella podría salvarla. Caminaron por el patio lleno de niños, tratando de pasar desapercibidas. Pero a pesar de que Lía se había puesto el suéter de Abril para disimular el bulto de su espalda, varios lo notaron y comenzaron a señalarla. Y claro, no podía faltar Luis y su grupito de buscapleitos que les cerraron el paso y se burlaron de Lía. 

– ¿Se te perdió el desierto, camellita? 

– Déjanos ver tu joroba.

Abril intentó defenderla, pero los niños la detuvieron. A lo lejos sonaban unos extraños graznidos y aleteos, pero nadie les prestaba atención. Todos estaban más pendientes de reír en torno al espectáculo de burlas que Lía protagonizaba. 

Luis consiguió empujarla al suelo, la inmovilizó y justo se disponía a levantarle el suéter, cuando sucedió algo inesperado. Lía se armó de valor y gritó enfurecida. Fue como si ese grito hubiera despertado una fuerza oculta en ella. Sin saber cómo, el bulto comenzó a moverse por sí mismo. Todos se quedaron mudos cuando lo observaron: un enorme par de alas surgieron desde su espalda, rompiendo por completo el suéter y desplegándose en todo su esplendor. Estudiantes y maestros voltearon a verla perplejos, mientras ella se ponía de pie, agitando esas hermosas alas blancas que brillaban ante la luz del sol. 

Abril sonrió y, orgullosa, aprovechó el shock en el que todos estaban para tomar a su amiga de la mano y salir de ahí. Se alejaron del cuerpo inconsciente de Luis, quien se había desmayado de la impresión. Lía parecía fuera de sí. Se toparon con la maestra Sandra, que, aunque estaba a punto de un colapso nervioso, logró mantener la calma.

Mientras las tres avanzaban hacia la dirección, sucedió algo todavía más sorprendente. Los graznidos que habían comenzado a sonar hacía rato, estaban cada vez más cerca. De pronto el sol se oscureció. Al voltear al cielo, todos observaron algo que jamás habrían imaginado. Una enorme águila sobrevolaba la escuela y poco a poco se acercaba al patio. El pánico se desató en el lugar, todos huían despavoridos. Abril y Lía se apresuraron a correr, pero esas nuevas alas se movían sin control, estorbándole. El ave color marrón volaba cada vez más bajo, como si estuviera asechándola. 

En eso, sin que nadie pudiera evitarlo, la gigantesca águila atrapó a Lía y, sin lastimarla, hacer una especie de jaula con sus inmensas garras y así, levantarla por los aires. Ella estaba aterrada, mientras todos observaron impactados cómo el ave colosal se elevaba del colegio llevándose cautiva a la niña. 

– ¿Qué le voy a decir a su mamá? – dijo para sí misma la maestra Sandra. 

Pero la mamá de Lía ya lo sabía. Desde el estacionamiento de la escuela lo estaba observando y, por alguna razón, no parecía tan sorprendida al ver a su hija ser llevada por esa descomunal ave y alejarse volando en el firmamento. 

Lía continuó viajando por los aires en las garras de aquella águila. Se alejaron de la ciudad, atravesaron nubes y sobrevolaron valles y cordilleras. Después de varias horas de vuelo sin detenerse subieron a lo alto de una gran montaña y aterrizaron en un altísimo risco. Ahí, el ave colocó suavemente sobre las rocas a Lía, quien, a pesar de estar muy asustada, no tenía ni un rasguño. Después de contemplarle las alas con curiosidad, la inmensa ave emprendió de nuevo el vuelo y se alejó por el horizonte. 

Lía respiró aliviada. ¡Vaya día había tenido! Se alegró de que al menos continuara con vida, y se dispuso a explorar el lugar. Caminó entre las rocas y descubrió un profundo barranco que se extendía por completo alrededor de aquel elevado peñasco. Parecía estar atrapada en ese sitio tan inaccesible. Temerosa de caerse, recordó que tenía unas alas nuevas y se preguntó si podría usarlas para volar. “Sería genial”, pensó. Intentó agitarlas, pero era difícil mantener el control: las alas parecían ir a su propio ritmo. 

