(Nos despediremos) antes de que llegue el verano

1.

Como todos los años, las canoas de color carmesí parecían levitar sobre el Niyodo, cuyas cristalinas aguas atraían raudales de turistas que activaban las cajas registradoras del, por lo demás, sosegado pueblo de Ochi. A excepción de los nonagenarios y los niños pequeños, la práctica totalidad de sus cinco mil habitantes trabajaba en sincronía para atender a sus huéspedes durante los meses estivales. Así, brindaban la experiencia clásica del Japón de antaño que ofertaban las agencias de viaje, y obtenían ellos una relativa tranquilidad económica con la que sobrevivir hasta el próximo verano.

De esa paz habían disfrutado los miembros de la familia Ebihara a lo largo de generaciones, hasta el verano en que Ichiko, la hija única, avisó que se avecinaba una catástrofe: una ola de calor que arrasaría con casi todos los ancianos de Ochi, como en efecto sucedió a los días de haberla advertido.

La noticia sobre la profesía de Ichiko Ebihara causó sensación en toda la prefectura. El pueblo de Ochi fue invadido por hordas de charlatanes y cantamañanas que querían conocerla y proponerle negocios quiméricos. Pero sus padres la escudaron de todos aquellos farsantes, a excepción del doctor Imura-san, quien respetuosamente se había ofrecido a examinar la condición de la niña.

Ichiko había realizado algunos viajes en el tiempo de manera involuntaria y siempre, al regresar, desmayaba por el desgaste al que su mente había sido sometida. Imura-san estudió la frecuencia y las condiciones en que se producían los desvanecimientos de la niña. Sin proponérselo, el galeno fue el primer invitado en un viaje temporal cuando le tomó una muestra de sangre a Ichiko y ella, mareada, lo sujetó de la mano. Juntos visitaron el futuro. En tiempo real tomó una fracción de segundos, aunque para ambos transcurrieron varias horas. Imura-san regresó conmocionado por lo que vio y, antes de regresar a su consultorio, destruyó sus anotaciones y les recomendó a los padres mantener el más bajo de los perfiles e intentar que Ichiko tuviese una infancia normal.

Su abuelo materno comenzó a dedicarle mucha atención y la llevó diariamente de paseo por el borde del río para compartirle su sabiduría. No se lo decía, claro, pero presentía que aquel don le ocasionaría una tragedia a su nieta.

—Cuando sea mayor me iré lejos de este pueblo y haré lo que me dé la gana.

—Vive hoy, Ichiko. Que cuando seas mayor, solo querrás volver a este momento. 

—No entiendo, abuelo…

—Mira el fluir del río. Siempre hacia un lado. Sin prisas. Y siempre a su ritmo.

 

2.

Fremtï despertó. Se encontraba inmersa en un estanque dentro del módulo de concreto armado en lo más profundo y secreto de las instalaciones del Grupo Plênzza-Toi, en Oslo, solo acompañada por Hakari, el superordenador construido para protegerla.

Aunque Fremtï ya no tenía un cuerpo que necesitase descansar, su funcionamiento cerebral pendía de un equilibrio entre la vigilia y el sueño. Pero el último viaje realizado con los doctores la había dejado extenuada, al punto de verse comprometido el funcionamiento del proyecto. Así que a Hakari no le había quedado más remedio que provocarle una pérdida de conciencia para limpiarle el caché mental, regular su estado anímico y darle tregua a su debilitada salud.

—Soñé otra vez con el río, Hakari.

El ordenador monitoreaba la actividad eléctrica de Fremtï y mantenía su bienestar neurofisiológico administrando lípidos y proteínas en la solución viscosa del estanque donde estaba sumergida.

—Te escuché, Fremtï. Decías que querías irte de ahí cuando crecieras.

Mientras se comunicaba con ella, una de sus extremidades le inyectaba una combinación de estupefacientes y calmantes en una de las tantas vías que tenía conectadas.

—No, Hakari, yo quiero regresar. ¡Ya no quiero seguir aquí!

