1

El calendario indica 1997. Los técnicos encienden las luces del estudio y el detective Salas Duarte escucha el interruptor como un disparo. Se le hace increíble estar en la capital, delante de toda esa gente, presto a contar detalles de la historia que estremeció al país. Nervioso, se acomoda lo mejor que puede el nudo de la corbata, siempre pensando en impresionar a la joven Roxana, la hasta hace poco esquiva secretaria de la comisaría ¡Sí que desearía devorar ese cuerpecito! «No literalmente», se aclara. Ve el reloj, 9 de la mañana «¿Cómo voy a describir las tres cabezas que encontré en el rancho de ese sádico? ¿Cómo va a reaccionar la audiencia? ¿Los niños? Bueno, estoy en el mismo canal que transmite Commando todos los sábados en función matiné». Comienza a sonar la cortina musical, los aplausos, ve los tres lentes largos que apuntan a la tarima. Se enciende la luz roja. Cámara 1. «Grabando. 3, 2, 1». 

– Bienvenidos a otro A puerta cerrada — dice una emocionada Marieta Santana, en medio de la tímida ovación del público que colma el estudio. — Hoy tenemos al hombre del momento, el oficial que capturó in fraganti al «Caníbal del río Torbes», mientras degustaba a su última víctima y frustraba de nuevo la esperanza de Venezuela. 

Salas Duarte sigue incómodo. Su miedo escénico contrasta con su habitual jocosidad. Saluda y mira a su esposa y a sus hijos en la audiencia. 

2

Un año antes, Dorángel Vargas moldeaba y sacaba filo a la punta de un tubo largo para clavarla a su primera víctima. Ya la tenía identificada: Antonio López Guerrero, su amigo de la calle que merodeaba los mismos lugares que él y con quien muchas veces compartía las tertulias de la noche. Se le antojaba no solo por su cuerpo joven y flaco, bajo en grasa y en colesterol, sino por su excepcional carisma. «Si es tan buen vecino, tiene que estar bien sabroso», pensó varias veces. Invirtió las pocas limosnas que había recolectado ese día en una botella de miche andino y se encontró con su amigo a charlar bajo las estrellas. Pasaron un muy buen rato bebiendo a la orilla del río, pero una vez que el licor había hecho efecto, Dorángel Vargas atravesó el corazón de López Guerrero con el tubo en forma de lanza. Lo descuartizó, enterró sus manos y sus pies, y cortó varios filetes de jugosos muslos y pantorrillas. La lengua la cocinó guisada al fogón y usó los ojos para darle sabor a un caldo. El resto le serviría de relleno para unas empanadas que repartió entre los demás vecinos. 

3

A puerta cerrada vuelve tras un corte comercial. Los aplausos enmudecen cuando comienzan a mostrarse imágenes de la década de los setenta. «Ese era Renny Ottolina », dice en voz muy baja Marieta Santana. «Un hombre íntegro que solo pretendía lo mejor para su pueblo. Pero…» Y entonces aparecen los recortes de periódicos, el avión estrellado, las filas de gente llorando en blanco y negro al entonces candidato presidencial. «Hay gente a quien no le interesa que el poder cambie de manos». El estudio de A puerta cerrada permanece en silencio, si acaso se logra percibir uno que otro sollozo. Las fotos antiguas son devastadoras y pronto han cambiado a imágenes actuales de lágrimas que brotan a todo color, a música de Alí Primera, a gente en una procesión sin precedentes en la historia de Venezuela. «No les interesó antes y no les interesa ahora». A la cabeza, en un vehículo descapotado, una mujer rubia saluda a los caminantes. Tiene un velo negro que no alcanza a esconder toda su conmoción. 

– Detective Salas Duarte, ¿qué tan premeditado fue este último crimen de Dorángel Vargas?