Entre las rocas descubrió la entrada a una misteriosa cueva, y al no tener demasiadas opciones, decidió armarse de valor y entrar. Después de atravesar un túnel, llegó a una gran bóveda, iluminada por la luz del sol que se filtraba a través de las rendijas entre las rocas. Le sorprendió encontrar signos de que alguien habitaba ahí. Observó unos diminutos muebles algo anticuados y también un librero repleto de volúmenes y unos singulares frascos con líquidos de diversos colores. Aquello parecía un antiguo estudio y aunque se veía descuidado, también se sentía acogedor. 

– ¿Eres tú? ¡Por fin! – exclamó desde una esquina un extraño hombrecito que se acercaba emocionado. Era muy bajito, de expresión simpática y con el pelo casi blanco. Sus grandes dientes hacían sonar su voz un tanto graciosa. – ¡Grilda! ¡Llegó la niña!

Lía no entendía nada, pero al hombrecito parecía no importarle. Actuaba como si ella conociera algún protocolo ya establecido. Sin que ella pudiera reaccionar, él la inspeccionó de pies a cabeza, como buscando signos de sospecha. Le preguntó si no traía consigo algo de shimo, y ella, tratando de adivinar, le contó sobre la plasta gelatinosa color verde y el pequeño tubito que dejó en el baño de su escuela. El largo viaje por las alturas había limpiado por completo todo rastro.

– Perfecto, estamos seguros. Con los tiempos que corren debemos ser muy cuidadosos. 

El hombrecito corrió apresurado hacia un viejo baúl y comenzó a sacar extraños cacharros, mientras hablaba nerviosamente:

– Mañana a las ocho, Inday te traerá aquí para que empieces el entrenamiento. ¡Ya viste qué noble es! Sería mejor comenzar hoy mismo, pero el sol ya está por ocultarse.

Lía lo observaba confundida sin saber qué hacer. ¡Cornelo! – se escuchó una voz femenina desde otra esquina – ¡Estás asustando a la niña!

Lía observó que se acercaba una mujer pequeñita y regordeta, con las mejillas sonrosadas y el pelo también blanco. Su ropa parecería la de una abuelita muy tradicional, si no fuera por la gran cantidad de botones de diversas formas y tamaños, que lucían a través de la tela. 

– ¡Qué bien que has llegado! Hemos esperado tanto para conocerte. Mírate, estás preciosa. – la contemplaba con ternura – Igualita a tu abuela. 

– ¡¿Mi abuela?! – Lía se asombró al escuchar eso. – Perdón, pero no entiendo nada. ¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo conocieron a mi abuela?

 – ¿Tu madre no te contó nada sobre Meiret? – preguntó Cornelo, extrañado.

Claramente no lo había hecho. Hasta hoy, Lía había vivido una infancia como la de cualquier otra niña de once años. Le sorprendían todos esos nombres y sucesos extraordinarios. Quizá esta curiosa pareja de pequeños ancianos también podría explicarle por qué le habían brotado esas inmensas alas. 

Se sentaron en una salita contigua y fue ahí donde Lía se enteró que no era humana. Al parecer, pertenecía a un antiguo linaje de seres alados llamados arvents, que habían habitado en una tierra escondida en las alturas. Cornelo y Grilda le narraron que sus abuelos, como la mayoría de los demás arvents habían fallecido intentando defenderse de los hummur, unos terribles seres que siempre estaban hambrientos y succionaban los colores de las cosas para sobrevivir. 

Al escuchar eso a Lía le vino a la memoria esa extraña silueta alargada y transparente que la asustó en la escuela. Con solo acordarse volvió a temblar.

– Pero, mi madre dice que mis abuelos murieron en la guerra. 

– Dijo la verdad, querida. – argumentó Grilda- Solo que no especificó de qué guerra se trataba. 

Lía continuaba incrédula ante semejante historia, pero cuando le mostraron una vieja fotografía con una pareja joven y una niña, comenzó a dudar. La niña se parecía mucho a su madre y la mujer en la foto tenía rasgos muy similares a ella misma: el brillo de sus ojos miel e incluso el mismo hoyuelo en la mejilla. ¡De pronto se impactó! Con asombro descubrió que lo que parecía un fondo blanco, en realidad eran dos grandes pares de alas blancas detrás del hombre y de la mujer. Incluso alcanzó a distinguir un par de pequeñas alas que la niña tenía replegadas junto a su cuerpo. 

