Jamás pensé que alguien podría ser capaz de pedirme algo así. Y mucho menos mi propia esposa. Mientras manejo sin rumbo, pienso en cada una de las acciones de mi vida y me doy cuenta de lo errados que fueron mis juicios y de que todo fue una completa farsa. ¿Cómo una persona que crees conocer puede, de pronto, mostrarse tan distinta, tan… despiadada?

Me casé con Yolanda no porque fuera la más bonita, ni la más ardiente, ni siquiera la más divertida. Me casé con ella porque me pareció la más estable, la más leal, y eso es lo que busco yo en una compañera de vida: lealtad. Porque yo soy leal. Y porque sin lealtad no hay amistad, no hay confianza, no hay familia, no hay futuro.

Todos los semáforos de la avenida están en rojo y así me siento yo después de la conversación de esta tarde: detenido, sin poder seguir adelante. ¿Me acabo de quedar sin futuro? Lisa mira por la ventana desde el asiento del copiloto. No hacen falta palabras para saber que me entiende. Nadie nunca me ha entendido como Lisa. 

Cuando le pedí la mano a Yolanda, fui muy claro con respecto a mi posición sobre procrear: es absurdo traer más niños a este mundo ya sobrepoblado. Yolanda se alzó de hombros y me dijo que a ella lo que le importaba era estar conmigo. La mujer ideal, pensé. Qué engañado estaba. Con lo que me pidió hoy, me doy cuenta de que cualquier otra esposa habría sido preferible. ¿Acaso hubo señales de alarma y yo no las vi?

A los dos años de casados, cuando Yolanda me dijo que estaba embarazada —mi amor, las pastillas no son 100% fiables—, no me quedó otra opción que fingir alegría. Pero nueve meses más tarde, cuando nació Luisana, nuestro apartamento le pareció demasiado pequeño y acabé por complacerla también, endeudándome más de lo prudente con una casa demasiado nueva y estéril para mi gusto. Y en los suburbios. Siempre juré que no me mudaría a los suburbios. 

¿En qué momento comencé a traicionarme a mí mismo?

Tomo la autopista 93 sin saber adónde ir. Manejar siempre me ha ayudado a aclarar mis pensamientos. Ojalá hubiese hecho un roadtrip de costa a costa antes de casarme con Yolanda. Claro que hubo señales de alarma. Pero, ¿por qué no las vi? 

Primero, me pidió que dejara de aceptar toques con la banda donde tuviera que dormir fuera de casa, porque le daba miedo dormir sola. Acepté, eran pocos nuestros toques fuera del estado. Luego, con el embarazo, me pidió que limitara los ensayos a uno cada dos semanas, que no se estaba sintiendo bien. Acepté, nueve meses pasarían rápido. Con Luisana recién nacida, me pidió que dejara de tocar por un tiempo, porque necesitaba de mi ayuda. Le dije que sí. La banda me reemplazó, pero “la familia es la prioridad”, ¿no? La familia, y el trabajo de porquería de 9 a 5 para mantener a esa familia. Lo demás no importa ¿No es eso lo que nos han metido en la cabeza todas las películas de Hollywood desde la infancia? Familia, familia, familia. Y entonces, ¿cómo un miembro de tu propia familia te traiciona de esa manera, pidiéndote lo imposible?

¿Qué hago ahora? ¿Acepto la petición? Dentro de dos semanas, nos mudaremos a la casa de los suburbios. Nuestro apartamento ya se vendió, la sala está llena de cajas a medio empacar. Tengo una deuda enorme y una hija recién nacida. Yolanda, ¿acaso no me conoces ni un poquito que eres capaz de pedirme esto?

— Andrés, tenemos que hablar —fue como me recibió esta tarde a mi llegada del trabajo. Luisana dormía en sus brazos, y toda la conversación fue en susurros… Al menos hasta que salí del apartamento de un portazo. 

— Dime, mi amor —respondió el estúpido esposo complaciente de siempre.

— Hoy hablé con mi mamá, y me contó una historia que me dio mucho miedo.

— ¿Qué pasó, ella está bien?

— Sí, sí, pero en su condominio se armó un escándalo: la perra de una vecina atacó a su bebé recién nacida.

