Por Gabriela Caballero
@gabydiamora

 

I

Sergio sorteó como pudo el desorden de maletas en el suelo de su habitación y se encerró en el baño antes que Cristine pudiese decirle nada. A pesar de que había sido suya la idea del viaje a África, se arrepintió en doloroso silencio desde el primer día en que se lo propuso a su esposa. Intentó restarle importancia a la sensación, pensando que se haría menor con el tiempo, pero, por el contrario, su duda no había hecho sino aumentar.

A medida que se acercaba la fecha, aquella maldita voz en su interior se intensificaba. —Basta de tonterías, —se dijo, sirviéndose un güisqui. —Si existe un lugar en el mundo en el que puedan curar a Inés es allá, así que para allá vamos. 

Mientras Sergio se daba valor, Cristine en cambio no paraba de hacer preparativos, sin tener la menor idea de que a su marido lo torturaba el solo hecho de pensar en volver a pisar Nigeria después de casi veinte años. Y, si lo hubiese sabido, tampoco le habría dado mucha importancia, ya que debido al cambalache físico y emocional en el que vivían a causa de la enfermedad de la bebé, Cristine ya no tenía cabeza para nada más. La falta de sueño y el agotamiento la hacían andar como una zombie, atendiendo a Inés las 24 horas, hasta que escuchaba de una nueva posibilidad de cura que la reanimaba cada vez con un nuevo y sorprendente vigor. 

Tanto era su entusiasmo en esta ocasión, que a los ojos de Sergio le parecía a veces como si estuviera planeando un viaje de placer en vez de uno forzoso y nada convencional como aquel. Aunque, a diferencia de él, su mujer nunca había transitado por el sendero de los santos Orishas, la movía la esperanza de que alguien, no importa quién o qué, pudiese acabar con los llantos desconsolados día y noche de su hija, las fiebres altas que no lograban bajarle con nada y el rechazo a la comida. Por eso, cuando Sergio, en una de esas noches de desvelo le contó sobre su hasta aquel entonces lado oculto de su vida y de las sanaciones de las que había sido testigo siendo parte de la religión Yoruba, no le importó ni por un segundo su formación católica, ni cualquier otro prejuicio que hasta ese momento hubiese podido tener. Estaba dispuesta a hacer lo que fuese con tal de aliviar a su hija de aquellas dolencias que los médicos eran incapaces de tratar, pero por sobre todo anhelaba volver a dormir una noche entera y recuperar aunque sea una mínima parte de su vida de antes.

Sergio, que había visto a su propia madre desplomarse por mucho menos, admiraba la entereza de su mujer. Por ello, evitaba comentarle poco o nada sobre el malestar que lo estaba carcomiendo. Cristine asumió que una vez más los nervios por volar descomponían el estómago de su marido, así que lo dejó tranquilo. Se encargó ella sola de todos lo concerniente al equipaje del que sería su primer viaje en tres años, desde aquel día en que emigraron de Caracas a Madrid. Su sueño de conocer el resto de Europa quedaba pospuesto indefinidamente entre la adaptación al nuevo país, el embarazo y, ahora, la enfermedad de Inés.

 

II

“Europa termina en los Pirineos” le había dicho su suegro en la única visita que les hizo para conocer a su nieta antes de morir. Cuando Sergio nació, él ya estaba en sus cuarenta y tantos, había viajado por casi todo el mundo hasta que se dejó seducir por la perla del Caribe y las razas surtidas que se aglutinaban en el cuerpo de la mamá de Sergio, una margariteña de cabello achispado y ojazos amarillos que parecían desafiarlo todo por donde miraba. 