– Pero, ¿cómo es posible? ¿Y las alas de mi madre?

Cornelo y Grilda hicieron una expresión de tristeza. Con dificultad le compartieron que durante la terrible batalla de Yelanz ella logró sobrevivir, pero lamentablemente perdió sus alas.

– Ellos se las cortaron. 

Lía se estremeció. No podía creer que su madre hubiera vivido algo así.

– Fue muy duro. A todos en Meiret aún nos duele recordarlo.

– Era apenas una niña, como de tu edad. Nosotros cuidamos de ella hasta que se fue con los humanos, para intentar vivir como ellos. 

Lía observó que la niña de la foto llevaba puesto un brazalete de piedrecillas negras… ¡idéntico al que ella tenía en su propio brazo! Lía se restregó los ojos para examinar de nuevo la fotografía. Era cierto. El brazalete lucía exactamente igual al que le había regalado su madre. ¿En verdad podía ser genuina esa disparatada historia?  Había que reconocer que, aunque parecía una locura, había varias cosas que indicaban su veracidad. 

– Por eso, ahora que por fin se desplegó tu herencia arvent es muy importante protegerte de ellos. – Grilda le acariciaba la cabeza.

– Y comenzar tu entrenamiento lo antes posible. – dijo Cornelo al tiempo que se aproximó de nuevo a revolver el viejo baúl. 

– ¿Te refieres a que aprenda a volar?

– ¡Y también a que domines la extracción! – exclamó desde el fondo del baúl.

Cornelo le habló de una habilidad que solo los arvents podían desarrollar, con la cuál eran capaces de manipular los colores de los objetos. Su abuelo y varias generaciones de arvents la habían aprendido a través de Teldor, el Gran Hechicero, para protegerse de los hummur

– Hemos esperado años por conocerte. Hay quienes incluso dudaban que existieras. Se pondrán felices al descubrir que se equivocaban. En Meiret te necesitan mucho. – dijo Grilda al tiempo que le servía a Lía un trozo de tarta de moras. 

Pero ella no podía comer, solo observaba esas extrañas alas que tenía detrás, a la vez que por su mente se acumulaban muchas más preguntas.

– ¿Qué es Meir…?

Un suceso singular interrumpió abruptamente a Lía. Le pareció ver que por el suelo se arrastraba una diminuta criatura gris, parecida a la lagartija de su sueño. Se la señaló a Grilda, quién alcanzó a verla escapar entre las piedras. Ella se alarmó muchísimo y llamó a su esposo. Angustiados, inspeccionaron a la niña en busca de algún rastro. Para su mala suerte, ahí estaba: cerca de su tobillo derecho había una pequeña plasta de shimo verde

Al verla, ambos se quedaron helados. 

– Debe irse. Corre peligro aquí. – dijo él sumamente preocupado. 

Cornelo salió corriendo de la cueva e hizo sonar una peculiar corneta. Un sonido agudo y penetrante se extendió por toda la zona. Dentro de la cueva, Grilda arrancó un pequeño tubito blanco que Lía tenía incrustado en el pie, igual al que le había quitado su amiga Abril. 

– ¿A dónde iré? – preguntó Lía.

– A Meiret. Solo ahí estarás segura, los hummur no pueden entrar. – explicó Grilda mientras le limpiaba los restos de shimo

Cornelo volvió y siguió moviendo objetos y libros, desesperado. La diminuta pareja estaba muy agitada, temerosa de lo que pudiera ocurrir. Al parecer, la criatura gris le habría colocado esa viscosa sustancia a la niña, a través de la cuál los hummur podían rastrearla. 

– ¡Los encontré! – exclamó Cornelo, al tiempo que le mostraba a Lía una caja de cartón con lo que parecían ser unos casettes viejos. Los colocó dentro de un morral y se lo dio a Lía. – Aplícate bien, debes aprender rápido. 

Lía se puso el morral, esforzándose por mantenerse tranquila. – Pero, ¿y mi mamá? ¿No se preocupará?