Intuí por dónde venía la conversación, y el estómago se me contrajo.

— ¿Y la bebé está bien?

— Sí, sí, fue solo un susto.

— Ay qué bueno, me asustaste con ese “tenemos que hablar”.

— Es que tenemos que hablar. Y te lo voy a decir sin preámbulos: Necesito que pongas a Lisa en adopción. No me siento cómoda con ella y nuestra bebé recién nacida.

— ¿Es una broma?

— Estoy hablando muy en serio. Me da miedo que ataque a Luisana, especialmente en un territorio nuevo.

— Yolanda, tengo nueve años viviendo con Lisa, la conozco mejor que a nadie, es la perra más dócil que existe.

— Con los perros uno nunca sabe, y mucho menos los Pitbull.

— Yolanda, tienes dos años viviendo con Lisa, ¿en algún momento te ha demostrado algún comportamiento remotamente agresivo? 

— No, pero nunca me ha querido tanto como te quiere a ti.

— Claro, la adopté cuando era cachorrita.

— Es un riesgo que no estoy dispuesta a tomar. Si la perra le hace daño a Luisana, no me lo perdonaré nunca.

— Yolanda, Lisa nunca ha atacado a alguien.

— Siempre hay una primera vez. Se la puedes regalar a tu hermano, que no tiene hijos, y así la puedes seguir viendo.

— ¿Tú te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

— ¿Y tú te das cuenta del riesgo en el que estás poniendo a tu propia hija?

— ¿Qué riesgo? Es un riesgo que te metió tu mamá en la cabeza, Lisa jamás le haría daño a nadie. No la dejamos sola con la bebé, y ya.

— Esto no es una negociación. O Lisa, o yo. Es así de simple.

Cerré los ojos. Respiré profundo. Miré a Yolanda con unos ojos con los que jamás la había visto. Me pareció la persona más cruel del universo. No supe qué decir y opté por la diplomacia.

— Tengo que sacar a Lisa, hablamos después.

Salí del apartamento y no pude evitar lanzar la puerta con todas mis fuerzas. Caminé media hora con la perra. Mi Lisa, mi dulce Lisa. Creo que nunca he querido a nadie como a ella. De regreso, cuando vi la entrada de mi edificio, la ventana iluminada de mi apartamento, sentí repulsión. No quería volver a lo que estaba adentro. En mi abrigo aún tenía las llaves del carro. Monté a Lisa en el asiento del copiloto y arranqué. No sé cuánto tiempo llevo manejando. El celular lo dejé en la casa. Debo llevar más de una hora, porque un anuncio me indica “Welcome to New Hampshire”. Mis ojos se posan en el lema del estado: “Live free or die”. Tomo la salida hacia la bomba de gasolina y los hoteles: la perra tiene hambre, no ha comido desde esta mañana. Como si hubiese leído mis pensamientos, Lisa comienza a mover la cola.

5 comentarios

Pero bueno, ¡qué tenemos aquí! cómo un cuento es capaz de generar tanta tensión y rabia, para cerrar con una sonrisa de oreja a oreja. Pocas veces pasa que encuentras un texto que te dice tanto (y encima en tan pocas palabras) y que no hayo qué criticar (constructivamente, pero igual).

Se nota un dominio brutal de la narrativa doble, hacia adelante (quién es Lisa, qué decisión va a tomar el narrador), en paralelo con toda la vida vivida y resumida hasta esa encrucijada vital.

Es un cuento fenomenal.

la verdad que pase por eso hace muchosaños teniamos dos perros y ya no habia espacio ellos eran como parte de la familia pero como era niño adolecente no podia opinar ahora vivo rodeado de animales y hasta los propios animales aman mas a uno que la misma familia hay muchos casos de la vida real que se han hecho peliculas de ellos hace poco ci un video en el canal RT noticias y ellos colocan en el video a una gata de malasia que su dueño murio hace dos y la gata no ha dejado de visitar la tumba de su dueño por dos años seguidos dejo de comer por meses creo que en ese dilema nos encontramos muchos a veces en la vida tanto como adultos como niños eso es para los que amamos profundamente a los animales

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