Por un tiempo, se creyó que aquel español trashumante había sentado cabeza, pero con la excusa de retomar las obligaciones de los negocios familiares que costeaban sus aventuras por el mundo, empezó a hacer viajes de nuevo y cada vez más largos, hasta el día en que partió para no volver más, y con él también se fue la cordura de su madre. Los ojos desafiantes, que tanto despertaron pasiones en turistas y locales, se convirtieron en dos soles turbios que miraban la nada, mientras una densa niebla mental iba opacándole el juicio. Cuando el español supo de las crisis de su ex mujer, regresó a una vez más a la isla por su hijo, para llevárselo por la fuerza. Fue allí donde el gigante de África se convirtió en el segundo hogar de Sergio y en la tierra que llegaría a odiar y amar con la misma intensidad. Ahora la posibilidad de curar a su hija lo obligaba a volver. El pánico lo envolvió como si un oso gigantesco se le echara encima.

 

III

 Loku mi: Amigo mío, en lengua Yoruba.

 

IV

A cuatro mil kilómetros de distancia, Dayo también estaba revuelto con la expectativa de la llegada de Sergio, quién no le hacía caso a sus advertencias de que este no era el mejor momento para visitar. Le mandó cifras; tan solo en este año, más de 1300 nigerianos muertos en los enfrentamientos entre agricultores y pastores, y la mayoría de estos combates ocurrían en Jos, la ciudad que lo vio nacer, crecer y en la que había conocido a Sergio, su hermano de la infancia. Trató de explicarle que eran otros tiempos, en los que la mayor parte de la población vivía sin mayor expectativa que la de proteger a su familia de la violencia que los cercaba, pero se detuvo al escuchar de boca de Sergio los síntomas de aquella alma sin descanso que era su hija.

Al entrar a su casa, el olor a ternera asada con kuli kuli y jengibre de la cena le devolvió el ánimo. La bebé de cuatro meses dormía en su cuna y su mujer se afanaba en el guiso de melón con carne con el que al día siguiente recibirían a los invitados. El pequeño Menelik jugaba concentrado en la computadora. Nala y Ashanti hacían los deberes de la escuela en la mesa del comedor. —Todo va a estar bien, —se dijo Dayo apenas puso la cabeza en la almohada, queriendo silenciar el mal presagio que lo perseguía. —Volveré a ver a mi hermano y la mano de Orula, a través de mi mano, sanará a Inés. 

 

V

El caos en el aeropuerto de Maiduguri le confirmó a Sergio lo que sus intestinos le habían alertado durante días. Los controles de seguridad eran en extremo exhaustivos y contribuían al miedo entre los viajantes que arribaban. Le extrañó que Inés durmiese profundamente en medio de aquel bullicio, en especial porque había llorado casi sin parar durante las cinco horas del vuelo nocturno, acabando con los nervios de varios pasajeros y el entusiasmo inicial de Cristine. Tras dos horas de ser interrogados una y otra vez por agentes de inmigración, empezó a preocuparse seriamente. Tampoco los dejaban llamar por teléfono o conectarse al Internet. Inés se había despertado y amenazaba con otra sesión de llanto continuado. Sergio se dirigió a los oficiales en lengua Yoruba pero ni aún así pudo sacarles información. Otro hombre que lo había estado escuchando, se compadeció de su desesperación.

—¿No lo sabe? —Le dijo en un inglés británico.

—¿Qué cosa? —Respondió Sergio ansioso.

—Los del Boko Haram atacaron durante la noche y, al parecer, destruyeron los puentes que conectan la carretera de Maiduguri a Kano. Lo más grave —continuó el hombre —es que esa era la única vía segura que quedaba de las seis carreteras que conectan con el resto del estado. Claro, que quizás usted ya sabía esto ultimo. Lo escuché hablando en el idioma con los oficiales. ¿Viene con mucha frecuencia a Nigeria?

Sergio se había quedado viendo el color de los ojos del hombre que eran de un azul infinito como los de su padre. Cristine los miraba interrogante sin entender lo que hablaban, pero segura de que no era nada bueno a juzgar por la súbita palidez de su esposo. Cuando por fin Sergio recuperó la voz, le preguntó al hombre:

—¿Atacaron a civiles?