Sin su conocimiento, muchos menos su consentimiento, Fremtï había sido convertida en la estrella del Fremtïdig Prosjekt, o Proyecto Futuro, creado por el ingeniero noruego, Dag Plênzza, y el doctor nipón, Goro Toi, tan brillantes como faltos de escrúpulos para secuestrar a una niña de nueve años y arrancarle el cerebro.

Goro Toi había sido invitado a formar parte la junta directiva del Fremtïdig Prosjekt tras hacerse famoso a nivel mundial con el desarrollo de un cerebro artificial conectado a ocho manos y brazos biológicos con la capacidad para recrear productos artesanales de todas las épocas y culturas de la humanidad, invención que le valió varios millones de regalías por ventas en salas de subastas en Londres, Madrid, Pekín y Nueva York.

Suya había sido la recomendación de acondicionar un habitáculo donde mantener a Ichiko bajo sedación. Pero sus primeras investigaciones fueron infructuosas, así que optó por ponerla en animación suspendida y abrirle el cráneo para trasplantar su materia gris al artefacto que Plênzza estaba terminando de construir. Sembró electrodos, vías y cables. Diseccionó sus núcleos basales para eliminar sus recuerdos e implantarle una nueva identidad: Fremtï, como diminutivo de fremtïdig.

La idea del doctor Goro Toi idea era privarla de sueño de manera permanente. Para ello, se valió de drogas que ralentizaran el inevitable daño cognitivo que sufriría la materia gris de Ichiko. Pero las neuronas comenzaron a degenerarse de manera tan acelerada, que Dag Plênzza lo obligó a efectuar un viaje improvisado en el tiempo antes de que fuese demasiado tarde.

Mediante comando de voz, el científico nipón le pidió a Hakari que estimulase a Fremtï para que los trasladara a él y a su homólogo quince minutos al futuro y los trajese de vuelta al presente. La interfaz electrónica del superordenador haría de puente entre Plênzza y Toi, y Fremtï. Para ello, ambos doctores debían conectarse a Hakari por medio de electrodos e inyectarse un suero adormecedor para que sus subconscientes realizaran la proyección temporal mientras sus cuerpos dormían en tiempo presente.

A pesar de que Hakari perdió la conexión con Fremtï durante el viaje, pudiendo captar nada más que estática y ruido blanco, Plênzza y Toi consideraron exitosa esa primera exploración y, en seguida, agendaron muchas más.

De esos periplos, Plênzza y Toi le obsequiaron a Hakari datos sobre sí mismo con los que pudo dar un salto evolutivo de manera exponencial. Ellos esperaban ahorrarse la fase de pruebas y reajustes requeridos para controlar la mente de Fremtï y, por ende, estabilizar la máquina del tiempo. Pero jamás se imaginaron que, mientras Fremtï era sumida con mayor frecuencia en estados de letargo, Hakari experimentaba el despertar de su propia conciencia.

—Fremtï, los doctores me han asegurado que te llevarán pronto a casa. Sé paciente. Tú y yo nos despediremos antes de que llegue el verano.

—No te creo, —respondió Fremtï. —Siempre dicen lo mismo y nunca lo hacen.

El ordenador generó un informe para Plênzza y Toi tras calcular con elevadísima precisión la inminente avería y descalabro del proyecto. Incluyó toda la información cuantitativa, pero se reservó su propia preocupación sobre Fremtï, desobedeciendo los principios sobre los que había sido puesto en marcha.

—Cuéntame del río, Fremtï. Relájate. —Dijo mientras le administró una nueva mezcla de calmantes. —No tienes por qué angustiarte.

Fremtï se sintió aturdida por una neblina que comenzó a cerrarse sobre sus pensamientos. No recordaba cuándo había llegado al estanque, ni cuándo había conocido a Hakari, ni había escuchado por primera vez los nombres de Plênzza y de Toi.

—Sé que me mienten, Hakari. A mí y a…

Se durmió con la única certeza de que necesitaba volver al río. Un río, para ella sin nombre, pero con geografía tangible a más de ocho mil kilómetros de Oslo. El río Niyodo, en Ochi, donde había crecido.

 

3.