4

Todavía con el sabor del caldo de Antonio López Guerrero en la boca, Dorángel Vargas fue a una arepera cerca de la plaza de Táriba. Allí se plantó afuera, con la mano extendida, para lograr reunir los fuertes suficientes para pagar un batido de mora. Mientras esperaba, se distrajo con uno de los televisores. Fue la primera vez que vio a Hugo Chávez Frías de civil. El candidato a presidente hablaba de la nueva Constitución, del nuevo Poder moral. Dorángel Vargas quedó fascinado con su liqui liqui verde oliva, con su porte y su gracia. Se percibía un hombre bueno, joven, atlético. Acabaría con las cúpulas que habían destruido al país, no se perpetuaría en la presidencia, le daría el poder a la gente, entendía que la de Cuba era una dictadura. Dorángel Vargas se sintió íntimamente relacionado con él; más con su carisma que con sus palabras. Pensó en sus muslos, en sus pantorrillas; imaginó sus vísceras. Olvidó por completo el jugo de mora y fue de inmediato a ubicar el comando de campaña más cercano para inscribirse en el partido fundado por Chávez Frías, el Movimiento V República. 

Al poco tiempo, robó una gallina y la cambió por una boina roja. La posó sobre su larga cabellera, ondulada y sucia, y se sintió completo. La boina, su mugre y su cabeza se atraían. Era una parte más de su cuerpo, de sus pensamientos; el complemento ideal para su lanza de tubo y para su vida de caníbal. Caminó al río Torbes, clavó la lanza en el suelo y vio su reflejo en el agua. El pelo, la barba, la lanza, la boina, la esquizofrenia. Todo en perfecta armonía. 

Después de esa noche, devoraría muchos cuerpos más.

5

– Detective, ¿a cuántas personas se comió este antropófago? 
– Todavía estamos en plena investigación, pero al menos 20 individuos fueron víctimas de este enfermo. 
– ¿Cuáles eran típicamente sus preferencias? 
– Normalmente buscaba hombres jóvenes, pues dice que saben mejor. Nunca mujeres ni niños. Sus objetivos solían ser deportistas y trabajadores de la construcción cerca del río Torbes. Nunca ultimó a ninguna persona con sobrepeso porque no quería sufrir del colesterol. 
– ¿Dónde almacenaba la carne de estas personas?
– No tenía cómo refrigerarla, por eso se calcula que mató un promedio de un hombre por semana en los últimos meses. 

6

El día que la gira de campaña de Hugo Chávez Frías llegó a San Cristóbal, Dorángel Vargas se apareció por el comando del MVR a primera hora de la mañana. Ayudaba a repartir carteles y materiales para la concentración, cuando vio entrar a algunos de los dirigentes más notables del partido. Por su anchura, reconoció a Juan Barreto, por su pelo blanco y sus lentes, a Luis Miquilena y, por su bigote, a Nicolás Maduro. Los vio y solo le apeteció el último, gracias a su alta figura, joven y delgada. Los siguió mientras entraban a un cuarto contiguo y discretamente escuchó la conversación.

– ¿Y a dónde vamos más tarde?
– A La Gioconda ¡Eso ni se pregunta!

La súbita excitación que invadió a Dorángel Vargas le abrió el apetito. Fue a su vivienda, se vistió con el traje y corbata de una de sus víctimas y se enjuagó la cara en el río. Cogió un saco de papas, metió la lanza, la boina roja y un serrucho — por si tenía suerte —, y luego escondió todo en unos matorrales cerca del Bar La Gioconda. Entró temprano y permaneció un rato viendo a las mujeres bailar en el tubo que no era lanza. Ninguna se le antojaba, ni siquiera las de las Antillas holandesas. «Las mujeres saben dulce, como quien come flores». Salió al balcón y se recostó en las barandas de chaguaramos de concreto. Esperaba la comitiva del MVR, pero se frustró al ver que solo Juan Barreto apareció bajo las altas palmeras de la entrada. «¡Vino fue el gordo!» Se le acercó de a poco y lo vio llamando a la más rubia del local.

– Tú — le dijo —, anda a tu cuarto y espera allá al Comandante.

7

En el estudio de A puerta cerrada el público está impaciente. Ha aguardado casi toda la hora de programa para escuchar el relato de la captura de Dorángel Vargas. Marieta Santana lo sabe y suelta la pregunta envuelta en intriga:

– Detective Salas Duarte, por favor explíquele a Venezuela cómo dieron con el paradero de este abominable caníbal.
– El día de la desaparición del candidato presidencial, Hugo Chávez Frías, recibimos una llamada de alerta. Ipso facto, nuestros efectivos fueron a hacer las entrevistas pertinentes. 