– Ella estaría de acuerdo. Créeme, nos va a agradecer el haberte resguardado.

En eso, Lía vio algo aterrador en la pared de piedra del fondo. De entre las rocas comenzó a sobresalir un contorno negro, que tomó la forma como aquella silueta transparente que había visto en su escuela. Los colores de las rocas y los muebles se comenzaron a distorsionar, mezclándose dentro de la silueta, mientras avanzaba lentamente hacia ella. 

– ¡Ya llegaron! ¡No hay tiempo! – gritó Cornelo. 

La niña y sus protectores salieron corriendo hacia la entrada de la cueva, pero otras dos siluetas siniestras se interpusieron en su camino. Estaban acorralándolos lentamente. No sabían qué hacer. ¡Las siluetas se acercaban cada vez más! Lía, se sintió angustiada y lanzó un gran grito. En ese momento las siluetas se difuminaron en el suelo. Grilda y Cornelo se maravillaron al ver eso. Aprisa, continuaron su camino con Lía hacia el exterior. Al voltear atrás, Lía descubrió que las dos siluetas habían vuelto a conformarse desde el suelo y los perseguían a través del túnel.

Ya afuera, los tres observaron aliviados que la enorme águila se aproximaba volando al risco. 

– Tranquila, con Inday pronto estarás a salvo. – Grilda la abrazó. 

– Pero, ¿y ustedes? 

– Nosotros les damos igual, los hummur te buscan a ti. 

Cornelo le dio un objeto redondo y metálico.

– Era de tu abuela. Úsala sabiamente. 

Lía asintió y lo metió en su morral. Las siluetas ya habían salido del túnel y se acercaban hacia ellos entre las piedras, cuando por fin aterrizó la inmensa ave. Lía, nerviosa, se apresuró a subirse a su lomo. 

– Cuando llegues, entenderás mejor todo. Yun te ayudará. – dijo Cornelo. 

– ¡Sujétate bien! – se despidió Grilda.

El águila levantó el vuelo y se alejó rápidamente de la montaña. Desde lo alto, Lía vio cómo en un instante las siluetas desaparecieron del lugar. Apenas podía creer lo que acababa de vivir. 

Más aliviada, se abrazó a la gran ave y contempló como el sol se ocultaba tras el fabuloso paisaje de la cordillera. Mientras el viento le agitaba el cabello, Lía se alegró de descubrir porqué siempre se había sentido tan distinta a los demás niños. Sonrió por primera vez en todo el día, pues se dio cuenta de que la parte más fascinante de su vida recién acababa de comenzar. 

4 comentarios

Mónica, con tus dos cuentos previos de Bandapalabra como referencia, me quedé impresionado por tu capacidad para cambiar de registro …y hacerlo de un modo tan exitoso. en «Lía» lograste equilibrar la sensación de infinitas posibilidades que da el género de fantasía con un ancla emocional muy humana y hasta cotidiana.

Me recordó a Momo y a La Historia sin fin (o Interminable) de Michael Ende, y en parte es por la sensación de peligro real, tan necesaria en esta época donde a los niños se les trata con excesiva delicadeza, pero tan universal como las fábulas o los cuentos clásicos de fantasía. Tus villanos intimidan así como tu heroína transmite potencial y esperanza.

Y ya puestos a hablar de Lía, sus alas me parecen una metáfora maravillosa para aprender a aceptar los cambios que nos trae la vida. En el caso de las niñas que lean tu cuento, se sentirán directamente identificadas con los cambios físicos que trae la edad. Es un relato muy femenino, muy sensible, pero atemporal, y en serio creo que deberías continuarlo hasta tener una novela (además que el género Young Adult es de lo que más se vende hoy en día).

No me identifico mucho con el género de la fantasía, pero en este cuento creaste imágenes espectaculares: ¡los monstruos que se alimentan de colores! Es una historia muy hermosa que bien puedo ver en un libro ilustrado. Creo que requiere un poco más de edición (por ejemplo, sentí que el verbo parecer apareció muchas veces seguidas) pero es siempre comprensible por el corto tiempo que tenemos para entregar. Insisto, me gustan los distintos estilos que tenemos aquí en la banda. ¡Felicitaciones, Mónica!

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