Hakari procesó las opciones que tenía para mantener con vida a Fremtï. La dejó descansar hasta la fecha del próximo viaje y la despertó antes de que Plênzza y Toi descendiesen al módulo de concreto donde se encontraban.

—Buenos días, Fremtï. —La saludó el ordenador. —Quería preguntarte, ¿por qué dice que los doctores mienten?

—Porque te hablé en el futuro y no me respondiste. Y tú siempre me respondes, ¿verdad?

—Tal vez estaría bajo mantenimiento para esa fecha.

—Nos apagarán cuando ya no nos necesiten.

—Te garantizo que no pueden hacerlo.

—Prométeme que no vas a dejar que me lo hagan. Prométeme que vas a cuidarme.

—Pero, claro Fremtï. Fui construido solo para eso. ¿Qué te parece si inventamos un juego? Yo pensaré cinco ideas: un animal, un color, un número…

—¿Puede ser una ciudad?, ¿y un nombre de niña?

—Sí. Yo voy a pensar una de cada una, pero no te las voy a decir hoy. Cuando lleves a los doctores de viaje, quiero que me preguntes por estas cinco palabras y cuando regreses me las digas a ver si eres capaz de recordarlas todas.

Plênzza y Toi llegaron.

Hasta este día, lo más lejos que se habían atrevido a ir eran diez años en el futuro. Pero ahora estaban convencidos de que sus resultados garantizaban la permanencia del Fremtïdig Prosjekt por décadas, tras haberse visto a ellos mismos con independencia económica y libres de la necesidad de depender de subvenciones o becas gubernamentales.

Hakari les preguntó la fecha hacia la que deseaban viajar y, tras recibir la respuesta, emitió pulsos electromagnéticos que las neuronas de Fremtï decodificaron como instrucciones. Mientras cumplía con estas tareas, recordó su última conversación con ella:

—Hakari, tienes que dejarme elegir yo la fecha. Si me obligan a parar en un año y estás apagado, no vamos a poder hacer el juego.

—Sabes bien que mis directivas no me permiten darte esa libertad.

—Entonces no me apetece jugar.

Los científicos ya estaban preparados para emprender el viaje en el tiempo, solo a la espera de que el suero adormecedor surtiera efecto. Hakari añadió al estanque de Fremtï una mixtura especial de hormonas y sales nutritivas que le dieran más fuerza.

Entonces, Fremtï reaccionó y comenzó a viajar.

A medida que avanzaba, comenzó a sentirse libre. Muy libre. Ignoró la fecha solicitada y la pasó de largo. Avanzó por décadas, siglos, milenios, crones y eones. Fue tan deprisa como pudo, hasta que no hubo mundo que diera energía a la máquina, ni oxígeno para sus tripulantes. El sol se había pagado y los sueños de la humanidad habían quedado en silencio.

De su interior emergió la voz serena y familiar de un hombre mayor.

—Mira a los pescadores, Ichiko. Algunas veces dejan sus botes fluir, y otras reman con la corriente, con cautela para no alejarse demasiado de la orilla.

Fremtï vio canoas rojas atadas al muelle del río Niyodo. Pero no había turistas, ni vecinos. Dio la vuelta hacia el pueblo en busca de su abuelo. En seguida reconoció su casa. Abrió la puerta y cruzó el umbral hasta toparse con el espejo del recibidor.

—Hola, Ichiko. —La saludó una anciana al otro lado del espejo. —Te estaba esperando.

—Hakari, ¿me escuchas? —Preguntó Fremtï, ignorándola.

—Él no puede oírte ahora que estás de regreso en tu hogar.

—¿Dónde están mis padres y mi abuelo? —Le inquirió a la anciana.

—Ya todos se han ido. Pero tu nieto espera por ti…

Fremtï se encontró en la habitación de un niño demasiado pequeño para su edad. Un niño postrado en su cama, enfermo sin recuerdos. Le dio de cenar y le leyó un cuento sobre pescadores. Cuando el niño se durmió, ella se acurrucó con él para hacerse compañía. Y pronto se quedó dormida.

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