La periodista lo interrumpe:

– ¿Dónde se le vio por última vez?
– Estaba en un club social, junto a varios miembros del MVR después de su acto de campaña en San Cristóbal. Por la zona de El Mirador, un poco a las afueras de la ciudad. 
– Prosiga, por favor.
– Hicimos varias entrevistas, pero sin duda la pista más importante fue el tubo con punta de lanza que encontramos cerca del recinto donde se encontraba Chávez Frías.
– ¿Usted está diciendo que el arma del asesino era un tubo que clavaba como lanza? 
– Sí, se presume que ultimó a todas sus víctimas de esa manera.
– Increíble. Era como su sello personal.
– Así podríamos decirlo.

Marieta Santana suspende por un momento la conversación con Salas Duarte y mira de nuevo a la cámara 1. Les habla a los televidentes en casa: «No se despeguen de nuestra sintonía, que, en la próxima parte, el detective Salas Duarte nos revelará qué encontraron en la vivienda de este antropófago».

8

La rubia terminó de escuchar a Juan Barreto, cogió una botella de whisky del bar y fue a su habitación a esperar al invitado. Tal y como lo había asegurado el dirigente, Hugo Chávez Frías llegó unos minutos más tarde. Sin más preámbulo que un guamazo de whisky, le dio la media vuelta y la inclinó contra el colchón. La mujer se apoyó de lleno en los antebrazos y el candidato empezó a juguetear con sus caderas, moviéndoselas al ritmo de los Vengaboys que se oían desde la pista de baile. «Up… and down…» En el momento en que Chavez Frías comenzó a bajarle la ropa interior a la rubia, ambos se paralizaron cuando vieron al intruso de traje y corbata. «Up…» En la penumbra de la habitación se podía distinguir su cabello largo y su sucia barba; vestía una boina roja y traía un tubo en forma de lanza.

 «…and down». 

– Usted sí que debe estar bien sabroso, Comandante. 

«Pa ra ra pa pa pa pa ra…» 

Dos golpes de tubo los dejaron inconscientes en el piso.

9

Al comenzar el último segmento, la pantalla de A puerta cerrada muestra fotos de la precaria vivienda de Dorángel Vargas a las orillas del río Torbes. Ni siquiera hay cortina musical al volver y el silencio del público se ha tornado morboso.

– ¿Esas imágenes pertenecen a la casa del antropófago?
– Es correcto — responde el detective Salas Duarte —. A medida que rodeamos el rancho donde vivía este sujeto, nos fuimos encontrando con túneles de matorrales, donde el antisocial dejaba las manos y pies de sus víctimas.
– ¿Por qué solo manos y pies?
– No le gustaban, prefería tirarlas antes que comerlas. 
– Pero, ¿cómo trasladó a Hugo Chávez Frías hasta allá?
– Descuartizó su cuerpo in situ y lo metió en un saco de papas que traía. Encontramos algunos de sus huesos por la zona de El Mirador de San Cristóbal.

La audiencia se une en un sonoro suspiro de asombro.

– Entonces, detective, ¿confirma usted que encontraron partes del cuerpo de Hugo Chávez Frías en la vivienda de Dorángel Vargas?

Salas Duarte hace una pausa. Mira al público buscando los ojos de su esposa y mira a la cámara tratando de llegar a los ojos de Roxana. «Sí», dice, con un gesto de compasión. Quiere parecer sensible pero fuerte a la vez, así tal vez a su regreso consiga llevar a la joven a los jacuzzis del Aladdin. «Encontramos primero unas vísceras, presuntamente del candidato, guardadas en unos vasos de vidrio…» Sus palabras son repentinamente acompañadas por el llanto de algunos en el público
«…y, un poco más al fondo, encontramos tres cabezas humanas». 

Los llantos se hacen más fuertes. Marieta Santana se asoma a la cámara 1 y les habla a los televidentes en un tono ligeramente compasivo: «Rogamos a la audiencia que comprenda por qué no transmitimos estas imágenes». En medio de los sonidos de lamento del público, voltea de nuevo hacia el invitado. Respira hondo; quiere prolongar el drama unos segundos: 

– Detective Salas Duarte, ¿era una de estas cabezas la de Hugo Chávez Frías?