—Pues la verdad no lo sé a ciencia cierta. Le explicó a Sergio que los terroristas habían destruido también las líneas de trasmisión que suministraban la electricidad dejando a casi toda el área incomunicada y por tanto confirmar cualquier información se iba a tardar más de la cuenta.

—¿Y usted como supo todo esto? —Preguntó Sergio, deseando que todo fuese un rumor pero a sabiendas de que no lo era. Así se enteró que aquel hombre era un emergency first responder y que, por ser parte del programa internacional de voluntarios, le daban un trato especial en el aeropuerto. Y así fue también que el médico inglés supo de Dayo, el amigo nigeriano de Sergio que era médico como él y que trabajaba sin descanso en las aldeas más aisladas por los ataques. No juzgó cuando le contaron que habían venido en busca de un último remedio para su hija, que desde que nació rechazaba la leche materna y la de fórmula le caía fatal, y a la que ningún doctor de Madrid había podido sanar. Los ayudó a salir del aeropuerto y subirlos a un Jeep conducido por militares armados hasta los dientes que los condujeron por cuatro horas a través de enrevesadas vías alternas hasta la ciudad de Jos, en donde Sergio esperaba mientras le rezaba a Dios y a todos los santos de los que se acordó por el camino, en que Dayo lo estuviese aguardando.

Se encontraron con que el lugar estaba sitiado y, sin mucha explicación los militares los bajaron en la jefatura de policía y les ordenaron esperar.

—¿Acaso sospechan algo de nosotros? —Le increpó Cristine, ya a punto de perder el aplomo con el que hasta hoy había enfrentado todos los reveses de la vida.

Sergio tampoco entendía, pero se temía lo peor. Esperaron por más de dos horas, hasta que el jefe llegó a la comisaría acompañado por un segundo oficial, este llevaba en brazos una bebé de cuatro meses, única sobreviviente de la masacre. Según les relataron los oficiales; Dayo y su mujer, al escuchar el primer tiro, escondieron a la bebé en un gabinete de la cocina. Orula les hizo el milagro de que no llorara. A esta hora los cuerpos mutilados de las dos hijas mayores ya habían sido encontrados a poca distancia del pueblo. Del varón de nueve años aún no sabían nada pero era de asumir que había sido reclutado por los mismos terroristas, como era su modus operandis usual.

—Se los llevan y les lavan el cerebro para convertirlos a su vez en soldados de la muerte. —Explicó el comisario. —Cuando mis hombres llegaron, la esposa ya estaba muerta, pero el padre aun agonizaba y fue quien les señaló el gabinete donde habían ocultado a la niña.

Le contaron que antes de morir, mencionó varias veces el nombre de Sergio y les pidió que lo contactaran, insistiéndoles en que Orula había obrado y que debían entregarle la niña, pero que por lo complicado de la situación desde el punto de vista legal, habían tardado horas deliberando entre las autoridades pertinentes y el consejo de menores acerca de cual era el mejor proceder en este caso. Acto seguido, el comisario le extendió un papel con manchas frescas de sangre escarlata. Sergio estaba tan aturdido que se le dificultó pasar del inicio; Loku mi, se leía con un trazo tembloroso en el que sin embargo pudo reconocer la letra de su amigo. Con los ojos llenos de lágrimas, se volteó para ver a Cristine que en todo el rato no había pronunciado palabra. Ella estaba sentada en una silla de la jefatura, un poco más atrás que su esposo, sosteniendo a una bebé en cada brazo. Tenía la camisa abierta y ambas niñas mamaban tranquilamente de sus pechos. El segundo oficial apartaba la vista para no incomodar y, por casi un minuto desde que pisaron África todo fue silencio.

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Al comenzar a leer este cuento se abrió un portal vertiginoso y fascinante de personajes, eventos y emociones intensas, donde las líneas conectoras del presente, el pasado y el futuro «deseado» se despliegan, entremezclan, explican y conducen a una convergencia final, una batalla física y espiritual, donde la luz y la vida, de forma inaudita y contra todos los pronósticos, vencen a la muerte y la oscuridad.

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