Cámara 2. Plano cerrado. 

– Lamentablemente sí. El caníbal le había puesto una boina roja.

El público estalla. Algunos lloran desconsolados, otros se ponen de pie, otros se abrazan y los demás miran hacia las luces del techo del estudio, como buscando el cielo. Marieta Santana guarda silencio por unos segundos, mientras el director transmite los primeros planos de las reacciones de las personas. 

En medio del pandemonio, la presentadora fija su mirada en la cámara 3: «Con este relato dantesco, damos fin a otro A puerta cerrada. Muchas gracias por su sintonía y sabemos que el recuerdo de Hugo Chávez Frías vivirá siempre entre nosotros». Entonces gira un poco su cuerpo y le habla a la cámara 1: «Y mañana, no se lo pueden perder, otro programa especial del Intercolegial de Gaitas ¡Los esperamos!»

10 comentarios

Este cuento reúne las mejores características de tu estilo, Raúl: crítica social barnizada con humor negro que purga la rabia y convierte la frustración en una sonrisa. Es grotesco sin ser ordinario, que creo que es como tiene que ser un relato con semejantes protagonistas. Sí me gustaría mucho que compartieras en un «Lado B» de dónde te vino la idea de conjugar estos elementos de la realidad.

No sé si entendí bien, pero me pareció que usaste la temprana muerte de Renny como ejemplo de la ridícula idealización que le imprimimos a algunas figuras, especialmente políticas, como si hubiesen corregido todos nuestros males si hubiesen vivido un poco más. Desde luego, compararla con la de Hugo, sabiendo la basura que fue, empaña a Renny y creo que es una reflexión importante, de no elevar a altares místicos a nadie.

A nivel estructural, me parece un gran acierto que subdividieras el cuento en mini capítulos. Así le dan más ritmo. “Visualmente”, todo se siente muy cinematográfico, con sus saltos temporales entre el presente y el pasado (con sus respectivos verbos pasado + presente continuo según aplique).

Se me quedó un poco corto el personaje del detective Salas Duarte. No lo considero un problema per sé, puesto que como engranaje hace su función, pero no puedo evitar pensar cómo habría quedado si Marieta fuese la protagonista y nos hubieses mostrado qué sentía ella (sabiendo todo el rating televisivo que iba a exprimir de ese programa y cómo movía las piezas del tablero con precisión de showwoman), porque al final el gran protagonista del relato es la televisión.

En resumen, es tu cuento para Bandapalabra que más he disfrutado. Tiene todos los ingredientes que te caracterizan como autor y que ya uno anticipa encontrárselos en tus escritos. Pero no solo es la presencia de estos elementos, sino la naturalidad con que los hilaste.

Te quedó un gran brebaje.

Jajaja. Excelente, lo disfrute mucho!!!..
Me quedo con un buen sabor del cuento, creo debería haber una segunda parte donde empiece con el reconocimiento o condecoración, por lo menos un busto en una plaza, por ese tremendo favor que nos hizo dorangel en el cuento.
P.d: ¿le habrá sabido bueno?

¡Buenísimo! Y me encanta el humor negro en este cuento, desde el principio: «¡Sí que desearía devorar ese cuerpecito! «No literalmente», se aclara.» hasta el final: «El caníbal le había puesto una boina roja.» Muy buena reinvención de la historia.

Que Bueno te quedó, Raúl!
Felicidades!
Siempre he pensado que nuestro querido caníbal da para muchas historias y tú hiciste una buena!
Me hubiera encantado saber más de nuestro protagonista, pero en general, fue un gran lujo estar en el detrás de cámaras de A Puerta Cerrada con esta historia.
A por la próxima!

¡Genial Raúl! que maravillosa forma de hilar elementos de la realidad en una ficción que a todos nos habría gustado. Totalmente verosímil. ¡Me encanta.

Magnífico! Interesante y simpático de principio a fin. Que manera tan extraordinaria de conectar los personajes reales e irreales!! Te felicito!

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